Jeffrey Archer - En pocas palabras

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Quince muestras del talento multiforme y sutil de Jeffrey Archer, quince relatos, irónicos unos, románticos otros, pero siempre llenos de ingenio y elegancia. Desde el cuento árabe, de estremecedora brevedad, “La muerte habla”, hasta la divertida jerarquía de personajes insatisfechos de “La hierba siempre es más verde”, pasando por historias de amor y entrega o por explorar las zonas oscuras de la legalidad y cómo de puede abusar de ellas, En pocas palabras lleva al lector a un universo siempre amable, pero en el que no dejan de aflorar los conflictos humanos que, a pesar de todo, constituyen la sal de la tierra.

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Cuando Bill llamó el lunes por la mañana para decir que había un pequeño excedente de veintidós mil ciento siete koras en la cuenta, debido a los rumores de un golpe de estado, Henry dio la orden de transferir el dinero a la cuenta de la piscina.

– Por lo general, lo transfiero al Fondo de Contingencia -objetó Bill.

– Hay una nueva directiva de Asuntos Exteriores, K14792 -dijo Henry-. Dice que los excedentes pueden utilizarse ahora en proyectos locales, si han sido aprobados por el ministro.

– Pero al ministro lo cesaron -recordó el director del banco al primer secretario.

– En efecto, pero mis superiores me han informado de que la orden aún se aplica.

De hecho, la directiva K14792 existía, había descubierto Henry, aunque dudaba de que Asuntos Exteriores tuviera piscinas en mente cuando la promulgó.

– Por mí, encantado -dijo Bill-. ¿Quién soy yo para contradecir una directiva de Asuntos Exteriores, sobre todo cuando lo único que he de hacer es transferir dinero de una cuenta de la Alta Comisión a otra, dentro del mismo banco?

El jefe de administración no hizo comentarios sobre ningún dinero extraviado durante la semana siguiente, pues había recibido el mismo número de koras que cabía esperar. Henry dio por sentado que se había salido con la suya.

Como no habría otro pago hasta dentro de tres meses, Henry tenía mucho tiempo para perfeccionar su plan. Durante el siguiente trimestre, algunos hombres de negocios nativos aportaron sus donaciones, pero Henry se dio cuenta enseguida de que, incluso con aquella inyección de dinero, solo podrían empezar a excavar. Tendría que aportar algo mucho más sustancioso si esperaba terminar con algo más que un agujero en el suelo.

Entonces, tuvo una idea en plena noche, pero para que el golpe personal de Henry fuera efectivo, debería calcular muy bien el momento preciso.

Cuando Roger Parnell, el corresponsal de la BBC, hizo su llamada semanal para preguntar si había alguna información, aparte del proyecto de la piscina, Henry preguntó si podía hablar con él de manera extraoficial.

– Por supuesto -dijo el corresponsal-. ¿De qué quieres hablar?

– El gobierno de Su Majestad está algo preocupado porque hace días que no se ve al general Olangi, y corren rumores de que su último chequeo médico descubrió que era seropositivo.

– Santo Dios -exclamó el hombre de la BBC-. ¿Tienes pruebas?

– No puedo afirmarlo -admitió Henry-, pero oí sin querer a su médico personal cuando fue un poco indiscreto con el Alto Comisionado. Aparte de eso, nada.

– Santo Dios -repitió el hombre de la BBC.

– Esto es estrictamente extraoficial, por supuesto. Si se descubriera que he sido yo el propagador del rumor, no podríamos volver a hablar nunca.

– Jamás revelo mis fuentes -le tranquilizó el corresponsal.

El reportaje de aquella noche en el Servicio Mundial fue vago y poco preciso. Sin embargo, al día siguiente, cuando Henry fue a la pista de golf, al Britannia Club y al banco, descubrió que la palabra «sida» estaba en todos los labios. Incluso el Alto Comisionado le preguntó si había oído los rumores.

– Sí, pero no me lo creo -dijo Henry sin sonrojarse.

La kora bajó un cuatro por ciento al día siguiente, y el general Olangi tuvo que aparecer en la televisión para asegurar a su pueblo que los rumores eran falsos, y estaban siendo propagados por sus enemigos. Todo lo que consiguió su aparición en televisión fue informar de los rumores a los pocos que aún no se habían enterado, y como parecía que el general había perdido un poco de peso, la kora bajo un dos por ciento más.

