Philip Kerr - Violetas De Marzo

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La primera vez que conocemos al ex policía Bernie Gunther la acción se sitúa en 1936, en Violetas de Marzo (un eufemismo que usaron los primeros nazis para describir los últimos conversos), cuando los Juegos Olímpicos están a punto de empezar.
Algunos de los amigos judíos de Bernie se van dando cuenta de que tendrían que haber huido cuando aún podían hacerlo, y Gunther recibe el encargo de investigar dos muertes que afectan a los máximos cargos del partido nazi. El antiguo policía Bernie Gunther creía que ya lo había visto todo en las calles de Berlín de los años treinta. Pero cuando dejó el cuerpo para convertirse en detective privado, cada nuevo caso lo iba hundiendo un poco más en los horribles excesos de la subcultura nazi. Después de la guerra, en medio del esplendor imperial y decadente de Viena, Bernie incluso llega a poner al descubierto un legado que, en comparación, convierte las atrocidades cometidas enépoca de guerra en un juego de niños…

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Dos veces al día nos reunían en formación en la Appellplatz, y después de pasar lista venían los azotes de las Hindenburg Alms. Ataban a un hombre o una mujer a un bloque y le daban un promedio de veinticinco latigazos en el trasero desnudo. Vi cómo varios se cagaban durante el castigo. La primera vez sentí vergüenza, pero más tarde alguien me dijo que era la mejor manera de romper la concentración del hombre que manejaba el látigo.

La formación era mi mejor oportunidad para mirar a los demás prisioneros. Llevaba un registro mental de los hombres que había eliminado, y al cabo de un mes había conseguido descartar a más de trescientos.

Nunca olvido una cara. Es una de las cosas que te hacen ser un buen poli, y una de las cosas que me habían llevado a incorporarme a la policía en primer lugar. Sólo que esta vez mi vida dependía de ello. Pero siempre llegaban nuevos para alterar mi metodología. Me sentía como Hércules tratando de limpiar la mierda de los establos de Anglas.

¿Cómo se puede describir lo indescriptible? ¿Cómo se puede hablar de algo que te hace enmudecer de horror? Ha habido muchos más elocuentes que yo que no han conseguido encontrar las palabras. Es un silencio nacido de la vergüenza, porque incluso los inocentes son culpables. Despojado de todo derecho humano, el hombre vuelve a convertirse en un animal. Los que se mueren de hambre, roban a los que se están muriendo de hambre y lasupervivencia personal es la única consideración que se tiene en cuenta, una consideración que es más importante que la experiencia, que incluso la somete a censura. Dar el trabajo suficiente para quebrar el espíritu humano era el objetivo de Dachau, con la muerte como consecuencia no buscada. La supervivencia se conseguía a través del sufrimiento vicario de los demás: se estaba a salvo durante un tiempo, cuando era otro al que linchaban o golpeaban; durante unos cuantos días te podías comer la ración del hombre de la litera de al lado después de que expirara mientras dormía.

Para permanecer vivo es preciso primero morir un poco.

Poco después de mi llegada a Dachau me pusieron al mando de una brigada de judíos que construían un taller en el rincón noroeste del campo. Esto entrañaba llenar carretillas con rocas que pesaban hasta treinta kilos y empujarlas pendiente arriba para sacarlas de la cantera y llevarlas hasta el lugar de la construcción, una distancia de varios cientos de metros. No todos los SS en Dachau eran unos cabrones: algunos eran comparativamente moderados y se las arreglaban para hacer dinero con pequeños negocios paralelos, utilizando la mano de obra barata y el conjunto de conocimientos que proporcionaba el campo de tal forma que les interesaba no hacer trabajar a los prisioneros hasta matarlos. Pero los SS que supervisaban la construcción eran auténticos hijos de puta. En su mayoría campesinos bávaros, anteriormente en el paro, el suyo era un tipo de sadismo menos refinado que el practicado por sus homólogos urbanos de Columbia. Pero era igual de efectivo. La mía era una tarea fácil: como jefe de cuadrilla, no tenía que cargar los bloques de piedra yo mismo, pero para los judíos que trabajaban en mi kommando era un trabajo agotador de principio a fin. Los SS estaban siempre fijando deliberadamente unos programas muy apretados para completar unos cimientos o un muro, y no cumplir el plazo significaba quedarse sin comida y agua. A los que caían víctimas del agotamiento se les mataba de un tiro en el mismo lugar en que caían.

