La tarea de clasificar y desechar fue menos terrible de lo que había previsto. La señorita Betterton había comprado poca ropa en su solitaria vida, y resultaba difícil creer que hubiese adquirido algo nuevo en los últimos diez años. Emma sacó un pesado abrigo de piel de almizclero, lleno de zonas raídas; dos trajes de tweed que, a juzgar por las chaquetas entalladas y con gruesas hombreras, debían de haberse usado por última vez en la década de los treinta; una variada colección de rebecas y faldas largas de tweed, y varios vestidos de terciopelo y seda, de excelente calidad pero tan arcaicos que costaba imaginar que una mujer moderna se los pusiera con otro fin que el de disfrazarse. La cómoda contenía pañuelos y ropa interior: bragas limpias pero oscurecidas por el uso, camisetas de manga larga y gruesas medias plegadas en forma de ovillos. Pocas de estas cosas serían bien recibidas en una tienda benéfica.
Emma experimentó una súbita repugnancia y una profunda compasión por la señorita Betterton al pensar que el inspector Tarrant y sus colegas habían estado hurgando entre esos tristes vestigios de una vida. ¿Qué esperaban encontrar? ¿Una carta, un diario, una confesión? Los miembros de las congregaciones medievales, expuestos un domingo tras otro a las terribles imágenes de El juicio final, rezaban para que se les librase de una muerte súbita, pues temían llegar junto al Creador sin haberse confesado previamente. En la actualidad era más probable que un moribundo recordase con pesar el desorden de su escritorio, sus aspiraciones frustradas o unas cartas embarazosas.
En el último cajón descubrió algo inesperado. Cuidadosamente envuelta en papel marrón, había una chaqueta del Cuerpo de Voluntarios con alas estampadas encima del bolsillo izquierdo, dos insignias circulares en las mangas y la cinta de una posible medalla al valor. Junto a ella había una gorra aplastada. Tras apartar el abrigo de piel, depositó ambas cosas sobre la cama y las contempló durante unos segundos con mudo asombro.
Encontró las joyas en el cajón superior izquierdo de la cómoda, en el interior de una pequeña caja forrada en piel. No había gran cosa; los broches de camafeo, las pesadas cadenas de oro y los largos collares de perlas parecían reliquias familiares. Era difícil calcular su valor, aunque algunas piedras parecían auténticas, y Emma se preguntó cuál sería la mejor manera de cumplir con la petición del padre John. Tal vez, debería llevar todas las alhajas a Cambridge a que las tasara un joyero de la ciudad. Entretanto, su responsabilidad consistía en ponerlas a buen recaudo.
La caja tenía un fondo falso, y al levantarlo encontró un pequeño sobre amarilleado por el tiempo. Lo abrió y extrajo un anillo. Era de oro, con piedras pequeñas y elegantemente engarzadas: un rubí central rodeado de diamantes. Movida por un impulso, se lo puso en el anular de la mano izquierda y entonces se percató de que se trataba de un anillo de compromiso. Si la señorita Betterton lo había recibido de manos del aviador, éste debía de haber muerto, ¿de qué otra forma iba a llegar el uniforme a su poder? De repente vio la vivida imagen de un avión, un Spitfire o un Hurricane, que perdía el control y trazaba una larga estela de fuego en el cielo antes de caer en las aguas del canal. ¿O habría sido el piloto de un bombardero y tras ser derribado por el enemigo se había reunido con sus víctimas? ¿Agatha Betterton y él habían sido amantes?
Se preguntó por qué costaba tanto creer que los viejos habían sido jóvenes, que habían rebosado toda la fuerza y la belleza animal de la juventud, que habían amado y sido amados, que alguna vez habían reído, pictóricos del irreflexivo optimismo de la adolescencia. Rememoró el aspecto de la señorita Betterton en las pocas ocasiones en que la había visto: andando por el camino del acantilado con un gorro de lana en la cabeza y la barbilla en alto, como si se encarase con un enemigo más implacable y feroz que el viento; cruzándose con Emma en la escalera y saludándola con una breve inclinación de cabeza o dirigiéndole una mirada embarazosamente inquisitiva con sus negros ojos. Raphael la había apreciado y había pasado mucho tiempo con ella. Sin embargo, ¿lo había hecho inducido por un afecto sincero o porque se sentía obligado? Y si el anillo era de compromiso, ¿por qué había dejado de usarlo? Tal vez eso fuese fácil de entender. Representaba algo que había terminado y debía arrinconarse, tal como había hecho con el uniforme. No había querido enfrentarse cada mañana a un símbolo que había sobrevivido a quien lo había entregado y que la sobreviviría a ella, ni hacer públicos su dolor y su pérdida con cada ademán de la mano. Le acudió a la mente el tópico de que los muertos viven en la memoria de los vivos, ¿podía el recuerdo sustituir una voz amada y unos fuertes brazos que estrecharan el cuerpo? ¿No era el tema principal de casi toda la poesía del mundo la certeza de que la carroza alada del tiempo llevaba puñales en las ruedas?
