Philip Kerr - El infierno digital

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En la ciudad de Los Angeles se inaugura un modernísimo rascacielos in-formatizado regido por un superordenador al que han puesto el nombre de Abraham. De pronto, en el edificio se empiezan a producir extrañas muertes -primero un técnico informático, después un guarda de seguridad…- que la policía no sabe si catalogar como accidentes o asesinatos. Los dos principales sospechosos son el estudiante que encabeza las manifestaciones contra el propietario de la constructora, un multimillonario de origen chino simpatizante del Gobierno comunista de Pekín, y uno de los técnicos del equipo del arquitecto responsable del proyecto, que se ha peleado con él. Otra posible explicación es que el edificio, según las teorías de una empresa en embrujos tradicionales chinos, está maldito. Pero acaso el verdadero culpable no sea humano ni tenga nada que ver con antiguas brujerías… Philip Kerr ha escrito un apasionante tecno-thriller protagonizado por un superordenador capaz de poner en jaque a policías, arquitectos y técnicos informáticos. Como el Hal de 2001: Una odisea en el espacio, Abraham no está dispuesto a limitarse a cumplir órdenes…

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– ¿Crees que puede haberle pasado algo?

– ¿Como qué?

– No sé. Tú eres el que tiene imaginación y un Cadillac Protector. Es que anoche ya era muy tarde cuando se marchó de la oficina.

– Probablemente se fue a algún sitio a coger una cogorza -sugirió Kenny-. A Allen le gusta tomar una copa. Y dos o tres si tiene oportunidad.

– Sí, quizá tengas razón.

Salieron de la autopista por Temple Street y se acercaron al familiar perfil de los rascacielos del centro, dominado por los setenta y tres pisos en proyección ortogonal de la Library Tower de I. M. Pei. Mitch pensó que los edificios más altos de Los Ángeles (la mayoría bancos y centros comerciales) se parecían a las triviales construcciones que hacía con piezas cuadradas en la época en que los niños de ocho años jugaban con simples bloques de Lego. Girando al sur hacia Hope Street, sintió una oleada de orgullo a la vista del edificio Yu y, echándose sobre el volante, lanzó una rápida mirada a la familiar sucesión de muros cortina que se extendería tras la característica parrilla, compuesta de enormes ménsulas transversales y pilares blancos como el marfil: más que un «esqueleto», era una escalera de ciento cincuenta metros de alto de la que colgaban los pisos.

Pese a la susceptibilidad de Richardson, Mitch no encontraba nada ofensivo en el apodo. En realidad, casi sospechaba que llegaría un momento en que, al igual que los propietarios de la Plancha, el famoso edificio de Nueva York, la Yu Corporation cedería y daría carácter oficial a la denominación popular. Podían llamarlo como les diera la gana, pensó: comparado con la lúgubre suficiencia de las cajas de vidrio obra de imitadores de Mies van der Rohe que había a su alrededor, la Parrilla, en opinión de Mitch, era el ejemplo más asombroso de la nueva arquitectura en los Estados Unidos. Nada superaba la destellante, traslúcida y plateada máquina que era el edificio de Ray Richardson. Su palpable ausencia de colorido era el más concreto de los colores y, a ojos de Mitch, aquella estructura irradiaba la luz pura de una verdad revelada.

Mitch redujo la marcha para torcer por el carril que bordeaba la plaza en dirección al aparcamiento subterráneo. Justo entonces notó que algo chocaba contra la puerta del acompañante.

– ¡Joder! -exclamó Kenny, al tiempo que se hundía en el asiento por debajo de la ventanilla.

– ¿Qué coño ha sido eso?

– Uno de esos chinos nos ha tirado algo.

Mitch no paró. Como cualquier habitante de Los Ángeles, sólo se detenía en los semáforos o por indicación de la policía. Antes de inspeccionar el coche por si había desperfectos, esperó a estar seguro tras la puerta enrollable de aluminio del garaje.

No había muescas. Ni un rasguño. Sólo la salpicadura de una fruta podrida del tamaño de una mano. Mitch sacó de la guantera un pañuelo de papel, limpió la mancha y la olió.

– Huele a naranja podrida -anunció-. Podría haber sido peor. Una piedra, o algo así.

– La próxima vez será peor. Hazme caso, Mitch, cómprate un Cadillac Protector -insistió Kenny, encogiéndose de hombros. Y, parodiando el ya infame anuncio televisivo en el que un blanco con cara de estúpido circula por un barrio negro de mala fama, añadió-: El coche para transitar libremente por toda la ciudad.

– ¿Qué les pasa a esos chicos? Hasta ahora no habían tirado nada. ¿Es que no hay un poli ahí fuera para evitar que pasen estas cosas?

