– ¿Por qué? -repitió Yu, fijándose en que otro grupo de gente se arremolinaba alrededor del bosquecillo de arbustos. Un coche de un canal televisivo que aparcaba cerca de los arbustos estaba causando un embotellamiento-. No he estudiado psicología, pero sé que un paciente tiene que sentarse y hablar delante de un psicólogo. En nuestro caso, dado que no tenemos ninguna pista sobre la identidad del criminal, ¿cómo y qué podemos psicoanalizar?
Era un asunto que Yu ya había planteado en su último encuentro, y Chen no fue capaz de ofrecerle una respuesta convincente.
– Bien, al analizar todas estas contradicciones puede que averigüemos algo.
– ¡No me diga, jefe!
– Para empezar, es probable que el estilo y la tela del vestido sean de los años sesenta. Posiblemente de los primeros sesenta, pero no después del inicio de la Revolución Cultural, en 1966. Basándonos en la opinión del señor Shen, podemos suponer que es un estilo conservador pensado para una mujer casada que esté en la treintena. Si la propietaria original del vestido mandarín aún viviera, tendría entre sesenta y setenta años.
– ¿Ahora está hablando de la mujer que llevó el vestido mandarín por primera vez hace treinta años? -preguntó Yu.
– ¿No cree Liao también que el caso está relacionado con la primera mujer que vistió el qipao? A mi entender, no es más que otra mujer que llevó el vestido, aunque de posición social y edad distintas a las que Liao supone. Y, si seguimos esta pista, nos conducirá al hombre relacionado con esa mujer. Supongamos de momento que él tuviera la misma edad. Si fuera así, ahora tendría unos sesenta y tantos, o posiblemente setenta y tantos.
– ¿Sí? -preguntó Yu, confundido y exasperado-. ¿Cómo encaja todo esto en su teoría?
– Pasemos ahora al asesino en serie. Tres víctimas en tres semanas, y los cuerpos arrojados en tres lugares públicos distintos. ¿Cree que un viejo hubiera sido capaz de hacerlo? Hace un momento he pasado unos cuantos minutos junto al bosquecillo de arbustos. Un coche no podría haber circulado a poca velocidad por allí, ni podría haberse detenido ni una sola vez sin que los conductores que tuviera detrás se hubieran puesto a tocar el claxon como locos. O sea que si el asesino arrojó el cuerpo desde su coche mientras conducía, lo más probable es que los conductores que tenía detrás lo hubieran visto, incluso por la noche. Creo que debe de haber dado varias vueltas antes de conseguir su objetivo.
– Eso es cierto. Para deshacerse así de un cadáver es preciso ser muy rápido, y muy ágil.
– Y por eso el asesino tiene que ser un hombre de mediana edad como mucho, pero no mayor. Pero, si esto es cierto, el hombre relacionado con la primera mujer que llevó el vestido mandarín no sería, en aquella época, más que un niño.
– Eso no tiene sentido.
– Está claro que es otra contradicción, pero, por otra parte, en estos estudios psicológicos se habla de algo llamado complejo de Edipo.
– ¿Complejo de Edipo? -repitió Yu.
– El deseo sexual subconsciente de un hijo por su madre.
– ¿Cómo? ¿Y se supone que eso nos va a ayudar a encontrar a un niño que se convirtió en un hombre de mediana edad capaz de cometer tres asesinatos en tres semanas? -preguntó Yu sin intentar ocultar el sarcasmo en su voz-. No entiendo nada de nada.
Yu no había oído hablar nunca del complejo de Edipo. Por absurdo que pudiera sonar, sin embargo, parecía una de las típicas teorías del inspector jefe, quien era conocido por sus enfoques poco ortodoxos.
– No, yo tampoco creo que sea demasiado probable -admitió Chen sin inmutarse-, pero, según esta teoría, el asesino es seguramente un hombre de mediana edad que vivió una experiencia traumática en su infancia, posiblemente durante la Revolución Cultural. Y debió de albergar sentimientos contradictorios hacia la mujer que llevó el vestido mandarín original.
– Una teoría original, no cabe duda -observó Yu-. Así que después de esperar veinte años, su pasión por su madre de pronto lo empuja a cometer una serie desenfrenada de asesinatos.
– No es mi teoría, Yu -repuso Chen-. De todos modos, explica alguna de las contradicciones.
Yu lamentó haberle hecho un comentario sarcástico a su jefe. Después de todo, Chen había estado pensando mucho en el caso, y buscando información en sus libros. Aun así, su enfoque le parecía demasiado psicológico, demasiado académico.
– Por cierto, circulan algunos rumores sobre las vacaciones que se está tomando durante la investigación -añadió Yu para cambiar de tema.
