Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Recorrieron algo más de un kilómetro y decidió que, una vez que tomaran la siguiente curva, tendría que tomar una decisión. Despacio, encogió las piernas y las situó bajo la barbilla. Colocó las manos esposadas sobre las rodillas. Apretó firmemente la espalda contra la caja del camión y trató de desplazar el peso de su cuerpo hacia los dedos de los pies.

Lubji miró fijamente carretera adelante, mientras el camión tomaba la siguiente curva. Casi gritó: «¡Madeltov!» al ver el túnel, a unos quinientos metros por delante. A juzgar por el pequeño foco de luz situado en el extremo del otro lado, dedujo que sería un túnel que el camión tardaría en cruzar unos cuatro segundos.

Mantuvo el peso del cuerpo sobre los dedos de los pies, tenso y preparado para saltar. Notaba que el corazón le latía con tal fuerza que, seguramente, los guardias se darían cuenta de algún peligro inminente. Levantó la mirada hacia el guardia con los dos brazos, que extrajo un cigarrillo de un bolsillo, se lo colocó lentamente en la boca y empezó a buscar una cerilla. Lubji volvió su atención hacia el túnel que se aproximaba, ahora a sólo cien metros de distancia. Sabía que sólo dispondría de unos pocos segundos, una vez que hubieran entrado en la oscuridad.

Cincuenta metros…, cuarenta…, treinta…, veinte…, diez. Lubji respiró profundamente y contó uno. Entonces, se incorporó de un salto, rodeó con las esposas el cuello del guardia de los dos brazos y le hizo girar la cabeza con tal fuerza que el alemán cayó por encima del tablero de cierre del camión, y lanzó un grito al chocar contra el asfalto.

El camión se detuvo con chirrido de frenos y patinó hasta salir por el extremo más alejado del túnel. Lubji saltó por el lado y corrió inmediatamente hacia la seguridad temporal de la oscuridad. Le siguieron otros dos o tres prisioneros. Una vez que salió al otro lado del túnel, giró rápidamente a la derecha y echó a correr por entre los campos, sin detenerse a mirar atrás. Tenía que haber recorrido por lo menos cien metros cuando oyó silbar la primera bala por encima de su cabeza. Trató de cubrir los cien metros siguientes sin perder velocidad, pero cada pocos pasos que daba iban acompañados ahora por una lluvia de balas. Empezó a correr en zigzag. Entonces oyó el grito. Miró hacia atrás y vio a uno de los prisioneros que había saltado del camión tras él, tumbado ahora en el suelo, inmóvil, mientras que un segundo seguía corriendo con todas sus fuerzas, sólo unos pocos metros por detrás de él. Lubji confiaba en que las balas fueran disparadas por el guardia de un solo brazo.

Por delante de él, los árboles se acercaban, a sólo cien metros de distancia. Cada bala actuaba como una pistola que diera la señal de salida en una carrera, e impulsaba su tembloroso cuerpo a recorrer unos metros más. Entonces oyó el segundo grito. Esta vez ni siquiera perdió tiempo en mirar atrás. Cuando sólo le quedaban por recorrer cincuenta metros, recordó que un prisionero le había dicho una vez que los rifles alemanes tenían un alcance de trescientos metros. Dedujo que sólo estaba a seis o siete segundos de la seguridad. Entonces, la bala se aplastó contra su hombro. La fuerza del impacto le impulsó hacia adelante unos pocos pasos más, pero sólo fue momentos antes de que se derrumbara con la cabeza por delante sobre el barro. Intentó gatear, pero sólo pudo avanzar un par de metros antes de dejar caer la cabeza. Permaneció cabeza abajo, resignado a morir.

Al cabo de unos momentos notó un par de rudas manos que lo tomaban por los hombros. Otras manos lo alzaron por los tobillos. Lo único que Lubji pudo pensar fue cómo se las habían arreglado los alemanes en llegar tan rápidamente hasta él. Lo habría descubierto si, en ese momento, no hubiera perdido el conocimiento.

Al despertar, Lubji no tenía forma de saber qué hora era. Sólo pudo suponer que estaba de regreso en la celda, a la espera de ser ejecutado, pues todo estaba oscuro como boca de lobo. Entonces notó el dolor lacerante en su hombro. Intentó incorporarse, apoyado sobre las palmas de las manos, pero no pudo moverse. Movió los dedos y le sorprendió descubrir que por lo menos le habían quitado las esposas.

