Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Permaneció quieto durante un momento y luego se incorporó, tratando de centrar la mirada sobre los que le rodeaban. Pero como sólo había un ventanuco de barrotes cruzados, tardó algún tiempo en distinguir los rostros de las personas.

Un rabino canturreaba un salmo, pero la respuesta que recibía era apagada. Lubji trató de situarse a un lado cuando un anciano vomitó sobre él. Se apartó del hedor de los vómitos, sólo para tropezar con otro detenido que se había bajado los pantalones. Se sentó finalmente en un rincón, con la espalda apoyada contra la pared. De ese modo, nadie le pillaría por sorpresa.

Al abrirse de nuevo la puerta, Lubji no tuvo forma de saber cuánto tiempo había permanecido en aquella maloliente celda. Entró un grupo de soldados, con linternas cuya luz recorrió los rostros deslumbrados y parpadeantes de las personas. Si los ojos no parpadeaban, el cuerpo era arrastrado fuera, al pasillo, y ya nunca se le volvía a ver. Fue la última vez que vio al señor Cerani.

Aparte de observar la luz seguida por la oscuridad a través del ventanuco de la pared, y de compartir la única comida entregada cada mañana a los detenidos, no hubo forma de contar los días transcurridos. Cada pocas horas, los soldados regresaban para llevarse más cuerpos, hasta que estuvieron seguros de que sólo sobrevivían los que se encontraban en mejor forma física. Lubji imaginó que, con el tiempo, él también moriría, ya que ésa parecía ser la única forma de salir de la pequeña prisión. Cada día que pasaba, el traje le colgaba más suelto sobre el cuerpo, y empezó a apretarse el cinturón, agujero tras agujero.

Una mañana, sin la menor advertencia, un grupo de soldados entró en la celda y sacó de ella a los detenidos que todavía quedaban con vida. Se les ordenó que avanzaran en fila por el pasillo y subieran los escalones de piedra que conducían al patio. Al salir al sol de la mañana, Lubji tuvo que levantar la mano para protegerse los ojos. Había pasado diez, quince, quizá veinte días en aquella mazmorra y había desarrollado lo que los detenidos llamaban «ojos de lince».

Entonces escuchó el martilleo. Volvió la cabeza hacia la izquierda y vio a un grupo de prisioneros que construían un patíbulo de madera. Contó hasta ocho lazos corredizos. Sintió náuseas, pero no tenía en el estómago nada que pudiera vomitar. Una bayoneta le tocó en la cadera y siguió rápidamente a los otros detenidos que formaban filas, preparados para subir a camiones atestados.

Durante el camino de regreso a la ciudad, un guardia que no dejaba de reír les informó que iban a tener el honor de ser sometidos a juicio antes de que regresaran a la prisión para que los ahorcaran a todos y cada uno de ellos. La esperanza se transformó en desesperación, al imaginar Lubji, una vez más, que iba a morir. Y por primera vez en su vida no estuvo muy seguro de que eso le importara.

Los camiones se detuvieron ante el edificio de los tribunales, y los detenidos fueron conducidos a su interior. Lubji se dio cuenta de que ya no había bayonetas, y de que los soldados se mantenían a cierta distancia. Una vez dentro del edificio, se permitió a los detenidos sentarse en bancos de madera, en el bien iluminado pasillo, y hasta se les dieron rebanadas de pan en platos de estaño. Lubji se sintió receloso y se dedicó a escuchar lo que decían los guardias, que hablaban entre ellos. A partir de diferentes conversaciones, dedujo que los alemanes se disponían a «demostrar» que todos los judíos eran delincuentes porque, aquella mañana, estaba presente en el tribunal un observador de la Cruz Roja, procedente de Ginebra. Seguramente, pensó Lubji, a un hombre así le parecería algo más que una simple coincidencia el hecho de que todos ellos fueran judíos. Antes de que pudiera reflexionar acerca de cómo aprovechar aquella información, un cabo lo tomó por un brazo y lo condujo a la sala del tribunal. Lubji quedó de pie ante el banquillo, frente a un anciano juez sentado sobre una silla alta. El juicio, si es que pudiera describirse de tal modo, apenas duró unos pocos minutos. Antes de que el juez firmara la sentencia de muerte, un oficial le tuvo que pedir a Lubji que les recordara su nombre.

