A Hitler pareció impresionarle el informe del agente. Canaris pensó: «Si supiera la verdad». Que en aquellas mismas fechas, a escasos meses de la batalla más importante de la guerra, era muy probable que las redes del servicio de inteligencia de la Abwehr estuvieran a punto de quedar hechas trizas. Canaris echaba a Hitler la culpa de ello. Durante los preparativos de la Operación Seelöwe -la abortada invasión de Gran Bretaña-, Canaris y su estado mayor volcaron espías sobre Inglaterra con temeraria superabundancia. Se arrojó por la ventana toda precaución a causa de la desesperada necesidad de obtener informes sobre las defensas costeras las posiciones de las tropas británicas. Los agentes se reclutaron con precipitación, se adiestraron mal y se equiparon peor. Canaris sospechaba que la mayoría de ellos fueron a caer directamente en manos del MI-5, lo que infligió un daño permanente a unas redes cuyo establecimiento había costado años de penosa labor. Eso no podía reconocerlo ahora, porque hacerlo representaría firmar su propia sentencia de muerte.
Adolf Hitler volvía a pasear por la estancia. Canaris estaba convencido de que Hitler no temía la inminente invasión. Por el contrario, le alegraba. Tenía diez millones de alemanes en armas y una industria bélica que, a pesar del implacable bombardeo de los aliados y de la escasez de mano de obra y materias primas, continuaba produciendo asombrosas cantidades de armamento y suministros. Confiaba plenamente en su capacidad para rechazar la invasión y ocasionar a los aliados una derrota catastrófica. Al igual que Rundstedt, creía que el desembarco en el paso de Calais era estratégicamente lógico y era allí donde su Atlantikwall más parecía, a sus ojos, una fortaleza inexpugnable. Efectivamente, Hitler había intentado obligar a los aliados a desencadenar la invasión por Calais al ordenar que se situaran allí las rampas de lanzamiento de sus cohetes VI y V2. Sin embargo, Hitler también estaba enterado de que británicos y estadounidenses practicaron tretas engañosas durante toda la guerra y volverían a hacerlo como preludio a la invasión de Francia.
– Invirtamos los papeles -dijo Hitler finalmente-. Sí yo fuese a invadir Francia desde Inglaterra, ¿qué haría? ¿Utilizaría la ruta más evidente, la ruta que el enemigo espera que tome? ¿Lanzaría un asalto frontal sobre el trecho de costa mejor defendido? ¿O iría por otra ruta y trataría de sorprender al enemigo? ¿Emitiría por radio mensajes falsos y enviaría falsos informes a través de agentes del espionaje? ¿Efectuaría declaraciones engañosas a la prensa? La respuesta a estas últimas preguntas es afirmativa. Debemos esperar que los británicos traten de inducirnos a error e incluso que realicen un desembarco importante de diversión. Por mucho que deseara que intentasen desembarcar en Calais, debemos estar preparados para la posibilidad de una invasión en Normandía o Bretaña. Por consiguiente, nuestros panzers han de mantenerse seguros a cierta distancia de la costa hasta que hayan quedado claras las intenciones del enemigo. Entonces concentraremos nuestros blindados en el punto de ataque principal y arrojaremos al enemigo otra vez al mar.
– Hay otra cosa que hemos de tener en cuenta y que puede apoyar su argumento -intervino el mariscal de campo Erwin Rommel.
Hitler giró sobre sus talones para encararse con él.
– Adelante, herr mariscal de campo.
Rommel señaló con un gesto el mapa que, detrás de Hitler, ocupaba la pared desde el suelo hasta el techo.
– Si me permite una exposición, mi Führer…
– Naturalmente.