– Te ha ido bastante bien este mes -dijo Bill a Henry el lunes-. Después de esa falsa alarma sobre el sida de Olangi, pude transferir ciento dieciocho mil koras a la cuenta de la piscina, lo cual significa que mi comité podrá encargar a los arquitectos unos planos más detallados.

– Bien hecho -dijo Henry, cediendo a Bill las alabanzas por su golpe personal.

Colgó el teléfono, consciente de que no podía correr el riesgo de repetir la misma estratagema.

Pese a que los arquitectos trazaron los planos y se instaló una maqueta de la piscina en el despacho del Alto Comisionado, pasaron otros tres meses sin recibir otra cosa que pequeñas donaciones de los hombres de negocios nativos.

En circunstancias normales, Henry no habría visto el fax, pero estaba en el despacho del Alto Comisionado, repasando un discurso que sir David debía pronunciar en la convención anual de plantadores de bananas, cuando la secretaria del Alto Comisionado lo dejó sobre el escritorio. El Alto Comisionado frunció el ceño y apartó el discurso a un lado.

– No ha sido un buen año para las bananas -gruñó.

El ceño siguió fruncido mientras leía el fax. Lo pasó a su primer secretario.

A todas las embajadas y Altas Comisiones: el gobierno ha decidido que Inglaterra dejará de ser miembro del mecanismo de Tipos de Cambio. Se espera un anuncio oficial a última hora de hoy.

– Si las cosas van así, el ministro de Hacienda no acabará el día como tal -comentó sir David-. No obstante, el ministro de Asuntos Exteriores continuará en su puesto, de modo que no es nuestro problema. -Miró a Henry-. De todos modos, sería mejor que no hablaras del asunto durante un par de horas, al menos.

Henry asintió y dejó que el Alto Comisionado siguiera trabajando en su discurso. En cuanto hubo cerrado la puerta del despacho del Alto Comisionado, salió corriendo por el pasillo, la primera vez en dos años. En cuanto llegó a su escritorio, marcó un número que no necesitaba consultar.

– Bill Paterson al habla.

– Bill, ¿cuánto tenemos en el Fondo de Contingencia? -preguntó, como sin darle importancia.

– Concédeme un segundo y te lo diré. ¿Quieres que te llame?

– No, me espero -dijo Henry.

Vio que el segundero de su reloj describía un círculo casi completo antes de que el director del banco le hablara de nuevo.

– Algo más de un millón de libras -dijo Bill-. ¿Por qué lo quieres saber?

– Acabo de recibir instrucciones de Asuntos Exteriores de cambiar de inmediato todo el dinero disponible en marcos, francos suizos y dólares norteamericanos.

– Os cargarán una buena comisión por eso -dijo el director del banco, en un tono mucho más oficial-. Y si el tipo de cambio os fuera desfavorable…

– Soy consciente de las implicaciones -dijo Henry-, pero el telegrama de Londres no me deja otra alternativa.

– Muy bien -dijo Bill-. ¿El Alto Comisionado ha dado su aprobación?

– Acabo de salir de su despacho -dijo Henry.

– En ese caso, será mejor que ponga manos a la obra, ¿verdad?

Henry estuvo sudando veinte minutos en su despacho, pese al aire acondicionado, hasta que Bill volvió a llamar.

– Hemos convertido toda la cantidad en francos suizos, marcos y dólares norteamericanos, tal como dijiste. Te enviaré los detalles por la mañana.

– Sin copias, por favor -pidió Henry-. El Alto Comisionado insistió en que nadie del personal debía verlo.

– Lo comprendo muy bien, amigo mío -dijo Bill.

El ministro de Hacienda anunció la retirada de Inglaterra del mecanismo de Tipos de Cambio desde los escalones del ministerio a las siete y media de la tarde, en cuyo momento todos los bancos de St. George ya habían cerrado.

Henry se puso en contacto con Bill en cuanto los mercados abrieron a la mañana siguiente, y le dio instrucciones para que convirtiera los francos, marcos y dólares en libras esterlinas lo antes posible, y luego le informara del resultado.

Otros veinte minutos de sudores hasta que Bill llamó.

– Tenéis un beneficio de sesenta y cuatro mil trescientas doce libras. Si todas las embajadas del mundo han hecho el mismo ejercicio, el gobierno podrá bajar los impuestos antes de las próximas elecciones.

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