Michael Crichton - Esfera

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En las profundidades del Océano Pacífico se descubre una misteriosa nave espacial de grandes dimensiones. Las autoridades norteamericanas envían a un grupo de científicos para que investigue el inquietante hallazgo. ¿Procede la nave de alguna civilización extraterrestre? ¿De un universo diferente? ¿Del futuro? La respuesta desafía la imaginación y escapa a cualquier intento de explicación lógica: un extraordinario y terrible poder amenaza toda la vida existente en torno al enigmático objeto.

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– Norman…

A través de los altavoces, la voz de Beth se oía por toda la astronave vacía.

– ¿Dónde estás, Norman? Sé que te encuentras en alguna parte. Te puedo sentir, Norman.

El psicólogo se estaba desplazando por la cocina; pasó frente a las latas vacías de coca-cola que estaban sobre la mesa; después cruzó la pesada puerta y penetró en la cubierta de vuelo; allí contempló el rostro de Beth en todas las pantallas de la consola. Parecía verlo, con su imagen repetida una docena de veces.

– Norman, sé dónde has estado. Estuviste dentro de la esfera, ¿no es así?

Con la palma de la mano, Norman apretó las consolas, en un intento por apagar las pantallas. Pero no lo consiguió: las imágenes permanecieron.

– Norman. Respóndeme, Norman.

Dejó atrás la cubierta de vuelo y fue hacia la esclusa de aire.

– De nada servirá, Norman. Yo estoy al mando ahora. ¿Me oyes?

En la esclusa escuchó un clic cuando su casco quedó correctamente unido al traje. El aire que procedía de los tanques era frío y seco. Percibió el sonido uniforme de su propia respiración.

Oyó la voz de Beth en el intercomunicador de su casco.

– Norman, ¿por qué no me hablas? ¿Tienes miedo, Norman?

La constante repetición de su nombre lo irritaba. Apretó los botones para abrir la esclusa. El agua que surgía del suelo subía con rapidez e inundaba la cabina.

– Ah, estás ahí, Norman. Ahora te veo.

Beth empezó a reír con una risa alta y quebrada.

Norman se volvió y vio la cámara de televisión montada en el robot, todavía dentro de la esclusa. Le dio un violento empellón y la hizo enfocar hacia otro lado.

– Eso de nada servirá, Norman.

Estaba otra vez fuera de la nave espacial, de pie al lado de la esclusa. Los explosivos Tevac formaban hileras de puntos rojos refulgentes que se extendían en forma de líneas erráticas, como si fuesen una pista de aterrizaje diseñada por algún ingeniero demente.

– Norman. ¿Por qué no me respondes, Norman?

Beth era inestable, variable. Se notaba en su voz. Tenía que privarla de sus armas, desconectar los explosivos…, si era capaz de hacerlo.

«Que los explosivos se apaguen y se desconecten», pensó. De inmediato, todas las luces rojas se apagaron. «No está mal», se dijo, complacido.

Un instante después, las luces rojas parpadearon y volvieron a encenderse.

– No lo lograrás, Norman -dijo Beth, riendo-. No podrás conmigo. Puedo combatir.

Sabía que ella tenía razón: estaban teniendo una disputa, una confrontación de voluntades, en la que encendían y apagaban los explosivos. Pero esa disputa nunca se llegaría a resolver de esa manera. Norman tendría que hacer algo más directo.

Avanzó hacia el explosivo Tevac más cercano, y cuando estuvo al lado vio que el cono era más grande de lo que él había pensado: tenía un metro veinte de altura y estaba rematado por una luz roja.

– Te puedo ver, Norman. Veo lo que estás haciendo.

En el cono había algo escrito en letras amarillas sobre la superficie gris. Norman se inclinó para leerlas, y aunque la luneta de su casco estaba ligeramente empañada, podía distinguir las palabras.

PELIGRO – EXPLOSIVOS TEVAC

EXCLUSIVAMENTE PARA USO EN CONSTRUCCIONES/DEMOLICIONES DE LA USN

SECUENCIA REGRESIVA DE DETONACIÓN 20:00

CONSULTAR MANUAL USN/VV/512-A

SOLAMENTE PERSONAL AUTORIZADO

PELIGRO – EXPLOSIVOS TEVAC

Había más texto debajo del anterior, pero estaba escrito en letras muy pequeñas y Norman no lo pudo leer.

– ¡Norman! ¿Qué estás haciendo con mis explosivos, Norman?

