Era un despacho enorme y lujoso con un techo alto y varios muebles de piel caros, y comprendí que no iba a escuchar la charla de rutina de la Gestapo, la que sigue esa clase de guión que exige la doble ayuda de la cachiporra y las nudilleras de metal. Por lo menos, todavía no. No se arriesgarían a que se vertiera nada sobre la alfombra. En el extremo más alejado del despacho, había una puertaventana, una librería y un escritorio, detrás del cual, sentados en cómodos sillones, había dos oficiales de las SS. Eran altos, esbeltos y bien vestidos, con sonrisas altaneras, el pelo del color del queso de Tilsiter y unas nueces de Adán bien educadas. El más alto de los dos habló primero para ordenar a los guardias y a su asistente que salieran de la sala.
– Herr Gunther, por favor, siéntese.
Señaló una silla que había frente al escritorio. Miré hacia atrás cuando se cerró la puerta y luego avancé arrastrando los pies, con las manos en los bolsillos. Como me habían quitado los cordones de los zapatos y los tirantes al arrestarme, ésa era la única manera que tenía de impedir que se me cayeran los pantalones.
Nunca había conocido a oficiales de las SS de alto rango, o sea que no estaba seguro del grado de los dos que tenía delante; pero supuse que uno era probablemente coronel y el otro, el que seguía hablando, posiblemente general. Ninguno de los dos parecía tener más de treinta y cinco años.
– ¿Un cigarrillo? -dijo el general. Me ofreció una caja y luego me lanzó unos fósforos. Encendí el cigarrillo y lofumé agradecido.
– Por favor, sírvase usted mismo si quiere otro.
– Gracias.
– Tal vez querría beber algo.
– No rechazaría un poco de champán.
Los dos sonrieron de forma simultánea. El segundo oficial, el coronel, sacó una botella de schnapps y llenó un vaso.
– Me temo que no podemos permitirnos algo tan exquisito aquí -dijo.
– Pues, entonces, lo que tengan.
El coronel se levantó y me trajo la bebida. No perdí el tiempo. Me la metí en la boca de golpe, me limpié los dientes con ella y me la tragué con cada uno de los músculos del cuello y la garganta. Sentí que el schnapps me bajaba directamente hasta los callos.
– Será mejor que le dé otra -dijo el general-. Parece que tiene los nervios poco firmes.
Tendí el vaso para que lo volvieran a llenar.
– Mis nervios están perfectamente -dije, acunando el vaso-, es sólo que me gusta beber.
– Parte de la imagen, ¿eh?
– ¿De qué imagen?
– La de detective privado, por supuesto. Ese pobre hombrecillo en un despacho con apenas muebles, que bebe como un suicida que ha perdido el valor, y que viene en ayuda de la bella pero misteriosa mujer de negro.
– Alguien de las SS, quizá -sugerí.
Sonrió.
– Puede que no lo crea -dijo-, pero siento pasión por las historias de detectives. Debe de ser interesante.
Su cara tenía una configuración poco frecuente. Su rasgo principal era la sobresaliente nariz, parecida al pico de un halcón, que tenía el efecto de hacer que la barbilla pareciera débil. Por encima de la delgada nariz estaban los ojos, azules y vidriosos, un poco juntos, y ligeramente rasgados, que le daban un aire cínico, como cansado del mundo.
– Estoy seguro de que los cuentos de hadas son mucho más interesantes.
– Pero no en su caso, ciertamente. En particular, no en el caso en el que ha estado trabajando para la compañía de seguros Germania.
– Cuyo nombre podemos ahora sustituir por el de Hermann Six.
Del mismo tipo que su superior, era más guapo, pero parecía menos inteligente. El general echó una mirada a una carpeta que tenía abierta encima de la mesa frente a él, aunque sólo fuera para mostrar que sabían todo lo que había que saber de mí y de mi negocio.
– Exactamente -murmuró.
Después de unos momentos volvió a mirarme y dijo:
– ¿Por qué dejó usted la Kripo?
– Por la cera.
Me miró sin entender.
– ¿La cera?
