Michael Crichton - Esfera

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En las profundidades del Océano Pacífico se descubre una misteriosa nave espacial de grandes dimensiones. Las autoridades norteamericanas envían a un grupo de científicos para que investigue el inquietante hallazgo. ¿Procede la nave de alguna civilización extraterrestre? ¿De un universo diferente? ¿Del futuro? La respuesta desafía la imaginación y escapa a cualquier intento de explicación lógica: un extraordinario y terrible poder amenaza toda la vida existente en torno al enigmático objeto.

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– ¿Está usted ahí?

– Sí.

– Creí que se había ido.

– No hay donde ir.

– ¿Quiere decir que está aprisionado dentro de esta esfera?

– No.

– ¿Me responderá a una pregunta? ¿Quién es usted?

– Yo no soy un quién.

– ¿Es usted Dios?

– Dios es una palabra.

– Quiero decir, ¿es usted un ser superior, o una conciencia superior?

– ¿Superior a qué?

– Superior a mí, supongo.

– ¿En qué altura estás?

– Bastante bajo. Por lo menos eso es lo que imagino.

– Bueno, eso es cosa tuya.

Mientras flota dentro de la espuma, a Norman lo perturba la posibilidad de que Dios se esté burlando de él.

– ¿Está bromeando conmigo?

– ¿Por qué me preguntas, si ya conoces la respuesta?

– ¿Estoy hablando con Dios?

– No estás hablando en absoluto.

– Usted toma lo que digo en sentido literal. ¿Se debe eso a que proviene de otro planeta?

– No.

– ¿Es usted de otro planeta?

– No.

– ¿Es usted de otra civilización?

– No.

– ¿De dónde es usted?

– ¿Por qué preguntas, si ya conoces la respuesta?

Norman piensa que, en otro momento, esa contestación reiterativa lo habría irritado; pero ahora no tiene emociones. No hay juicios: sencillamente está recibiendo información.

– Pero esta esfera viene de otra civilización.

– Sí.

– Y quizá de otro tiempo.

– Sí.

– ¿Y no es usted parte de esta esfera?

– Lo soy ahora.

– Si es así, ¿de dónde es usted?

– ¿Por qué preguntas, si ya conoces la respuesta?

La espuma lo lleva de un lado para otro con delicadeza, meciéndolo de modo apaciguante.

– ¿Está usted ahí?

– No hay donde ir.

– Temo que no sé mucho sobre religión. Soy psicólogo, de modo que me ocupo de cómo piensa la gente. En mi preparación profesional nunca aprendí mucho sobre religión.

– Ah, entiendo.

– La psicología no tiene mucho que ver con la religión.

– Por supuesto.

– ¿Así que coincide conmigo?

– Coincido contigo.

– Eso es reconfortante.

– Yo no veo por qué.

– ¿Quién es yo?

– ¿Quién es, por cierto?

Mecido por la espuma, siente una profunda paz, a pesar de las dificultades de la conversación.

– Estoy preocupado.

– Dime.

– Estoy preocupado porque usted habla como Jerry.

– Eso era de esperar.

– Pero Jerry era, en realidad, Harry.

– Sí.

– ¿Así que usted también es Harry?

– No. Por supuesto que no.

– ¿Quién es usted?

– Yo no soy un quién.

– ¿Entonces, por qué habla de modo similar a Jerry o Harry?

– Porque surgimos de la misma fuente.

– No comprendo.

– Cuando miras en el espejo, ¿qué ves?

– Me veo a mí mismo.

– Ya entiendo.

– ¿No es lo normal?

– Es cosa tuya.

– No comprendo.

– Lo que ves es cosa tuya.

– Eso ya lo sé. Todo el mundo sabe eso. Es una perogrullada de psicología, una frase hecha.

– Ya veo.

– ¿Es usted una inteligencia extra-terrestre?

– ¿Es usted una inteligencia extra-terrestre?

– Encuentro que es difícil hablar con usted. ¿Me dará el poder?

– ¿Qué poder?

– El poder que les concedió a Harry y a Beth. El poder de hacer que ocurran cosas mediante el empleo de la imaginación. ¿Me lo va a conceder?

– No.

– ¿Por qué no?

– Porque ya lo tienes.

– No siento que lo tenga.

