Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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Mientras caminaba sobre la gravilla, hacia la casa del director, se dedicó a ensayar su defensa contra la reprimenda que esperaba desde hacía días. Procuró dar a su pensamientos un orden coherente, y cada vez se sintió más y más seguro de poder contestar con total seguridad en sí mismo todas y cada una de las advertencias que pudiera hacerle el director. Libertad de prensa, el ejercicio de los propios derechos democráticos, los males de la censura y, si después de todo eso el director se mantenía en sus trece, le recordaría el discurso que él mismo pronunció ante los padres durante la celebración del Día del Fundador del año anterior, en el que condenó a Hitler por emplear exactamente la misma táctica amordazante con la prensa alemana. La mayoría de aquellos argumentos se los había oído comentar a su padre en la mesa del desayuno desde que regresara de Yalta.

Keith llegó ante la casa del director en el momento en que el reloj de la capilla hacía sonar las ocho campanadas. Una doncella contestó a su llamada ante la puerta.

– Buenas noches, señor Townsend.

Era la primera vez que alguien le llamaba «señor». Le acompañó directamente al despacho del director. El señor Jessop levantó la mirada desde detrás de una mesa cubierta de papeles.

– Buenas noches, Townsend -le saludó, renunciando a la costumbre habitual de llamar por su nombre de pila a un alumno que cursara el último año.

Evidentemente, Keith iba a tener problemas.

– Buenas noches, señor -replicó, y se las arregló para que la palabra «señor» sonara con un ligero tono de condescendencia.

– Siéntese -dijo el señor Jessop, que indicó con un gesto de la mano la silla situada ante la mesa.

Keith se sorprendió. Si a uno le ofrecen un asiento, eso suele indicar que no hay ningún problema. Seguramente, no iría a ofrecerle…

– ¿Le apetece tomar un jerez, Townsend?

– No, gracias -contestó Keith, ahora con incredulidad.

Normalmente, el jerez sólo se ofrecía al jefe de curso.

«Ah -pensó Keith-, debe de tratarse de un soborno. Va a decirme que quizá sería mejor que en el futuro modere mi tendencia natural a ser provocador mediante…, etcétera, etcétera. Bueno, ya tengo una respuesta preparada para eso. Puedes irte al infierno.»

– Naturalmente, Townsend, soy muy consciente del mucho trabajo que supone tratar de ganarse un puesto en Oxford al mismo tiempo que intenta editar la revista de la escuela.

«De modo que ése es el juego. Quiere que dimita. Jamás. Para eso tendrá que despedirme. Y si lo hace, publicaré una revista clandestina una semana antes de que se edite la oficial.»

– A pesar de todo, confío en que pueda usted hacerse cargo de otra responsabilidad más.

«Seguramente no querrá nombrarme monitor, ¿verdad? No me lo puedo creer.»

– Quizá le sorprenda saber, Townsend, que considero el pabellón de críquet como inadecuado… -siguió diciendo el director, mientas Keith se ruborizaba intensamente.

– ¿Inadecuado, señor director? -balbuceó.

– … para el equipo de una escuela de nuestra reputación. Me doy cuenta de que no ha brillado usted mucho como deportista en St. Andrew. No obstante, el consejo escolar ha decidido que éste es el año adecuado para solicitar ayuda que nos permita construir un pabellón nuevo.

«Bueno, no pueden esperar ninguna ayuda por mi parte -pensó Keith-. De todos modos, será mejor dejarlo seguir un poco más antes de rechazar su propuesta.»

– Sé que le agradará saber que su madre se ha mostrado de acuerdo en ser la presidenta del llamamiento para recaudar fondos. -Hizo una pausa, antes de añadir-: Teniendo eso en cuenta, confiaba en que estaría usted de acuerdo en ser el presidente, en nombre de los estudiantes.