– Sí, ya sabe, guita, pasta…, dinero. Hablando de dinero, tenía cuarenta mil marcos en los bolsillos cuando llegué a este hotel. Me gustaría saber qué ha pasado con ellos. Y con una chica que trabajaba conmigo. Se llama Inge Lorenz. Ha desaparecido.
El general miró a su oficial adjunto, el cual sacudió la cabeza.
– Me temo que no sabemos nada de ninguna chica, Herr Gunther -dijo el coronel-. La gente siempre está desapareciendo en Berlín. Usted, precisamente, debería saberlo. Y en cuanto al dinero, está seguro en nuestras manos, de momento.
– Gracias, no querría sonar desagradecido, pero preferiría guardarlo en un calcetín debajo del colchón.
El general unió sus largas y finas manos de violinista como si estuviera a punto de dirigir nuestras plegarias y presionó sus labios con las puntas de los dedos, meditativo.
– Dígame, ¿ha pensado alguna vez en unirse a la Gestapo? -preguntó.
Calculé que me había llegado el turno de sonreír.
– ¿Sabe?, este que llevo no era un mal traje antes de verme obligado a dormir con él puesto durante una semana. Quizá huela un poco, pero no llego a apestar.
Soltó una especie de resoplido divertido.
– La habilidad para hablar con un aire tan duro como sus homólogos literarios es una cosa, Herr Gunther -dijo-. Ser igual que ellos es otra bastante diferente. Sus comentarios demuestran o bien una sorprendente incapacidad para valorar la gravedad de su situación, o verdadero valor. -Alzó las cejas, finas y de color de pan de oro, y empezó a juguetear con la insignia de jinete alemán que llevaba en el bolsillo izquierdo del pecho-. Por naturaleza soy un hombre cínico. Creo que todos los policías lo somos, ¿no le parece? Así que, normalmente, me inclinaría por la primera valoración de su bravata. No obstante, en este caso particular me conviene creer en su fuerza de carácter. Por favor, no me decepcione diciendo algo realmente estúpido. -Se detuvo durante un momento-. Voy a enviarlo a un campo de concentración.
La carne se me heló igual que si estuviera en el aparador de un carnicero. Acabé lo que me quedaba del schnapps y luego me oí decir:
– Escuche, si es por lo de la cuenta del lechero…
Ambos empezaron a sonreír ampliamente, disfrutando de mi evidente incomodidad.
– Dachau -dijo el coronel. Apagué el cigarrillo y encendí otro. Vieron cómo me temblaba la mano al levantar el fósforo.
– No se preocupe -dijo el general-. Estará trabajando para mí.
Dio la vuelta al escritorio y se sentó en el borde, frente a mí.
– ¿Y quién es usted?
– Soy el Obergruppenführer Heydrich. -Señaló con un gesto al coronel y cruzó los brazos-. Y éste es el Standartenführer Sohst, de la Fuerza Especial de Alarma.
– Encantado de conocerle -dije.
No lo estaba. La Fuerza Especial de Alarma eran los asesinos especiales de la Gestapo de los que me había hablado Marlene Sahm.
– Llevo tiempo observándolo -dijo-. Y después de aquel pequeño incidente desafortunado en la casa de la playa en Wannsee le he tenido bajo una vigilancia constante, con la esperanza de que pudiera conducirnos hasta ciertos papeles. Estoy seguro de que sabe de cuáles le hablo. En lugar de ello, nos dio lo segundo mejor que podía darnos: el hombre que planeó el robo. Durante los últimos días, mientras usted era nuestro huésped, hemos estado comprobando su historia. Fue el obrero de la autopista, Bock, quien nos dijo dónde buscar a ese Kurt Mutschmann, el ladrón de cajas fuertes que tiene ahora los papeles.
– ¿Bock? -Negué con la cabeza-. No lo creo. No era la clase de tipo que se convierte en informador de la policía contra un amigo.
– Es completamente verdad, se lo aseguro. Oh, no quiero decir que nos dijera exactamente dónde encontrarlo, pero nos puso sobre la pista, antes de morir.
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