Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Yo también -dijo Keith-, así que eso no es gran cosa.

Tomó las dos entradas y las volvió a guardar en la caja de estaño.

– Pero no por haber sido descubierto en los lavabos con el joven Julian Wells, del curso inferior. -Hizo una pausa antes de añadir-: Y los dos con los pantalones bajados.

– Si fue algo tan evidente, ¿por qué no lo expulsaron?

– Porque no hubo pruebas suficientes. Según me han dicho, el profesor que los descubrió abrió la puerta un momento demasiado tarde.

– ¿O un momento demasiado pronto? -sugirió Keith.

– Y también estoy bastante bien informado de que al director le pareció que no era esa la clase de publicidad que necesitaba la escuela, sobre todo después de que Tomkins consiguiera una beca para estudiar en Cambridge.

La sonrisa de Keith se hizo mucho más amplia. Volvió a introducir la mano en la caja de estaño y extrajo una de las entradas.

– Me prometiste las dos -dijo Alexander.

– Recibirás la otra mañana… si gano. De ese modo estaré bastante seguro de que pondrás la cruz en la casilla correcta de la papeleta.

– Regresaré mañana a por la otra -dijo Alexander, que tomó la entrada que se le ofrecía.

Una vez que Alexander hubo cerrado la puerta tras él, Keith permaneció sentado ante la mesa y empezó a teclear furiosamente en la máquina de escribir. Redactó un par de cientos de palabras en la pequeña Remington que su padre le había regalado por Navidad. Una vez terminado el escrito, revisó el texto, hizo unas pocas correcciones y luego se dirigió hacia la imprenta de la escuela para preparar una edición limitada.

Salió de allí cincuenta minutos más tarde con una página recién impresa. Miró su reloj. Cyril Tomkins era uno de esos chicos de quien siempre se podía confiar que estaría en su habitación entre las cinco y las seis, repasando sus lecciones. Hoy no sería ninguna excepción. Keith recorrió el pasillo y llamó tranquilamente a su puerta.

– Entre -respondió Tomkins.

El estudioso alumno levantó la mirada de la mesa cuando Keith entró en la habitación. No pudo ocultar su sorpresa. Townsend nunca le había hecho una visita. Antes de que pudiera preguntarle qué deseaba, Keith le informó.

– Pensé que te gustaría ver la primera edición de la revista de la escuela, bajo mi dirección.

Tomkins apretó los abultados labios.

– Creo que terminarás por darte cuenta, por usar una de tus manidas expresiones, que una vez terminada la votación de mañana, seré yo el que gane por amplia mayoría.

– No, porque si has retirado tu candidatura no podrás ganar -dijo Keith.

– ¿Y por qué haría yo una cosa así? -preguntó Tomkins, que se quitó las gafas y las limpió con el extremo de su corbata-. A mí, desde luego, no puedes sobornarme como has tratado de hacer con el resto de la clase.

– Cierto -asintió Keith-, pero sigo teniendo la sensación de que querrás retirarte una vez que hayas leído esto.

Le entregó la página.

Tomkins volvió a colocarse las gafas, pero no llegó a leer más allá del titular y las primeras palabras del párrafo inicial, antes de experimentar una arcada sobre el libro que estudiaba.

Keith tuvo que admitir que aquella era una respuesta mucho mejor de lo que había esperado. Tuvo la sensación de que su padre estaría de acuerdo con él en que había logrado llamar la atención del lector con el titular.

«Alumno de sexto descubierto en el lavabo con nuevo chico. Bajados los pantalones. Negada la acusación.»

Keith recuperó la página y la rasgó en pequeños trozos, mientras un Tomkins muy pálido trataba de recuperar la calma.

– Naturalmente -dijo Keith después de arrojar los pequeños trozos en la papelera, al lado de Tomkins-, estaré encantado de que ocupes el puesto de subdirector, siempre y cuando retires tu candidatura antes de que se produzca la votación de mañana.

Bajo la batuta del nuevo director, el principal titular de la primera edición del St . Andy fue: «Razones para el socialismo».

