– Qué bien. Me gustaría conocerlo.
– No soy como tú. Hace mucho tiempo que no salgo con un hombre y necesito tener a alguien cerca. Y tampoco soy una monja. Por Dios, ni siquiera cumplí cincuenta, todavía. Mi vida no puede detenerse sólo porque…
– ¿Por qué hablas así, como si te sintieras culpable? ¿Acaso te dije alguna vez que quería que te quedaras en casa? Tienes derecho a hacer lo que quieres.
– Es que me siento culpable. -Sandra frunció el entrecejo. -Podrías facilitarme un poco las cosas si no fueras tan dura contigo misma. Eres tú la que parece una monja.
Cielos, qué mal momento para que su madre sacara el tema. Estaba demasiado cansada como para hablar de eso.
– He salido con algunos hombres.
– Sí, hasta que la relación te empezó a obstaculizar el trabajo. Ninguna pasó de dos semanas.
– Mamá…
– Está bien, está bien. Es que pienso que es hora de que vuelvas a llevar una vida normal.
– Lo que es normal para una persona no tiene por qué serlo para otra. -Fijó la vista en la pantalla de la computadora. -Bueno, hazte humo. Quiero terminar esto antes de irme a la cama. Mañana a la noche no te olvides de contarme todo sobre la cena.
– ¿Para que puedas vivir la vida a través de mí? -dijo Sandra con un dejo de aspereza-. Entonces tal vez no te lo cuente.
– Lo harás.
– Sí, sé que lo haré. -Su madre suspiró. -Buenas noches, Eve.
– Hasta mañana, mamá.
Eve se echó hacia atrás en la silla. Debió haberse dado cuenta de que su madre se estaba sintiendo inquieta y disconforme. La inestabilidad emocional era siempre señal de peligro para un adicto en camino de recuperación. Pero, diablos, ella no había tocado la droga desde el segundo cumpleaños de Bonnie. Otro regalo que había traído Bonnie cuando llegó a sus vidas.
Tal vez estuviera exagerando el problema. El hecho de criarse con una adicta la había vuelto sumamente suspicaz. Era normal y saludable que su madre se sintiera así. Lo mejor que le podía pasar era embarcarse en una relación amorosa sólida.
Bien, entonces dejaría que siguiera adelante, pero vigilaría la situación de cerca.
Eve estaba mirando la pantalla sin ver. Ya había hecho demasiado por hoy. Casi no quedaban dudas de que el cráneo pertenecía al pequeño Bobby Starnes.
Al salir del programa para apagar la computadora, vio el logotipo de Logan. Qué curioso cómo uno nunca prestaba atención a esas cosas. ¿Por qué diablos estaría Logan haciendo averiguaciones sobre ella? Seguro que no era cierto. Tenía que tratarse de un error. Su vida y la de Logan estaban en los extremos opuestos del espectro.
Se puso de pie y movió los hombros para aflojar la tensión. Empaquetaría el cráneo de Bobby, lo llevaría hasta la casa, junto con el informe, y los despacharía mañana por la mañana. No le gustaba tener más de un cráneo en el laboratorio al mismo tiempo. Joe se reía de ella, pero a Eve le parecía que no podía concentrarse completamente en el trabajo si veía otro cráneo esperando en silencio. De modo que enviaría el cráneo de Bobby y el informe a Chicago por expreso y en dos días sus padres sabrían que su hijo había vuelto a casa, que ya no era uno de los perdidos.
Déjala ir, Eve.
Su madre no comprendía que la búsqueda de Bonnie se había entretejido en la trama de su vida. Eve ya no podía distinguir cuál era el hilo de Bonnie y cuáles eran los de los otros perdidos. Y eso la volvía mucho más inestable que su madre, pensó con pesar.
Atravesó la habitación y se detuvo delante de la repisa donde estaba el cráneo nuevo.
– ¿Qué sucedió contigo? -murmuró, mientras le quitaba la etiqueta de identificación y la arrojaba sobre la mesa de trabajo. -¿Fue un accidente? ¿Un asesinato?
Ojalá no haya sido un asesinato, pero en estos casos, por lo general se trataba de una muerte violenta. Le hacía mal pensar en el terror que habría experimentado la chiquilla antes de morir.
