Tomó la curva de la ruta y el palacete de estilo español de Logan volvió a quedar a la vista, sobre la colina. Logan no era político, era un ejemplar extraño, un verdadero patriota. Era republicano, pero Novak lo había oído elogiar al presidente demócrata por la negociación con Jordania hacía tres años.
Pero el comportamiento de los patriotas a menudo era imposible de predecir y en ocasiones, hasta peligroso.
Timwick quería atraparlo y si Novak se movía con precisión, podría cambiar esa necesidad por la mansión del gobernador. No tenía dudas de que cualquiera que fuera la tarea que Logan quería encomendarle a Eve Duncan, tenía que tratarse de algo personal. Lo había visto demasiado nervioso y reservado. Los secretos relacionados con restos óseos por lo general eran una señal bastante clara de culpabilidad. ¿Asesinato? Tal vez. Había llevado una vida bastante agitada en los primeros tiempos, cuando estaba tratando de construir su imperio. Al parecer, alguien de ese pasado movido le había causado demasiadas molestias.
Novak no había mentido en cuanto a la admiración que sentía por Eve Duncan. Siempre le habían gustado las mujeres duras, que se hacían cargo de las cosas. Esperaba no tener que terminar cercándola como a Logan. Diablos, tal vez al cercar a Logan le estuviera haciendo un favor a la mujer. Logan tenía pensado apuntar los cañones de su implacable intensidad sobre ella, y podría ser demasiado para la chica.
Rió por lo bajo al darse cuenta de cómo había racionalizado la traición hasta convertirla en galantería. Diablos, qué pedazo de abogado que era.
Pero los abogados servían a la realeza que vivía sobre esta ruta, ellos mismos no eran reyes. Tenía que ascender y dejar el puesto de asesor real.
Iba a ser lindo ser rey.
– Estás lindísima -dijo Eve-. ¿Adónde vas esta noche?
– Tengo que encontrarme con Ron en el restaurante Anthony's. Le gusta comer ahí.
– Sandra se inclinó hacia el espejo del vestíbulo, se miró las pestañas pintadas con máscara y luego se acomodó el vestido en los hombros. -Estas hombreras malditas se me mueven para todas partes.
– Quítatelas.
– No todas tenemos hombros anchos como tú. Las necesito.
– ¿Te gusta la comida de Anthony's?
– No, es un poco demasiado extraña para mi gusto. Preferiría ir a Cheesecake Factory.
– Díselo, entonces.
– La próxima vez. Tal vez sea mejor que aprenda a que me guste. -Miró a Eve por el espejo y sonrió. -A ti te gusta aprender cosas.
– Me agrada ir a Anthony's, pero eso no quita que haya días en que quiera comer porquerías en McDonald's. -Le alcanzó la chaqueta. -Y me pelearía con cualquiera que tratara de decirme que no debería hacerlo.
– Ron no me dice nada… -Sandra se encogió de hombros. -Me cae bien. Viene de una buena familia de Charlotte. No sé si entendería la forma en que vivíamos antes… Realmente no lo sé.
– Quiero conocerlo.
– La próxima vez. Lo mirarías de arriba abajo y me sentiría como una adolescente que trae a casa a su primer novio. Eve sonrió y la abrazó.
– Estás loca. Sólo quiero asegurarme de que sea lo suficientemente bueno para ti.
– ¿Ves? -Sandra se dirigió a la puerta. -Decididamente, es el síndrome de la primera salida. Voy a llegar tarde, nos veremos luego.
Eve fue hasta la ventana y observó a su madre salir con el automóvil marcha atrás por el camino. Hacía años que no la veía tan entusiasmada y feliz.
Desde la muerte de Bonnie.
Bueno, no tenía ningún sentido quedarse mirando por la ventana con aire nostálgico. Se alegraba de que su madre tuviera un nuevo romance, pero no querría estar en su lugar. No sabría qué hacer con un hombre en su vida. No le gustaban las relaciones de una sola noche y cualquier otra cosa significaba un compromiso que no podía asumir.