– Deje que se quejen. Dígales únicamente que estoy demasiado ocupado escribiendo mi trabajo de literatura.
– Incluso el Viejo Cazador opina que usted debería dejar de lado ese trabajo durante un tiempo.
– Es exactamente lo que voy a hacer, pero no tenemos por qué decírselo a los demás.
Una pareja joven se acercó hasta el banco. Después de mirar a su alrededor durante algunos minutos, decidieron sentarse junto a los dos policías. Era algo bastante habitual en el Bund. Aunque la ciudad contaba con un número cada vez mayor de sitios a los que los jóvenes podían acudir, el Bund seguía siendo su lugar preferido. Se veían barcos de vivos colores navegando al fondo, y el pasado romántico de la ciudad aún podía adivinarse en los impresionantes edificios neocoloniales. Además, era gratis. Así que las parejas ocupaban cualquier asiento que estuviera vacío en el Bund. Sin embargo, Chen y Yu no pudieron seguir hablando de los asesinatos.
– Entonces, ¿va a seguir investigando su teoría? -preguntó Yu, levantándose.
– No es más que una teoría que aparece en los libros -respondió Chen-. De hecho, su hipótesis sobre el posible factor desencadenante del asesinato de Jazmín podría ser más acertada. Aunque quizá tengamos que remontarnos más atrás en el tiempo.
Yu no sabía si podrían remontarse mucho más atrás. Con todo, era imposible saber qué nuevas sorpresas le depararía su jefe.
El martes por la mañana Chen se despertó cansado, como si no hubiera dormido en toda la noche. Sintió que una migraña punzante amenazaba con aflorar, y empezó a frotarse las sienes.
Tras pasar todo el fin de semana estudiando el caso del vestido mandarín rojo, Chen había logrado avanzar en varios frentes.
Llamó a una amiga que vivía en Estados Unidos para pedirle que le ayudara a investigar el pasado de Weng. Gracias a sus contactos, su amiga no tardó en obtener información. Lo que Weng le contó a Yu era en líneas generales cierto. Había trabajado como comprador particular para una empresa estadounidense. El proceso de su divorcio no había sufrido contratiempos, y debería finalizar en uno o dos meses. De hecho, su esposa ansiaba que llegara ese momento, porque tenía un nuevo novio.
Chen se puso en contacto con Xiong, el cuadro del Gobierno municipal que reveló a los jefes de Tian las acciones de éste durante la Revolución Cultural. Xiong explicó que lo había hecho tras recibir una carta anónima sobre las atrocidades cometidas por Tian. Según Xiong, no intentó presionar en absoluto a la fábrica. Sin embargo, después de que un alto cargo como Xiong hubiera expresado su preocupación, era evidente que todos harían cuanto estuviera en sus manos para congraciarse con él. Esto supuso el fin de Tian. El envío de una carta anónima fue una acción inteligente y no necesariamente sospechosa, ya que permitió a su autor «matar con el cuchillo de otro». Xiong no tenía ni idea de quién había escrito la carta.
Chen también investigó las críticas de las masas relacionadas con los vestidos mandarines durante la primera parte de la Re volución Cultural. Al igual que Peiqin, Chen recordaba la imagen de Wang Guangmei, vestida con un qipao, mientras era humillada y expuesta públicamente a la crítica de las masas. El inspector jefe pensó que otras mujeres podrían haber corrito la misma suerte, por lo que le pidió a Nube Blanca que hiciera una búsqueda por Internet. Después, también con la ayuda de Nube Blanca, se puso en contacto con Yang, una estrella de cine a la que obligaron a ponerse un vestido mandarín para someterla a la crítica de las masas. No obstante, había pequeñas diferencias en relación al vestido que llevaban las víctimas. Por lo que Yang podía recordar, el vestido era blanco, y ella no iba descalza. Llevaba puestos unos zapatos muy gastados, que sinmbolizaban un estilo de vida promiscuo y burgués. Yang les contó otro detalle distinto. Los Guardias Rojos le habían cortado las aberturas del vestido hasta la cintura con unas tijeras, para que se le vieran las bragas. Por el contrario, las aberturas de los vestidos que llevaban las víctimas parecían haber sido desgarradas, como en una pelea. Chen se lo preguntó inmediatamente a Yu, quien se lo confirmó. Con respecto a la primera víctima, puede que el asesino hubiera desgarrado el vestido en un acceso de ira; en cuanto a la segunda y a la tercera, lo hizo posiblemente para intentar que hubiera similitudes entre las víctimas. Cualquiera que fuera la interpretación, los indicios de violencia sexual eran evidentes.
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