Al principio, echaba una mano yo mismo, y los guardias lo encontraban muy divertido; y no era que el trabajo se aligerara como resultado de mi participación. Uno de ellos me dijo:

– Pero ¿tú qué eres, un amante de los judíos o qué? No lo entiendo. No tienes por qué ayudarlos, así que ¿por quete molestas?

Durante un momento me quedé sin respuesta. Luego dije:

– No lo entiendes. Eso por lo que tengo que molestarme.

Pareció bastante desconcertado y luego frunció el ceño. Por un momento pensé que iba a ofenderse, pero en lugar de eso se echó a reír y dijo:

– Como quieras, será tu propia mierda de funeral.

Después de un tiempo comprendí que tenía razón. El duro trabajo me estaba matando, al igual que estaba matando a los judíos de mi kommando. Así que dejé de hacerlo. Sintiéndome avergonzado, ayudé a un preso que había sufrido un colapso, escondiéndolo debajo de un par de carretillas vacías hasta que se recuperara lo suficiente para seguir trabajando. Y seguí haciéndolo, aunque sabía que me arriesgaba a que me azotaran. Había informadores por todas partes en Dachau. Los presos me lo advirtieron, lo cual me pareció irónico, ya que yo estaba a punto de convertirme en uno de esos informadores.

No me pillaron en el acto de esconder a un judío que se hubiera desmayado, pero empezaron a interrogarme sobre ello, así que di por supuesto que alguien me había señalado con el dedo, tal como me habían advertido. Me sentenciaron a recibir veinticinco latigazos.

No temía tanto el dolor como el hecho de que me enviaran al hospital del campo después del castigo. Dado que la mayoría de los pacientes sufrían de disentería y tifus, era un lugar que había que evitar a toda costa. Ni siquiera los SS se acercaban por allí. Sería fácil, pensé, pillar algo y caer enfermo. Entonces quizá nunca pudiera encontrar a Mutschmann.

La formación raramente duraba más de una hora, pero la mañana de mi castigo parecieron tres.

Me ataron al armazón y me bajaron los pantalones. Traté de cagarme, pero el dolor era tal que no podía concentrarme lo suficiente. Y no sólo eso, además no había nada que cagar. Cuando hube recibido mis azotes me desataron y durante un momento permanecí de pie, al lado libre del poste, antes de desmayarme.

Durante largo tiempo miré fijamente al hombre cuya mano colgaba de la litera por encima de la mía. Nunca se movía, ni siquiera un temblor de los dedos, y me pregunté si estaría muerto. Sintiendo un impulso inexplicable de levantarme y mirarle, me alcé sobre el estómago y solté un alarido de dolor. Mi grito hizo acudir a un hombre al lado de mi litera.

– Cristo -dije entrecortadamente, sintiendo cómo me brotaba el sudor de la frente-. Duele más ahora que ahí fuera.

– Me temo que es culpa de la medicina.

El hombre tenía unos cuarenta años, dientes de conejo y un pelo que parecía que lo hubiera cogido prestado de un colchón viejo. Estaba horriblemente consumido, con esa clase de cuerpo cuyo lugar adecuado debería ser un frasco de formaldehído, y llevaba una estrella amarilla cosida en la chaqueta de la prisión.

– ¿Medicina? -Mi voz tenía un tono de absoluta incredulidad.

– Sí -dijo el judío, arrastrando las palabras-. Cloruro sódico. -Y a continuación, con más ánimo, prosiguió-: Sal común para usted, amigo mío. He recubierto las heridas con sal.

– Por todos los santos. No soy una jodida tortilla.

– Quizá no -dijo-, pero yo soy un jodido médico. Ya sé que pica como un condón lleno de ortigas, pero es casi lo único que puedo recetarle para impedir que los verdugones se infecten.

Tenía una voz redonda y sonora, como la de un actor cómico.

– Usted tiene suerte. A usted pude cuidarlo. Quisiera poder hacer lo mismo por el resto de estos pobres desgraciados. Por desgracia, es poco lo que se puede hacer con un botiquín robado de la cocina.

Levanté la vista hacia la litera de encima y hacia la muñeca que colgaba del borde. En ninguna ocasión anterior había contemplado una deformidad humana con tanto placer. Era la muñeca derecha y tenía un ganglio. El doctor la subió, apartándola de mi vista, y poniéndose de pie en mi catre, echó una mirada a su dueño. Luego volvió a bajar y me miró el culo desnudo.

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