Rommel rebuscó en el interior de su cartera, extrajó un par de calibradores y se acercó al mapa. En el mes de diciembre, Hitler le había ordenado asumir el mando del Grupo de Ejércitos B, establecido a lo largo de la costa del Canal. El Grupo de Ejércitos B incluía el 7.º Ejército, en la zona de Normandía, el 15.º Ejército, entre el estuario del Sena y el Zuiderzee, y el Ejército de los Países Bajos. Recuperado física y psicológicamente de las desastrosas derrotas sufridas en África del Norte, el famoso Zorro del Desierto se había lanzado al cumplimiento de su nueva misión con un increíble despliegue de energía, recorriendo a todas horas el litoral francés en su cabriolé Mercedes 230 para inspeccionar las defensas costeras y la disposición de las tropas y los carros de combate. Había prometido convertir la costa francesa en «un jardín del diablo», un paisaje de piezas de artillería, campos de minas, fortificaciones de hormigón y alambradas espinosas, del que el enemigo jamás emergería.
Sin embargo, en su fuero interno, Rommel creía que cualquier fortificación construida por el hombre podía ser rebasada por el hombre.
De pie ante el mapa, Rommel abrió los calibradores y dijo:
– Esto representa la autonomía de los cazas enemigos Spitfire y Mustang. Esta es la situación de las bases más importantes de aviones de caza establecidas en el sur de Inglaterra. -Colocó las puntas de los calibradores en cada una de las bases y trazó una serie de arcos sobre el mapa-. Como puede ver, mi Führer, tanto Normandía como Calais están situadas dentro del radio de acción de los cazas enemigos. En consecuencia, hemos de considerar ambos territorios como posibles zonas de invasión.
Hitler asintió, impresionado por la exposición de Rommel.
– Póngase durante un momento en la situación del enemigo, herr mariscal de campo. Si intentase invadir Francia partiendo de Inglaterra, ¿dónde daría el golpe?
Rommel fingió reflexionar durante unos segundos, antes de decir:
– Debo reconocer, mi Führer, que todos los indicios apuntan hacia una invasión por el paso de Calais. Pero no puedo quitarme de la cabeza la idea de que el enemigo nunca intentará un ataque frontal sobre nuestra más poderosa concentración de fuerzas. También estoy escarmentado por mi experiencia en África. Los británicos ya jugaron la carta del engaño antes de la batalla del Alamein y volverán a hacerlo antes de embarcarse en una invasión de Francia.
– ¿Y el Muro del Oeste, herr mariscal de campo? ¿Cómo avanzan los trabajos?
– Queda mucho por hacer, mi Führer. Pero adelantamos a buen ritmo.
– ¿Estará terminado antes de la primavera?
– Así lo creo. Pero las fortificaciones costeras por sí solas no pueden detener al enemigo. Necesitamos desplegar adecuadamente nuestros blindados. Y para ello me temo que no tenemos más remedio que saber dónde proyectan descargar el golpe. De no conocer ese dato, todo será inútil. Si el enemigo desembarca con éxito, la guerra puede estar perdida.
– Tonterías -terció Heinrich Himmler-. Bajo el mando del Führer, la victoria definitiva de Alemania es algo fuera de duda. Las playas de Francia serán una tumba para británicos y norteamericanos.
– No -dijo Hitler, al tiempo que agitaba la mano-. Rommel tiene razón. Si el enemigo establece una cabeza de playa, la guerra está perdida. Pero si desbaratamos la invasión antes incluso de que se desencadene… -Hitler inclinó la cabeza hacia atrás, fulgurantes los ojos-. Tardarían meses en organizar otro intento. El enemigo no volvería a probar suerte. Roosevelt jamás sería reelegido. ¡Hasta es posible que acabara en la cárcel! La moral británica se derrumbaría de la noche a la mañana. ¡Churchill, ese viejo gordo enfermo, acabaría destruido! Con los estadounidenses y británicos paralizados, lamiéndose las heridas, podríamos tomar hombres y material del oeste y trasladarlos al este. Stalin estaría a nuestra merced. Pediría la paz. De eso, estoy seguro.
Hitler hizo un pausa para permitir que sus palabras calasen.
– Pero si hay que detener al enemigo, hemos de conocer el emplazamiento de la invasión -dijo-. Mis generales creen que será en Calais. Yo soy escéptico. -Dio media vuelta y proyectó su llameante mirada sobre Canaris-. Herr almirante, quiero que zanje esta discusión.
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