Parpadeó y trató de decir algo, pero sólo consiguió emitir un susurro que tuvo que haber parecido como el sonido de un animal herido. Trató de incorporarse nuevamente y, una vez más, fracasó. Parpadeó, incapaz de creer lo que vio de pie ante él. Una mujer joven se arrodilló a su lado y le humedeció la frente con un basto trapo húmedo. Lubji le habló en varios idiomas, pero ella se limitó a negar con la cabeza. Cuando finalmente dijo algo, lo hizo en un idioma que él nunca había escuchado antes. Luego sonrió, se señaló a sí misma y dijo simplemente:

– Mari.

Se quedó dormido. Al despertar, el sol de la mañana brillaba sobre sus ojos; pero esta vez pudo levantar la cabeza. Se hallaba rodeado de árboles. Volvió la cabeza hacia la izquierda y vio un círculo de carromatos de colores, llenos hasta rebosar con montones de objetos. Más allá, tres o cuatro caballos pastaban en la hierba situada en la base de un árbol. Se volvió en la otra dirección y su mirada se posó sobre una joven que estaba de pie, a pocos pasos de distancia. Hablaba con un hombre que llevaba un rifle sobre el hombro. Por primera vez, fue consciente de lo hermosa que era la muchacha.

Al hablar, los dos se volvieron hacia él. El hombre se le acercó rápidamente y, de pie sobre él, lo saludó en su propia lengua.

– Me llamo Rudi -le dijo.

Le explicó después cómo él y su pequeño grupo habían escapado cruzando la frontera checa, unos meses antes, para encontrarse con que los alemanes les seguían. Se veían obligados a seguir su camino, ya que la raza superior consideraba a los gitanos incluso inferiores a los judíos.

Lubji empezó a asediarlo a preguntas.

– ¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde estoy? -Y, la más importante de todas-: ¿Dónde están los alemanes?

Sólo se detuvo cuando Mari, que según le explicó Rudi era su hermana, regresó con un cuenco de líquido caliente y un trozo de pan. Se arrodilló junto a él y empezó a introducirle lentamente las aguadas gachas en la boca, con ayuda de una cuchara. Se detenía a cada pocas cucharadas y de vez en cuando le ofrecía un trozo de pan. Mientras tanto, su hermano seguía contándole a Lubji cómo había terminado por encontrarse entre ellos. Rudi había oído los disparos, y corrió hasta el lindero del bosque, convencido de que los alemanes habían descubierto a su pequeño grupo. Entonces vio a los prisioneros que corrían hacia donde él se encontraba, entre los árboles. Todos ellos fueron alcanzados por las balas, pero Lubji estaba lo bastante cerca del bosque como para que sus hombres lo rescataran.

Los alemanes no los siguieron una vez que los gitanos se lo llevaban hacia la espesura del bosque.

– Quizá tuvieron miedo de lo que pudieran encontrarse, aunque la verdad es que los nueve que formamos el grupo sólo tenemos dos rifles, una pistola y una variedad de armas, desde una horca hasta un cuchillo de pescado. -Rudi se echó a reír-. Sospecho que les preocupaba más la posibilidad de perder a los otros prisioneros si se dedicaban a buscarte. Pero de una cosa podíamos estar seguros: que en cuanto saliera el sol regresarían en gran cantidad. Por eso di la orden de que una vez extraída la bala de tu hombro, siguiéramos nuestro camino y te lleváramos con nosotros.

– ¿Cómo os podré pagar lo que habéis hecho por mí? -murmuró Lubji.

Una vez que Mari hubo terminado de alimentarlo, dos de los gitanos izaron suavemente a Lubji sobre uno de los carromatos y la pequeña comitiva continuó su camino, adentrándose todavía más en el bosque.

Continuaron su avance, evitando los pueblos, e incluso las carreteras, poniendo cada vez mayor distancia entre ellos y el lugar donde se había producido el tiroteo. Día tras día, Mari cuidaba de Lubji, hasta que finalmente éste pudo incorporarse. Ella se sintió encantada al comprobar lo rápidamente que aprendió a hablar su lengua. Lubji practicó durante varias horas una frase que deseaba decirle. Luego, aquella noche, cuando ella acudió para darle de comer, le dijo en un fluido romaní que era la mujer más hermosa que hubiera visto en su vida. Ella se sonrojó y se alejó corriendo. No regresó de nuevo hasta la hora del desayuno.

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