La muerte de una criatura.
Alguien había acunado a esta niña, la había observado dar sus primeros pasos. Ojalá la hubieran amado y hecho feliz antes de que terminara en ese hoyo en el bosque.
Le tocó suavemente el pómulo.
– No sé quién eres. ¿Te importa si te llamo Mandy? Siempre me gustó ese nombre. -Santo Cielo, estaba hablando con un esqueleto… ¿Y se preocupaba por la cordura de su madre? Bueno, tal vez fuera extraño, pero siempre le había parecido una falta de respeto tratar a los cráneos como si no tuvieran identidad. Esta chica había vivido, había reído, había amado. Se merecía algo más que un tratamiento impersonal.
– Ten paciencia, Mandy -susurró Eve-. Mañana tomaré las medidas y pronto comenzaré a esculpir. Te encontraré, ya verás. Te traeré a casa.
MONTERREY, ESTADO DE CALIFORNIA
– ¿Seguro que es la mejor opción? -La mirada de John Logan estaba fija en la pantalla del televisor, que mostraba un vídeo de la escena en el portón de la prisión. -No parece muy cuerda. Tengo demasiados problemas como para, además, tener que tratar con una mujer que no las tiene todas consigo.
– Caramba, qué ser humano tan cálido y considerado eres – murmuró Ken Novak-. Creo que la mujer tiene motivos para mostrarse un poco alterada. Esa noche ejecutaron al asesino de su hijita.
– Entonces tendría que haber estado saltando de felicidad y ofreciéndose para bajar la palanca. Así me hubiera sentido yo. En cambio, le suplica al gobernador que aplace la ejecución.
– A Fraser lo procesaron por el asesinato de Teddy Simes. Lo atraparon casi en el momento del asesinato y no tuvo tiempo de deshacerse del cuerpo. Pero confesó haber asesinado a once niños más, entre los cuales estaba Bonnie Duncan. Dio detalles que dejaron bien en claro que él era el asesino, pero no dijo qué había hecho con los cuerpos.
– ¿Por qué?
– No tengo idea. El hijo de puta estaba más loco que una cabra. ¿Habrá sido un último acto de malicia? El bastardo ni siquiera apeló la sentencia de muerte. Eve Duncan estaba fuera de sí. No quería que lo ejecutaran hasta que no dijera dónde estaba su hija. Tenía miedo de no encontrarla nunca.
– ¿Y la encontró?
– No.
Novak tomó el control remoto y congeló una escena.
– Ese es Joe Quinn. Hijo de padres ricos, estudió en Harvard. Todos creían que sería abogado, pero entró a trabajar para el FBI. Investigó el caso de Bonnie Duncan con el Departamento de Policía de Atlanta, y ahora es detective en esa fuerza. Él y Eve Duncan se han hecho amigos.
Quinn parecía tener unos veintiséis años en el vídeo. Cara cuadrada, boca ancha e inteligentes ojos oscuros bien separados.
– ¿Nada más que amigos?
Novak asintió.
– No tenemos información sobre si hubo una relación entre ellos. Eve Duncan fue testigo en el casamiento de él hace tres años. En los últimos ocho años, ella ha tenido un par de relaciones estables, pero nada serio. Es adicta al trabajo y eso no ayuda a formar relaciones personales enriquecedoras -acotó mirando a Logan con intención-. ¿No te parece?
Logan pasó por alto el comentario y echó un vistazo al informe que tenía sobre el escritorio.
– ¿La madre es adicta?
– Ya no. Hace años que no toca nada de droga.
– ¿Y qué me dices de Eve Duncan?
– Nunca se drogó, lo que resulta asombroso. Casi todo el barrio aspiraba o se daba con algo, hasta la propia madre. Su madre fue hija ilegítima y tuvo a Eve a los quince años. Vivían gracias a la asistencia social, en una de las peores partes de la ciudad. Eve tuvo a Bonnie a los dieciséis años.
– ¿Quién era el padre?
– No lo anotó en el certificado de nacimiento. Es evidente que él no quiso reconocer a la niña. -Oprimió el botón para volver a poner en movimiento la cinta. -Ahora viene una imagen de la niña. La CNN hizo mucha alharaca con la historia.
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