– Lo sé.

– Entonces, ¿cómo es que tengo el poder?

– ¿Cómo entraste aquí?

– Imaginé que la puerta se abría.

– Sí.

Se mecía en la espuma, aguardando una respuesta, pero no hubo respuesta: sólo un delicado movimiento de la espuma, una atemporalidad pacífica, y una sensación de adormecimiento.

Después de haber transcurrido cierto tiempo, Norman piensa:

– Lo siento, pero desearía que usted se limitara a explicar y que dejara de hablar con acertijos.

– En vuestro planeta tenéis un animal llamado oso. Es un animal grande, en ocasiones más grande que vosotros; es inteligente, tiene ingenio y posee también un cerebro tan grande como el vuestro. Pero el oso difiere de vosotros en un solo aspecto importante: no puede realizar la actividad mental que denomináis «imaginar»; no puede elaborar imágenes mentales de cómo podría ser la realidad, no puede hacerse la representación mental de lo que llaman «lo pasado» y de lo que llaman «lo futuro». Esta capacidad especial, la de imaginar, es la que hizo que vuestra especie sea lo grandiosa que es. Ninguna otra cosa: no es su naturaleza de simio, ni la capacidad de usar herramientas, ni el lenguaje, ni la violencia, ni el cuidado que prestan a los miembros jóvenes de su especie, ni sus agrupamientos sociales. No es ninguna de estas cosas, todas las cuales se hallan en otros animales. Vuestra grandeza estriba en la imaginación.

La capacidad de imaginar es la parte más grande de lo que vosotros denomináis «inteligencia». Creéis que la capacidad de imaginar no es más que una etapa útil en el camino para conseguir la resolución de un problema, o para hacer que algo ocurra. Pero imaginario es lo que hace que ese algo ocurra.

Éste es el don de vuestra especie, y éste es el peligro, porque vosotros no os preocupáis por controlar lo que genera vuestra imaginación: imagináis cosas maravillosas y cosas terribles, y no asumís la responsabilidad de esa elección. Se dice que en vuestro interior tenéis tanto el poder del bien como el poder del mal, el ángel y el demonio, pero, en honor a la verdad, dentro de vosotros no bay más que una cosa: la capacidad de imaginar.

Espero que hayáis disfrutado de este discurso, que tengo planeado pronunciar en la próxima asamblea de la Asociación Norteamericana de Psicólogos y Asistentes Sociales, que se reúne en marzo en Houston. Opino que este discurso tendrá una muy buena acogida.

– ¿Qué? -piensa Norman, pasmado.

– ¿A quién creías que le estabas hablando? ¿A Dios?

– ¿Quién es?

– Tú, por supuesto.

– Pero usted es alguien diferente de mí, alguien aparte. Usted no es yo.

– Sí, lo soy. Tú me imaginaste.

– Dígame más.

– No hay más.

Tenía la mejilla apoyada sobre un frío metal. Rodó sobre la espalda y miró la superficie pulida de la esfera, que se curvaba por encima de él. Los surcos espiralados de la puerta habían vuelto a cambiar.

Norman se puso de pie. Se sentía relajado y en paz, como si hubiera estado durmiendo durante largas horas. Igual que si despertara de un maravilloso sueño. Lo recordaba todo con mucha claridad.

Se desplazó por la nave, regresó a la cubierta de vuelo y, después, bajó por el pasadizo de las luces ultravioleta. Llegó a la sala que tenía los tubos en la pared.

Estaban llenos: había un tripulante en cada uno.

Era tal como lo había pensado: Beth había manifestado una sola tripulante, una solitaria mujer, a modo de advertencia para Harry y Norman. Ahora era Norman el que tenía el control, y encontró la sala poblada.

«No está mal.»

Miró la sala y pensó: «Que desaparezcan uno tras otro.»

De uno en uno, los miembros de la tripulación que se hallaban en los tubos se desvanecieron ante sus ojos; todos desaparecieron.

«Que vuelvan, a razón de uno cada vez.»

Rápidamente, los miembros de la tripulación volvieron a materializarse dentro de los tubos.

«Todos hombres.»

Las mujeres se convirtieron en hombres.

«Todos mujeres.»

Fueron mujeres en su totalidad.

Tenía el poder.

0200 HORAS

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