Philip Kerr - Violetas De Marzo

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La primera vez que conocemos al ex policía Bernie Gunther la acción se sitúa en 1936, en Violetas de Marzo (un eufemismo que usaron los primeros nazis para describir los últimos conversos), cuando los Juegos Olímpicos están a punto de empezar.
Algunos de los amigos judíos de Bernie se van dando cuenta de que tendrían que haber huido cuando aún podían hacerlo, y Gunther recibe el encargo de investigar dos muertes que afectan a los máximos cargos del partido nazi. El antiguo policía Bernie Gunther creía que ya lo había visto todo en las calles de Berlín de los años treinta. Pero cuando dejó el cuerpo para convertirse en detective privado, cada nuevo caso lo iba hundiendo un poco más en los horribles excesos de la subcultura nazi. Después de la guerra, en medio del esplendor imperial y decadente de Viena, Bernie incluso llega a poner al descubierto un legado que, en comparación, convierte las atrocidades cometidas enépoca de guerra en un juego de niños…

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– Saldrá de ésta -dijo.

Señalé con la cabeza hacia arriba.

– ¿Qué le pasa?

– ¿Por qué? ¿Le ha dado algún problema?

– No, sólo me lo preguntaba.

– Dígame, ¿ha tenido usted ictericia?

– Sí.

– Bien. No se preocupe, no se contagiará. No lo bese ni trate de follárselo. De cualquier modo, me encargaré de que lo trasladen de litera, por si se le mea encima. La transmisión se produce a través de los productos de la excreción.

– ¿La transmisión? -dije-. ¿De qué?

– Hepatitis. Haré que le pongan a usted en la litera de arriba y a él en la de abajo. Puede darle un poco de agua si tiene sed.

– Claro -dije-. ¿Cómo se llama?

El doctor suspiró, cansado.

– En realidad no tengo ni la más remota idea.

Más tarde, cuando con un considerable grado de incomodidad los ayudantes del médico me hubieron trasladado a la litera superior y a su anterior ocupante a la inferior, miré por encima del borde del camastro al hombre que representaba mi única posibilidad de salir de Dachau. No era una visión alentadora. Con mis recuerdos de la fotografía del despacho de Heydrich, habría sido imposible identificar a Mutschmann salvo por el ganglio, tan amarilla era su palidez y tan consumido su cuerpo. Estaba allí echado, temblando bajo la manta, y gimiendo de dolor cuando un calambre le recorría las entrañas. Lo observé durante un rato, y con gran alivio por mi parte, recobró el conocimiento, pero sólo lo suficiente como para tratar, sin éxito, de vomitar. Luego se desvaneció de nuevo. Estaba claro para mí que Mutschmann se estaba muriendo.

Aparte del médico, que se llamaba Mendelssohn, y de tres o cuatro ayudantes, que padecían también algún tipo de dolencia, había unos sesenta hombres y mujeres en el hospital del campo. Para lo que eran los hospitales, aquel era poco más que un osario. Supe que había sólo dos clases de pacientes: los enfermos, que morían siempre, y los heridos, que a veces también enfermaban.

Aquella tarde, antes de anochecer, Mendelssohn vino a inspeccionar mis heridas.

– Por la mañana le lavaré la espalda y le pondré más sal -dijo.

Luego miró con indiferencia a Mutschmann.

– ¿Y qué hay de él? -pregunté.

Era una pregunta estúpida, que sólo sirvió para despertar la curiosidad del judío. Se le entrecerraron los ojos al mirarme.

– Ya que lo pregunta, le he dicho que deje el alcohol, la comida picante y que descanse mucho -dijo secamente.

– Me parece que me hago una idea.

– No soy un hombre insensible, amigo mío, pero no hay nada que yo pueda hacer por él. Con una dieta alta en proteínas, vitaminas, glucosa y metionina quizá tendría alguna posibilidad.

– ¿Cuánto le queda?

– ¿Aún recupera el conocimiento de vez en cuando?

Asentí. Mendelssohn suspiró.

– Es difícil de decir. Pero cuando entre en coma, será cuestión de un par de días. Ni siquiera tengo algo de morfina para darle. En esta clínica la muerte es la cura habitual a disposición de los pacientes.

– Lo tendré presente.

– No caiga enfermo, amigo mío. Aquí hay tifus. En cuanto note que tiene fiebre, tómese dos cucharadas de su propia orina. Parece que funciona.

– Si encuentro una cuchara limpia, eso es lo que haré. Gracias por el consejo.