El joven, alto y delgado, miró al observador de la Cruz Roja, sentado a su derecha. El hombre miraba al suelo, frente a él, aparentemente aburrido con la escena, y sólo levantó la mirada cuando se pronunció la sentencia de muerte.

Otro soldado tomó a Lubji por el brazo y se dispuso a alejarlo del banquillo, para que el siguiente detenido pudiera ocupar su lugar. De repente, el observador se levantó y le hizo al juez una pregunta en un idioma que Lubji no pudo comprender.

El juez frunció el ceño y volvió la atención hacia el detenido que todavía estaba en el banquillo.

– ¿Qué edad tiene usted? -le preguntó en húngaro.

– Diecisiete años -contestó Lubji.

El asesor fiscal se adelantó hacia el estrado y le susurró algo al juez, que miró a Lubji, frunció el ceño y dijo:

– Sentencia conmutada por cadena perpetua. -Hizo una pausa, sonrió y añadió-: Revisión del caso en doce meses.

El observador pareció satisfecho con su trabajo de la mañana y asintió con un gesto de aprobación.

El guardia, evidentemente convencido de que Lubji había sido tratado con demasiada conmiseración, se adelantó, le puso una mano en el hombro y lo condujo de nuevo al pasillo. Le pusieron esposas, fue conducido al patio y allí lo hicieron subir al camión. Ya había otros detenidos sentados en el interior. Lo miraron en silencio, como si fuera el último pasajero que hubiera subido a un autobús local.

El tablero posterior del camión se cerró de golpe y, un momento después, el camión se puso en marcha con una sacudida. Incapaz de mantener el equilibrio, Lubji cayó sobre el suelo de tablas.

Permaneció arrodillado y miró a su alrededor. Había dos guardias en el camión, sentados uno frente al otro, junto al tablero posterior de cierre. Ambos aferraban los rifles, pero uno de ellos había perdido el brazo derecho. Parecía tan resignado a su destino como los propios prisioneros.

Lubji gateó hacia ellos y se sentó cerca del guardia que tenía los dos brazos. Inclinó la cabeza y trató de concentrarse. Sólo tardarían unos cuarenta minutos en recorrer el trayecto de regreso a la prisión, y estaba convencido de que ésta sería su última oportunidad si no quería unirse a los demás, en las horcas. Se preguntó cómo podría escapar. En ese momento, el camión aminoró la marcha para pasar por un túnel. Al salir por el otro lado, Lubji trató de recordar cuántos túneles había entre la prisión y el tribunal. Tres, quizá cuatro. No podía estar seguro.

Pocos minutos más tarde, al pasar por el siguiente túnel, empezó a contar despacio: «Uno, dos, tres». Estuvieron rodeados por la más completa oscuridad durante casi cuatro segundos. Durante esos pocos segundos tendría ventaja sobre los guardias; después de haber pasado tres semanas en una mazmorra, ellos no podrían moverse en la oscuridad tan bien como él. Tenía en su contra el hecho de que debía ocuparse de dos. Miró al otro guardia… Bueno, uno y medio.

Lubji miró por delante y observó el terreno por el que cruzaban. Calculó que debían de estar a medio camino entre la ciudad y la prisión. Por el lado más cercano de la carretera discurría un río. Quizá fuera difícil cruzarlo, pero no imposible, aunque no tenía forma de saber su profundidad. Por el otro lado, los campos se extendían hacia un grupo de árboles que calculó debían de estar a unos trescientos a cuatrocientos metros de distancia.

¿Cuánto tiempo tardaría en recorrer trescientos metros teniendo limitado el movimiento de sus brazos? Volvió la cabeza para ver si se aproximaba otro túnel, pero no observó ninguno, y Lubji sintió el temor de que ya hubieran pasado por el último túnel antes de la prisión. ¿Podía arriesgarse a escapar a plena luz del día? Llegó a la conclusión de que contaba con muy pocas posibilidades si no aparecía un túnel en los próximos tres kilómetros.

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