El psicólogo no contestó. Miró la conexión de los cables: un alambre fino entraba en la base del cono, y un segundo alambre salía de allí. Este segundo alambre se extendía por el fondo lodoso hasta llegar al cono siguiente, en el que también había dos alambres, uno de entrada y otro de salida.

– Lárgate de ahí, Norman. Me estás poniendo nerviosa.

Un alambre de entrada y un alambre de salida.

¡Beth había conectado los conos en serie, como si fueran las bombillitas de un árbol de Navidad! Con sólo arrancar uno de los alambres, Norman desconectaría toda la línea de explosivos. Extendió la mano enguantada y agarró el alambre.

– ¡Norman! ¡No toques ese cable, Norman!

– Tómalo con calma, Beth.

Sus dedos se cerraron alrededor del hilo. Norman sintió el revestimiento plástico blando, y lo apretó con fuerza.

– Norman, si tiras de ese alambre dispararás los explosivos. Te lo juro: nos volará a ti, a mí, a Harry y a todo el infierno, Norman.

El no creía que eso fuera cierto. Beth estaba mintiendo. Había perdido el control, era peligrosa y volvía a decir embustes.

Llevó la mano hacia atrás y sintió que el cable se ponía tenso.

– No lo hagas, Norman…

Ahora el hilo estaba tirante en su mano.

– Te voy a dejar sin actividad, Beth.

– Por el amor de Dios, Norman. ¡Créeme! ¡Nos matarás a todos!

Norman vacilaba. ¿Estaría Beth diciendo la verdad? ¿Sabía cómo conectar explosivos? Miró el gran cono gris que tenía a sus pies y que le llegaba hasta la cintura. ¿Qué se sentiría si el cono estallara? ¿Llegaría él a sentir algo?

– Al diablo con todo -dijo en voz alta.

Y tiró del alambre que salía del cono.

El chillido de la alarma que sonó dentro de su casco le hizo saltar. En la parte superior de la luneta había una pequeña pantalla de cristal líquido que parpadeaba con rapidez: emergencia… emergencia…

– ¡Oh, Norman! ¡Maldita sea! Buena la hiciste.

Apenas si oía la voz de Beth sobre el zumbido de la alarma. Las luces rojas de los conos centelleaban a todo lo largo de la nave espacial. Norman se preparó para la explosión.

Pero en ese momento la alarma fue interrumpida por una voz masculina, profunda y retumbante, que dijo:

– Atención, por favor. Atención, por favor. Todo el personal de construcción debe abandonar de inmediato la zona de explosión. Se acaban de activar explosivos Tevac. La cuenta regresiva comenzará… ahora. La marca es veinte, y contando.

En el cono, una pantalla se encendió súbitamente y mostró, en rojo, los números 20:00. Después, empezó a contar hacia atrás: 19:59… 19:58…

La misma representación visual se repitió en la pantalla de cristal líquido que había en la parte superior del casco de Norman.

Tardó unos segundos en hacer que las piezas encajaran. Con la mirada fija en el cono, leyó las letras amarillas una vez más: exclusivamente PARA USO EN CONSTRUCCIONES/DEMOLICIONES DE LA USN.

¡Por supuesto! Los explosivos Tevac no eran armas, sino que estaban hechos para ser usados en construcciones y demoliciones, y tenían cronómetros de seguridad incorporados, con una demora programada de veinte minutos, antes de que estallaran, para permitir que los operarios se alejasen.

«Tengo veinte minutos para huir de aquí», pensó Norman. Disponía de tiempo más que suficiente.

Se dio vuelta y empezó a dar rápidas zancadas en dirección al DH-7 y al submarino.

0140 HORAS

Caminaba con ritmo parejo, continuo. No tenía que esforzarse, y respiraba normalmente. Estaba cómodo dentro de su traje. Todos los sistemas funcionaban sin problema alguno.

Estaba yéndose de ese lugar…

– Norman, por favor…

Ahora Beth le estaba implorando: otro cambio que mostraba lo inconstante que era su carácter. No le hizo caso y siguió su marcha hacia el submarino. La profunda voz grabada decía:

– Atención, por favor. Todo el personal de la Armada debe abandonar la zona de explosión. Diecinueve minutos, y contando.

Norman experimentaba una enorme sensación de seguridad, de poder. Ya no albergaba más ilusiones. No tenía preguntas para plantearse. Sabía lo que tenía que hacer.

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