– Quién sabe. -Kenny sacudió la cabeza-. A lo mejor ha sido precisamente el poli. Coño, últimamente tengo más miedo de los polis de Los Ángeles que de los delincuentes. ¿Viste al ciego aquel en la tele, al que dispararon por agitar el bastón blanco delante de un guardia?

– Será mejor que hablemos con Sam. A ver qué dice.

Cruzaron una puerta y se dirigieron a los ascensores, donde ya los esperaba uno para llevarlos al cuerpo principal del edificio. Había sido automáticamente enviado al sótano del aparcamiento en cuanto los dos colegas pronunciaron las frases de reconocimiento de voz a la entrada del garaje.

– ¿Qué planta, por favor?

Kenny se inclinó hacia el micrófono de la pared.

– ¿Dónde está Sam Gleig, Abraham?

– ¿Abraham? -dijo Mitch, que arqueó las cejas y miró a Kenny, quien le respondió encogiéndose de hombros.

– ¿No te lo he dicho? Decidimos bautizar al ordenador.

– Sam Gleig se encuentra en el atrio -dijo el ordenador.

– Llévanos allí, Abraham. -Aidan sonrió a Mitch-. Además, es un nombre mucho mejor que el que empleaban Cheech y Chong para llamar al Yu-5: Matemático Analizador Numerador Integrador y Computador. M-A-N-I-A-C-O, ¿entiendes?

Las puertas se cerraron.

– Abraham. Le va bien ese nombre -dijo Mitch-. Siempre que oigo su voz me pregunto dónde la he oído antes, ¿sabes?

– Es Alec Guinness -le informó Kenny-. Ya sabes, el viejo actor inglés que trabajó en La guerra de las galaxias. Le tuvimos un fin de semana entero en el estudio para digitalizar su voz. Naturalmente, Abraham puede reproducir cualquier sonido que le dé la gana, pero para hablar seguido hay que facilitarle una base lingüística adecuada. Pensamos en un actor y elegimos a Guinness entre otros doce, incluidos Glenn Close, James Earl Jones, Marlon Brando, Meryl Streep y Clint Eastwood.

– ¿Clint Eastwood? -exclamó Mitch, sorprendido-. ¿En un ascensor?

– Sí, pero Guinness resultó el mejor. Tiene una voz relajante. El acento inglés, supongo. Aunque no nos limitamos al inglés. En Los Ángeles se hablan ochenta y seis idiomas, y Abraham está programado para entenderlos y hablarlos todos.

Las puertas del ascensor se abrieron a un atrio donde flotaba un agradable aroma a madera de cedro, producido por medios sintéticos. Mitch y Kenny cruzaron el piso de mármol blanco, aún cubierto con una capa de plástico protector, hacia la consola de hologramas frente a la cual estaba el guarda jurado. Al verlos venir, el agente dejó de mirar la copa del inmenso árbol que dominaba el atrio y se dirigió a su encuentro.

– Buenos días, caballeros -los saludó-. ¿Cómo están?

– Buenos días, Sam -repuso Mitch-. Oye, uno de esos manifestantes acaba de tirar algo contra mi coche. No ha sido más que una fruta podrida, pero pensé que debía decírtelo.

Caminaron los tres hacia la entrada principal y, a través del cristal blindado, miraron al pequeño grupo de manifestantes que había al pie de la escalinata, más allá de la barrera policial. El guardia que los vigilaba estaba a horcajadas en la moto, leyendo un periódico.

– Podrías decirle al agente que no les quite ojo -sugirió Mitch-. No quiero darle más importancia de la que tiene, pero no me gustaría que esto se volviese a repetir, ¿comprendes?

– Sí, señor, lo entiendo -repuso Gleig- Hablaré con él, no faltaba más.

– ¿Han causado problemas hasta ahora? -preguntó Kenny.

– ¿Problemas? No, señor -sonrió Sam Gleig. Apartando su mano del tamaño de una pizza de la automática de 9 milímetros que llevaba enfundada en la cadera, dio unos golpecitos con los nudillos en el cristal tintado y añadió-: Y, además, ¿qué podrían hacer? Esto tiene veinte centímetros de espesor. Puede parar cualquier cosa, desde cartuchos del doce hasta balas del fusil de asalto de la OTAN, sin que dejen ni una marca. ¿Sabe una cosa, señor Kenny? Éste es el trabajo más seguro que he tenido en la vida. En realidad, creo que éste es el sitio más seguro de Los Ángeles.

Soltó una carcajada grande y lenta que resonó por el piso del atrio: un Santa Claus de centro comercial.

Mitch y Kenny sonrieron y volvieron hacia los ascensores.

– Tiene razón -comentó Kenny-. Éste es el edificio más seguro de Los Ángeles. Aquí hasta podría reunirse el parlamento ruso.

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