Philip Kerr - Violetas De Marzo

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La primera vez que conocemos al ex policía Bernie Gunther la acción se sitúa en 1936, en Violetas de Marzo (un eufemismo que usaron los primeros nazis para describir los últimos conversos), cuando los Juegos Olímpicos están a punto de empezar.
Algunos de los amigos judíos de Bernie se van dando cuenta de que tendrían que haber huido cuando aún podían hacerlo, y Gunther recibe el encargo de investigar dos muertes que afectan a los máximos cargos del partido nazi. El antiguo policía Bernie Gunther creía que ya lo había visto todo en las calles de Berlín de los años treinta. Pero cuando dejó el cuerpo para convertirse en detective privado, cada nuevo caso lo iba hundiendo un poco más en los horribles excesos de la subcultura nazi. Después de la guerra, en medio del esplendor imperial y decadente de Viena, Bernie incluso llega a poner al descubierto un legado que, en comparación, convierte las atrocidades cometidas enépoca de guerra en un juego de niños…

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Compartiendo unas solitarias y tranquilas noches con una amistosa botella, a menudo trataba de imaginar qué podía haber sido de ella: un accidente de coche, algún tipo de amnesia, quizá, una crisis mental o emocional, un crimen que hubiera cometido y que le exigiera desaparecer de forma inmediata y permanente. Pero siempre volvía al secuestro y el asesinato y a la idea de que fuera lo que fuera lo que le hubiera sucedido, guardaba relación con el caso en el que yo había estado trabajando.

Incluso después de pasados dos meses, cuando normalmente cabría esperar que la Gestapo admitiera algo, Bruno Stahlecker, recientemente trasladado fuera de la ciudad a una pequeña comisaría sin importancia de la Kripo en Spreewald, fracasó al intentar conseguir cualquier prueba de que Inge hubiera sido ejecutada o enviada a un campo. Y por muchas veces que volviera a la casa de Haupthändler en Wannsee con la esperanza de encontrar algo que pudiera darme la clave de lo sucedido, nunca encontré nada.

Hasta el momento en que expiró el contrato de alquiler de Inge volví a menudo a su piso, en busca de algo secreto que no hubiera querido compartir conmigo. Entretanto, mi recuerdo de ella fue desvaneciéndose, volviéndose más lejano. Sin ninguna fotografía suya, olvidé su cara y acabé dándome cuenta de lo poco que realmente había sabido de ella, más allá de unas cuantas informaciones superficiales. Siempre me había parecido que teníamos todo el tiempo del mundo para averiguar todo lo que había que saber.

Conforme las semanas se convertían en meses, supe que mis posibilidades de encontrar a Inge eran cada vez menores, casi en una proporción aritmética inversa. Y conforme el rastro se iba enfriando, también se enfriaba la esperanza. Sentía, sabía, que nunca volvería a verla.

Dagmarr pidió más café y hablamos de lo que cada uno había estado haciendo. Pero no le dije nada de Inge ni de mi temporada en Dachau. Hay algunas cosas de las que no se puede hablar tomándose un café.

– ¿Qué tal el trabajo? -preguntó.

– Me he comprado un coche nuevo, un Opel.

– Debe de irte bien, pues.

– ¿Y tú? -pregunté-. ¿Qué tal vives?

– He vuelto a casa de mis padres. Hago mucho trabajo de mecanografía en casa; tesis de estudiantes, y cosas por el estilo. -Consiguió sonreír-. A mi padre le preocupa que lo haga. Verás, me gusta escribir por la noche, y el sonido de la máquina ha atraído a la Gestapo a casa dos o tres veces en otras tantas semanas. Buscan a gente que escribaperiódicos contrarios al régimen. Por fortuna la clase de cosas que yo paso a máquina son tan devotas del nacionalsocialismo que es fácil librarse de ellos. Pero a mi padre le preocupan los vecinos. Dice que empezarán a creer que la Gestapo nos vigila por alguna razón.

Al cabo de un rato, sugerí que podíamos ir al cine.

– Sí -dijo ella-, pero no me parece que pueda soportar una de esas películas patrióticas.

En el exterior del café compramos un periódico.

En la primera página había una foto de los dos Hermann, Six y Goering, estrechándose la mano: Goering sonreía ampliamente, y Six no sonreía en absoluto. Al parecer, el primer ministro iba a acabar por salirse con la suya en cuanto a los suministros de materias primas para la industria alemana. Volví las páginas hasta la sección de espectáculos.

– ¿Qué tal La emperatriz escarlata en el Tauenzienpalast? -propuse. Dagmarr dijo que la había visto dos veces.

– ¿Y esta otra? -dijo ella-. La pasión más grande, con Ilse Rudel. Es su nueva película, ¿no? A ti te gusta, ¿verdad? A la mayoría de los hombres parece gustarles.

Pensé en el joven actor, Walther Kolb, a quien Ilse Rudel había enviado para cometer un asesinato por ella y a quien yo había matado. El dibujo del anuncio del periódico la mostraba con una toca de monja. Incluso descontando mi conocimiento personal de ella, pensé que la caracterización era discutible.

Pero ahora ya no me sorprende nada. Me he ido acostumbrando a vivir en un mundo desquiciado, como si hubiera sufrido un tremendo terremoto y las carreteras ya no fueran planas ni los edificios verticales.

– Sí -dije-, no está mal.

Fuimos paseando hasta el cine. Las vitrinas rojas del Der Stürmer volvían a estar en su sitio en las esquinas y, si acaso, el periódico de Streicher parecía más virulento que antes.

Philip Kerr

Violetas De Marzo - фото 2
***
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