– Bueno, aquí tiene otro, ya que está de tan buen humor. La única razón de que el Comité del Campo se reúna aquí es porque saben que los guardias no se acercarán a menos que no tengan más remedio que hacerlo. En contra de lo que pueda parecer, los SS no son estúpidos. Sólo un loco se quedaría aquí más tiempo del necesario. Tan pronto como pueda marcharse sin un dolor excesivo, mi consejo es que salga de aquí.

– ¿Y qué es lo que le hace quedarse a usted? ¿El juramento hipocrático?

Mendelssohn se encogió de hombros.

– Nunca he oído hablar de eso -dijo.

Me dormí durante un rato. Tenía intención de permanecer despierto y vigilar a Mutschmann por si volvía en sí. Supongo que tenía la esperanza de que se produjera una de esas escenas conmovedoras que se ven en las películas, cuando el moribundo siente el impulso de descargar su conciencia en el hombre que permanece a su cabecera.

Cuando me desperté estaba oscuro, y por encima de los ruidos que hacían los demás internos del hospital, tosiendo y roncando, oí el inconfundible sonido, procedente de la litera de abajo, de Mutschmann queriendo devolver. Me incliné por encima de la litera y lo vi a la luz de la luna, apoyado sobre un codo y apretándose el estómago.

– ¿Estás bien? -pregunté.

– Claro -dijo resollando-. Como una mierda de tortuga de las Galápagos, voy a vivir para siempre.

Gimió de nuevo, y con dificultad, con los dientes apretados, dijo:

– Son estos malditos calambres de estómago.

– ¿Quieres un poco de agua?

– Agua, sí. Tengo la lengua más seca que…

Le acometió otra crisis de arcadas. Me bajé vacilante y fui a buscar el cazo que había en un cubo cerca de la cama. Mutschmann, con los dientes castañeteando nerviosamente como una tecla de telégrafos, bebió el agua ruidosamente. Cuando acabó, suspiró y se tumbó de nuevo.

– Gracias, amigo -dijo.

– De nada -dije-. Tú harías lo mismo por mí.

Le oí toser al mismo tiempo que parecía querer reírse.

– Y una mierda lo haría -dijo ásperamente-. Tendría miedo de pescar algo, cualquier cosa que yo tenga. Supongoque no lo sabes, ¿verdad?

Lo pensé un momento. Y luego se lo dije.

– Tienes hepatitis.

Se quedó callado un par de minutos y me sentí avergonzado. Tendría que haberle ahorrado esa agonía.

– Gracias por ser sincero conmigo -dijo-. ¿Y a ti qué te pasa?

– Hindenburg Alms.

– ¿Por qué?

– Ayudé a un judío en mi kommando de trabajo.

– Eso fue algo estúpido -dijo-. De cualquier modo, están todos muertos. Arriésgate por alguien que tenga alguna posibilidad, pero no por un judío. Hace tiempo que les abandonó la suerte.

– Bueno, no puede decirse que a ti te haya hecho ganar exactamente la lotería.

Se rió.

– Eso es verdad -dijo-. Nunca calculé que caería enfermo. Pensé que iba a salir de este agujero de mierda. Tenía un buen trabajo en el taller del zapatero.

– Son unas malas vacaciones -admití.

– Me estoy muriendo, ¿verdad?

– Eso no es lo que el doctor dice.

– No es necesario que me vengas con historias. Puedo verlo venir. Pero gracias de todos modos. Cristo, lo que daría por un pitillo.

– Yo también.

– Incluso uno liado a mano serviría.

Hizo una pausa y luego añadió:

– Tengo que decirte algo.

Traté de disimular el apremio que llenaba mi voz.

– ¿Sí? ¿Qué es?

– No folles con ninguna de las mujeres de este campo. Estoy seguro de que así es como me puse enfermo.

– No lo haré. Gracias por decírmelo.

Al día siguiente vendí mi ración de comida por unos cigarrillos y esperé a que Mutschmann saliera de su delirio. Duró la mayor parte del día. Cuando finalmente recobró el conocimiento, me habló como si nuestra anterior conversación hubiera sido unos minutos antes.

– ¿Cómo va? ¿Qué tal los azotes?

– Duelen -dije bajándome de la litera.

– Apuesto a que sí. A ese cabrón de sargento le gusta cargar la jodida mano con el látigo.

Inclinó la consumida cara hacia mí y dijo:

– ¿Sabes?, me parece que te he visto en algún sitio.

– Bueno, veamos -dije-. ¿En el club de tenis Rot Weiss? ¿En el Herrenklub? ¿Quizá en el Excelsior?

– Te estás quedando conmigo.

Encendí uno de los cigarrillos y se lo puse entre los labios.

– Apuesto a que fue en la ópera, yo soy un gran aficionado, ¿sabes? O puede que fuera en la boda de Goering.

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