Sonó un golpe en la puerta y ésta se abrió. Emma se volvió y vio a la inspectora Miskin. Por un instante se limitaron a mirarse, y Emma no percibió simpatía en los ojos de la otra mujer.
– El padre John me ha indicado que la encontraría aquí -dijo ésta por fin-. El comisario Dalgliesh me ha pedido que hablase con todo el mundo. Él ha regresado a Londres y yo me quedaré aquí con el inspector Tarrant y el sargento Robbins. Ahora que han instalado cerraduras de seguridad en los apartamentos de huéspedes, es importante que cierre bien la puerta por las noches. Vendré al seminario después de las completas y la acompañaré a su habitación.
De manera que el comisario se había ido sin despedirse. Claro que, ¿por qué iba a despedirse? Tenía cosas demasiado importantes en la cabeza para recordar las reglas de cortesía. Sin duda se habría despedido formalmente del padre Sebastian. ¿Hacía falta algo más?
La inspectora Miskin le había hablado con toda amabilidad, y Emma comprendió que su irritación era injusta.
– No necesito que me escolten hasta mi apartamento -repuso-. ¿Significa esto que creen que estamos en peligro?
– Nadie ha dicho eso -respondió la inspectora tras un breve silencio-. La cuestión es que todavía hay un asesino en los alrededores, y conviene que todo el mundo tome precauciones hasta que hayamos arrestado a alguien.
– ¿Y arrestarán a alguien?
Después de otra pausa, la inspectora Miskin dijo:
– Eso esperamos. Al fin y al cabo estamos aquí para detener al culpable, ¿no? Lamento no poder proporcionarle más información por el momento. Hasta luego.
Salió de la habitación y cerró la puerta. De pie junto a la cama, mirando la gorra y la chaqueta plegada y con el anillo todavía puesto, Emma notó que sus ojos se anegaban en lágrimas. No sabía si lloraba por la señorita Betterton, por el amante muerto o por sí misma. Metió de nuevo el anillo en el sobre y se dispuso a terminar con su trabajo.
A la mañana siguiente Dalgliesh salió hacia el laboratorio antes del amanecer. Había estado lloviendo durante toda la noche, y aunque había amainado, la luz alternativamente roja, ámbar y verde de los semáforos proyectaba temblorosas y chillonas imágenes sobre unas calles todavía mojadas, y el aire transportaba el fresco olor a río característico de la marea alta. Londres sólo parece dormir entre las dos y las cuatro de la madrugada, e incluso entonces su sueño es inquieto. Ahora despertaba lentamente, y pequeños y ensimismados grupos de trabajadores empezaban a emerger para tomar posesión de la ciudad.
Aunque el material procedente de un escenario criminal de Suffolk solía enviarse al laboratorio forense de Huntingdon, éste se hallaba ahora desbordado de trabajo. En Lambeth, por el contrario, estaban en condiciones de dar máxima prioridad a estos análisis, que era lo que Dalgliesh había solicitado. En el laboratorio lo conocían bien, y el personal lo recibió con cordialidad. La doctora Anna Prescott, la bióloga forense que lo estaba esperando, había oficiado de perito en varias investigaciones del comisario, por lo que éste sabía que gran parte del éxito de esos casos se debía a la reputación científica de la doctora, a la seguridad y la lucidez con que había presentado sus hallazgos ante el tribunal y a su serenidad durante el turno de repreguntas. No obstante, ella era una científica y no una agente de la policía. Si Gregory llegaba a sentarse en el banquillo, ella se presentaría como testigo experto independiente, comprometida únicamente con los hechos.
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