Keith no hizo el menor intento por responder. Sabía muy bien que servía de muy poco tratar de interrumpirlo, una vez que el viejo se lanzaba a hablar.

– Y puesto que no tiene usted la penosa tarea de ser monitor, y tampoco representa a la escuela en ninguno de sus equipos, creo que quizá podría interesarle aceptar este desafío…

Keith se mantuvo en silencio.

– La cantidad en la que han pensado los gobernadores como meta son cinco mil libras, y en el caso de que tuviera usted éxito en su tarea de conseguir esa suma tan importante, podría informar de sus denodados esfuerzos a la facultad de Oxford en la que ha solicitado su ingreso. -Hizo una nueva pausa para consultar unas notas que tenía ante él-. El Worcester College, si lo recuerdo correctamente. Tengo la sensación de poder decirle que si su solicitud contara con mi bendición personal, eso diría mucho en su favor.

«Y todo esto -pensó Keith-, procedente de un hombre que cada domingo sube al púlpito para arremeter contra los pecados del soborno y la corrupción.»

– Por lo tanto, Townsend, espero que reflexione usted seriamente sobre esta idea.

Como quiera que a estas palabras siguió un silencio de más de tres segundos, Keith supuso que el director había terminado de hablar. Su primera reacción fue la de decirle al viejo que se lo pensara dos veces y buscara a algún otro primo que se dedicara a conseguir el dinero, no porque no tuviera ningún interés por el críquet o por conseguir un puesto en Oxford. Estaba decidido a entrar en el Courier como periodista en formación en cuanto dejara la escuela. Aceptaba sin embargo que, al menos por el momento, su madre ganaba en esa discusión en particular, aunque si él suspendía deliberadamente el examen de ingreso, ella no podría hacer nada al respecto.

A pesar de eso, a Keith se le ocurrieron varias buenas razones para cumplir con los deseos del director. La cifra no era tan grande y dedicarse a reuniría en nombre del colegio le abriría sin duda algunas puertas que previamente se le habían cerrado en las narices. Luego, estaba su madre: necesitaría buenos argumentos para apaciguarla una vez que fracasara deliberadamente en su intento por conseguir plaza en Oxford.

– Es impropio de usted que tarde tanto tiempo en tomar una decisión -dijo el director, que interrumpió el hilo de sus pensamientos.

– Estaba reflexionando seriamente en su propuesta, señor director -contestó Keith con tono preocupado. No tenía la menor intención de permitir que el viejo creyera que se le podía comprar tan fácilmente. Esta vez fue el director el que permaneció en silencio. Keith contó hasta tres, antes de añadir-: Si me lo permite, señor, volveré a entrevistarme con usted para hablar de este asunto -dijo con un tono de voz que confió se pareciese al de un director de banco al dirigirse a un cliente que solicita un pequeño préstamo.

– ¿Y cuándo será eso, Townsend? -preguntó el director, que pareció sentirse un tanto irritado.

– Dos o tres días como máximo, señor.

– Muy bien. Gracias, Townsend -dijo el director, que se levantó de la silla para indicar que la entrevista había concluido. Keith se volvió para salir, pero antes de llegar a la puerta, el director añadió-: De todos modos, hable con su madre antes de tomar una decisión.

– Tu padre quiere que sea el representante de los estudiantes para la recogida anual de fondos -dijo Keith mientras buscaba los pantalones.

– ¿Qué quieren construir esta vez? -preguntó Penny, que seguía con la vista fija en el techo.

– Un nuevo pabellón de críquet.

– No veo que puede haber de malo en éste.

– Se sabe que ha sido utilizado para otros propósitos -comentó Keith, poniéndose los pantalones.

– No se me ocurre por qué. -Ella tironeó de una pernera del pantalón. Keith observó su cuerpo desnudo-. ¿Y qué vas a decirle?

– Voy a decirle que sí.

– Pero ¿por qué? Eso podría ocuparte todo tu tiempo libre.

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