– Desde luego, la calidad del papel y de la impresión son muy superiores a lo que recuerdo -comentó el director durante la reunión de profesores, a la mañana siguiente-. No obstante, no puede decirse lo mismo del contenido. Supongo que debemos estar agradecidos por el hecho de que sólo tengamos que soportar dos ediciones en un trimestre.

El resto del profesorado asintió con gestos de acuerdo.

El señor Clarke informó que Cyril Tomkins había dimitido de su puesto de subdirector pocas horas después de que se publicara la primera edición de la revista.

– Es una pena que no fuera él el encargado de realizar el trabajo -comentó el director-. Y a propósito, ¿sabe alguien por qué retiró su candidatura en el último momento?

Keith se echó a reír cuando le llegó esa información a la tarde siguiente, comunicada por alguien que la había escuchado repetir a su vez en la mesa del desayuno.

– Pero ¿tratará de hacer algo al respecto? -le preguntó Keith a la chica, que se subía la cremallera de la falda.

– Mi padre no comentó nada más sobre el tema, excepto que se sentía agradecido por el hecho de que no se te hubiera ocurrido defender la idea de que Australia se convierta en una república.

– Bueno, no deja de ser una idea -dijo Keith.

– ¿Puedes venir a la misma hora el próximo sábado? -preguntó Penny, que se puso por la cabeza el suéter de cuello de polo.

– Lo intentaré -contestó Keith-. Pero la próxima semana no podrá ser en el gimnasio porque ya está reservado para un combate de boxeo, a menos, claro está, que quieras que lo hagamos en medio del cuadrilátero, rodeados por los espectadores, mientras nos vitorean.

– Creo que será mucho más prudente dejar que sean otros los que caigan tumbados sobre la lona -dijo Penny-. ¿Tienes alguna otra sugerencia que hacerme?

– Te daré a elegir -contestó Keith-. En la galería de tiro o en el pabellón de críquet.

– En el pabellón de críquet -dijo Penny sin vacilar.

– ¿Qué tiene de malo la galería de tiro? -preguntó Keith.

– Ahí abajo hace siempre mucho frío, y está todo muy oscuro.

– ¿De veras? -preguntó Keith. Tras una pausa, añadió-: Entonces tendrá que ser en el pabellón de críquet.

– Pero ¿cómo entraremos?

– Con una llave.

– Eso no es posible -dijo ella, mordiendo el anzuelo-. Siempre lo cierran con llave cuando no juegan los First Eleven.

– No cuando el hijo del cuidador de las instalaciones trabaja en el Courier .

Penny lo tomó en sus brazos, apenas un momento después de que él hubiera terminado de abrocharse los botones de la bragueta.

– ¿Me quieres, Keith?

Keith procuró pensar en una respuesta convincente que no le comprometiera a nada.

– ¿Acaso no he sacrificado una tarde en las carreras por estar contigo? -Penny frunció el ceño y lo soltó. Se disponía a presionarlo un poco más cuando él añadió-: Te veré a la semana que viene-. Hizo girar la llave que abría la puerta del gimnasio, se asomó al pasillo y miró. Luego se volvió hacia ella, sonrió y le dijo-: Quédate ahí por lo menos otros cinco minutos.

Efectuó un desvío para llegar a su dormitorio, donde entró por la ventana de la cocina.

Una vez que entró en el despacho encontró una nota sobre la mesa. Era del director, y le pedía que pasara a verlo a las ocho. Miró el reloj. Sólo faltaban diez minutos para las ocho. Suspiró aliviado por no haber sucumbido a los encantos de Penny y no haberse quedado un poco más en el gimnasio. Se preguntó de qué se iba a quejar el director esta vez, pero sospechó que Penny ya le había indicado la dirección correcta.

Se miró en el espejo situado sobre la palangana, para asegurarse de que no quedara el menor rastro exterior de las actividades extracurriculares de las dos últimas horas. Se arregló la corbata y se limpió un resto de pintalabios de la mejilla.

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