– Sexto -dije a regañadientes.
Susie se volvió y me besó en la mejilla, justo cuando la puerta se abría.
– Ha sido un día memorable -dijo, y se marchó.
Para mí también, quise decir, pero me callé. Permanecí despierto en mi habitación, intentando dilucidar qué pasaba. Comprendía que debía ser un peón en una partida mucho más importante. ¿Sería un alfil o un caballo quien me echaría del tablero al final?
No recuerdo cuánto tiempo pasó antes de que me durmiera, pero cuando desperté pocos minutos antes de las seis, salté de la cama y me alegró ver que ya habían pasado por debajo de la puerta Le Fígaro. Lo devoré desde la primera página hasta la última, y me enteré de los últimos escándalos franceses (ninguno sexual, debería añadir), y luego lo dejé para ir a ducharme.
Bajé a eso de las ocho y encontré a Susie sentada en una esquina del salón de desayunos, bebiendo un zumo de naranja. Estaba arrebatadora, y aunque yo no era la víctima elegida, estaba más decidido que nunca a descubrir quién era.
Me senté delante de ella, y como ninguno de los dos habló, los demás huéspedes debieron suponer que llevábamos años casados.
– Espero que hayas dormido bien -probé por fin.
– Sí, gracias, Tony -contestó-. ¿Y tú? -preguntó con aire inocente.
Se me ocurrieron cientos de respuestas, pero sabía que si optaba por alguna de ellas, nunca averiguaría la verdad.
– ¿A qué hora quieres ir a ver la exposición? -pregunté.
– A las diez -dijo con firmeza, y luego añadió-: Si te va bien.
– Me va perfecto -contesté, al tiempo que consultaba mi reloj-. Encargaré un taxi para las nueve y media.
– Nos encontraremos en el vestíbulo -dijo, y cada vez parecíamos más una pareja casada.
Después de desayunar, volví a mi habitación, empecé a hacer la maleta y telefoneé a Albert para decirle que no íbamos a quedarnos otra noche.
– Lo siento mucho, monsieur -contestó-. Espero que no haya sido…
– No, Albert, no ha sido culpa tuya, eso te lo puedo asegurar. Si alguna vez descubro de quién ha sido, te lo comunicaré. Por cierto, necesitaremos un taxi a eso de las nueve y media para ir al Musée d'Orsay.
– Por supuesto, Tony.
No les aburriré con la conversación mundana que tuvo lugar en el taxi, entre el hotel y el museo, porque haría falta un escritor mucho más hábil que yo para retener su atención. Sin embargo, sería muy poco elegante por mi parte dejar de admitir que los cuadros de Picasso bien valieron el viaje. Y debería añadir que los comentarios de Susie consiguieron que nos siguiera una pequeña multitud.
– El lápiz -dijo- es la más cruel de las herramientas de un artista, porque no deja nada al azar.
Se detuvo ante el dibujo que Picasso había hecho de su padre sentado en una silla. Me quedé hechizado, incapaz de moverme durante un rato.
– Lo más destacable de este retrato -dijo Susie- es que Picasso lo dibujó a la edad de dieciséis años. Ya estaba claro que los temas convencionales le aburrirían mucho antes de abandonar la escuela de arte. Cuando su padre lo vio, y también era un artista… -Susie no terminó la frase. Agarró mi mano de repente y me miró a los ojos-. Eres una compañía deliciosa, Tony -dijo. Se inclinó hacia adelante como si fuera a besarme.
Estaba a punto de decir: «¿Qué demonios estás tramando?», cuando le vi por el rabillo del ojo.
– Jaque -dije.
– ¿Qué quiere decir «jaque»? -preguntó.
– El caballo ha cruzado el tablero, o para ser más preciso, el Canal, y tengo la sensación de que está a punto de entrar en juego.
– ¿De qué estás hablando, Tony?
– Creo que sabes muy bien de qué estoy hablando -contesté.
– Qué coincidencia -dijo una voz detrás de ella.
Susie giró en redondo y fingió una sorpresa convincente cuando vio a Richard.