Salió por la puerta trasera y bajó los escalones de la cocina. La madreselva estaba en flor y el perfume dulce la rodeó mientras caminaba por el sendero hacia el laboratorio. El aroma siempre parecía más fuerte al atardecer y por la mañana temprano. A Bonnie le encantaba la madreselva y siempre arrancaba flores del cerco, donde revoloteaban las abejas. Eve no sabía cómo hacer para detenerla antes de que la picaran.
Sonrió al recordarlo. Le había llevado mucho tiempo separar los recuerdos buenos de los malos. Al principio había tratado de salvarse del dolor cerrando su mente a cualquier recuerdo de Bonnie. Luego se había dado cuenta de que eso sería olvidarla y olvidar la dicha que había traído a su vida y a la de Sandra. Bonnie merecía más que…
– Señorita Duncan.
Eve se puso rígida y giró en redondo.
– Perdón, no fue mi intención asustarla. Soy John Logan. ¿Podría hablar con usted?
John Logan. Si no se hubiera presentado, lo hubiera reconocido por la fotografía. ¿Cómo olvidar ese bronceado californiano?, se dijo con sarcasmo. Y con ese traje gris de Armani y los mocasines de Gucci estaba más fuera de lugar en ese jardincito que un pavo real.
– No me asusté. Me sobresalté.
– Toqué el timbre. -Sonrió y se acercó. No había un gramo de grasa en su cuerpo; el hombre exudaba seguridad y encanto. A Eve nunca le habían gustado los hombres encantadores: el encanto podía esconder muchas cosas. -Supongo que no debe de haberme oído.
– No. -Sintió un repentino deseo de ponerlo incómodo. -¿Siempre se mete en propiedades privadas, señor Logan?
El sarcasmo no lo amilanó.
– Solamente cuando quiero realmente ver a alguien. ¿Podríamos ir a algún sitio a hablar? -Su mirada se posó en la puerta del laboratorio. -¿Allí es donde trabaja, no es cierto? Me gustaría ver laboratorio.
– ¿Cómo sabe que trabajo allí?
– No me lo dijeron sus amigos del Departamento de Policía de Atlanta, si es eso lo que quiere saber. Tengo entendido que se mostraron muy estrictos en cuanto a proteger su privacidad. -Se adelantó y se detuvo junto a la puerta. -¿Por favor? -dijo, sonriendo.
Era evidente que estaba acostumbrado a que todos le dijeran que sí de inmediato. Eve volvió a sentir fastidio.
– No.
La sonrisa de él se achicó apenas.
– Es posible que tenga una proposición para hacerle.
– Lo sé. ¿Si no, para qué habría venido? Pero estoy demasiado ocupada para aceptar más trabajo. Debió haber llamado antes.
– Quería conocerla en persona. -Miró en dirección al laboratorio. -Deberíamos ir ahí adentro a hablar.
– ¿Para qué?
– Me podrá dar unas respuestas sobre usted que necesito saber.
Ella se quedó mirándolo con incredulidad.
– No me estoy postulando para un puesto en una de sus empresas, señor Logan. No tengo que pasar por un examen personal. Creo que ya es hora de que se vaya.
– Deme diez minutos.
– No. Tengo que trabajar. Adiós, señor Logan.
– John. -Él sacudió la cabeza. -Me quedo.
Eve se puso rígida.
– Ni lo sueñe.
Logan se apoyó contra la pared.
– Vaya, póngase a trabajar. Me quedaré aquí hasta que esté dispuesta a verme.
– No sea ridículo. Tal vez trabaje hasta después de la medianoche.
– Entonces la veré después de la medianoche. -Ya no derrochaba encanto, sino que se mostraba distante, duro y completamente decidido.
Eve abrió la puerta.
– Váyase.
– Después de que hable conmigo. Sería mucho más fácil para usted dejar que hiciéramos las cosas a mi manera.
– No me gusta lo fácil. -Eve cerró la puerta y encendió la luz. No le gustaban las cosas fáciles ni le gustaba que le dieran órdenes hombres que se creían dueños del mundo. Sí, de acuerdo, estaba reaccionando en forma algo exagerada. Por lo general, no permitía que nadie le hiciera perder la calma y él no había hecho nada malo, salvo invadir su espacio.
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