– Qué coincidencia -repetí yo.
– ¿No te parece una exposición maravillosa? -preguntó Susie, sin hacer caso de mi sarcasmo.
– Ya lo creo -dijo Rachel, a la que evidentemente no habían informado de que, al igual que yo, no era más que un peón en aquella partida particular, y que estaba a punto de ser comida por la reina.
– Bien, ahora que nos volvemos a encontrar, ¿por qué no vamos todos a comer? -sugirió Richard.
– Temo que ya hemos hecho otros planes -dijo Susie, al tiempo que cogía mi mano.
– Oh, nada que no pueda arreglarse, querida -dije, con la esperanza de que me dejaran permanecer en el tablero un rato más.
– Pero no encontraremos una mesa en un restaurante mínimamente decente a esta hora -insistió Susie.
– No creo que haya ningún problema -le aseguré con una sonrisa-. Conozco un pequeño bistró donde seremos bienvenidos.
Susie frunció el ceño cuando yo burlé el jaque, y se negó a hablar conmigo mientras salíamos del museo y paseábamos juntos por la orilla izquierda del Sena. Empecé a hablar con Rachel. Al fin y al cabo, pensé, solidaridad entre peones.
Jacques alzó los brazos al cielo, en señal de desesperación gala, cuando me vio en la puerta.
– ¿Cuántos, señor Tony? -preguntó, con un suspiro de resignación en la voz.
– Cuatro -le dije con una sonrisa.
Resultó ser la única comida de aquel fin de semana que disfruté de verdad. Pasé casi todo el rato hablando con Rachel, una chica bastante agradable, aunque en una línea diferente a la de Susie. No tenía ni idea de qué estaba pasando al otro lado del tablero, donde la reina negra estaba a punto de comerse a su caballero blanco. Era un placer contemplar a la dama en plena acción.
Mientras Rachel hablaba conmigo, yo me esforzaba por escuchar la conversación que se desarrollaba al otro lado de la mesa, pero solo pude captar algunas frases dispersas.
«¿Cuándo esperas volver a Nueva York…?»
«Sí, planeé este viaje a París hace semanas…»
«Ah, irás a Ginebra solo…»
«Sí, me lo pasé bien en la fiesta de los Keswick…»
«Conocí a Tony en París. Sí, otra coincidencia, apenas le conozco…»
Muy cierto, pensé. De hecho, me gustó tanto su actuación que no me supo mal acabar pagando la cuenta.
Después de despedirnos, Susie y yo volvimos paseando junto al Sena, pero no cogidos de la mano. Esperé hasta estar seguro de que Richard y Rachel se habían perdido de vista para detenerme e interrogarla. Para ser justo, su aspecto era de lo más culpable mientras esperaba mi sermón.
– Ayer te pregunté, también después de comer: «Si pudieras hacer cualquier cosa en el mundo en este momento, ¿cuál sería?». ¿Qué contestarías esta vez?
Susie pareció insegura por primera vez aquel fin de semana.
– Ten la seguridad -añadí, con la vista clavada en aquellos ojos azules- de que nada de lo que digas me sorprenderá u ofenderá.
– Me gustaría volver al hotel, hacer las maletas y salir hacia el aeropuerto.
– Así se hará -dije, y paré un taxi.
Susie no habló durante el trayecto de vuelta al hotel, y en cuanto llegamos, desapareció escaleras arriba, mientras yo pagaba la cuenta y preguntaba si podían bajar mis maletas, que ya estaban preparadas.
Incluso entonces, tuve que admitir que cuando salió del ascensor y me sonrió, casi deseé que mi nombre fuera Richard.
Ante la sorpresa de Susie, la acompañé al Charles de Gaulle, y expliqué que regresaría a Londres en el primer vuelo disponible. Nos dijimos adiós bajo el panel de salidas con un abrazo, una especie de «Tal vez volveremos a encontrarnos, pero entonces tal vez no nos abrazaremos».
Me despedí agitando la mano y me alejé, pero no pude resistir la tentación de averiguar a qué mostrador de líneas aéreas se dirigía Susie.
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