– Dios quiera que no sea demasiado tarde -gritó Six. Había recobrado casi todo su aplomo y miraba fija y resueltamente hacia delante, un hombre de acción, y sólo un ligero fruncimiento del ceño daba idea de su ansiedad-. Por lo general, soy un excelente juez del carácter de un hombre -dijo.
Y a modo de explicación añadió:
– Pero si le sirve de consuelo, Herr Gunther, creo que lo subestimé en mucho. No esperé que fuera tan obstinadamente inquisitivo. Con franqueza, pensé que haría precisamente lo que se le mandara. Pero no es usted el tipo de hombre a quien le gusta que le digan lo que tiene que hacer, ¿verdad?
– Cuando se agencia uno un gato para cazar los ratones que tiene en la cocina, no puede esperar que deje de lado las ratas que hay en el sótano.
– Supongo que no -dijo.
Continuamos hacia el este, río arriba, más allá de Tiergarten, la Isla Museo. Cuando giramos al sur hacia el parque Treptower y Köpenick, le pregunté qué agravio tenía su yerno contra él. Con gran sorpresa por mi parte no mostró renuencia alguna a contestar a mi pregunta, ni tampoco adoptó el aire de indignación, teñida de rosa, que había caracterizado todos sus anteriores comentarios sobre los miembros de su familia, vivos o muertos.
– Con lo familiarizado que está con mis asuntos personales, Herr Gunther, probablemente no necesitará que le recuerde que Ilse es mi segunda esposa. Me casé con la primera, Lisa, en 1910, y al año siguiente quedóembarazada. Por desgracia, las cosas no fueron bien y nuestro hijo nació muerto. Y no sólo eso, sino que no había posibilidad alguna de que tuviera otro. En el mismo hospital había una chica soltera que había dado a luz a una niña sana casi al mismo tiempo. No tenía medios para cuidarla, así que mi mujer y yo la convencimos de que nos dejara adoptarla como hija nuestra. Era Grete. Nunca le dijimos que era adoptada mientras vivió mi mujer. Pero cuando murió, Grete descubrió la verdad y se puso manos a la obra para descubrir la pista de su verdadera madre.
»Para entonces, claro, Grete estaba ya casada con Paul y lo adoraba. Por su parte, Paul nunca la había merecido. Sospecho que sentía más entusiasmo por acceder al nombre y dinero de mi familia que por mi hija. Pero ante los ojos de cualquiera debían de parecer una pareja perfectamente feliz.
»Bueno, todo eso cambió de la noche a la mañana cuando Grete encontró finalmente a su verdadera madre. La mujer era una gitana de Viena, que trabajaba en una cervecería de la Potsdamer Platz. Fue un choque para Grete y el fin del mundo para ese medio mierda de Paul. Algo llamado impureza racial, sea eso lo que sea, y los gitanos son sólo segundos, por poco, después de los judíos en cuanto a impopularidad. Paul me culpó por no haber informado antes a Grete. Pero cuando yo la vi por primera vez no vi una niña gitana, sino un bebé hermoso y sano, y una madre joven que estaba tan deseosa como Lisa de que la adoptáramos y le diéramos lo mejor de la vida. No es que me hubiera importado si hubiera sido la hija de un rabino. También nos la habríamos quedado. Bueno, se acordará de cómo eran las cosas entonces, Herr Gunther. La gente no hacía distinciones como hace ahora. Éramos todos simplemente alemanes. Por supuesto, Paul no lo veía de ese modo. En lo único en que podía pensar era en la amenaza que Grete representaba para su carrera en las SS y el partido.
Se rió con amargura.
Llegamos a Grünau, hogar del Club de Regatas de Berlín. En un gran lago situado al otro lado de algunos árboles, se había señalado un recorrido de remo olímpico de dos mil metros. Por encima del ruido del motor de la lancha se podía oír el sonido de una banda de música y un sistema de altavoces que describía los acontecimientos dela tarde.
– No hubo manera de razonar con él. Naturalmente, perdí la paciencia y los llamé a él y a su querido Führer toda clase de nombres. Después de eso, fuimos enemigos. No había nada que yo pudiera hacer por Grete. Vi cómo el odio que él sentía partía el corazón de mi hija. La insté a dejarlo, pero no quiso. Se negaba a creer que él no volvería a amarla. Así que se quedó con él.
– Pero, entretanto, él se había propuesto destruirle a usted, su propio suegro.
– Exacto -dijo Six-. Mientras, seguía allí, en la cómoda casa que mi dinero les había proporcionado. Si Grete lo mató como usted dice, la verdad es que se lo tenía bien merecido. Si no lo hubiera hecho, quizá me habría sentido tentado a hacerlo yo mismo.
– ¿Cómo iba a acabar con usted? -pregunté-. ¿Qué tipo de pruebas tenía que eran tan comprometedoras?
La lancha alcanzó la confluencia de Langer See y Seddinsee. Six aminoró la velocidad y llevó el bote hacia el sur en dirección a la accidentada península de Schmöckwitz.
– Está claro que su curiosidad no conoce límites, Herr Gunther. Pero siento decepcionarle. Le agradezco su ayuda, pero no veo razón alguna para contestar a todas sus preguntas.
Me encogí de hombros.
– Supongo que ya no importa mucho -dije.
La Grosse Zug era una posada situada en una de las dos islas, entre los pantanos de Köpenick y Schmöckwitz. De menos de un par de cientos de metros de longitud y no más de cincuenta de anchura, la isla estaba absolutamente cubierta de altos pinos. Cerca del borde del agua había más letreros que ponían «Privado» y «Prohibido entrar» que en la puerta del camerino de una profesional de la danza de los abanicos.
– ¿Qué es este sitio?
– Son los cuarteles de verano de la red de Fuerza Alemana. Los utilizan para sus reuniones más secretas. Es fácil ver por qué. Está muy apartado.
Empezó a llevar el bote alrededor de la isla, buscando algún sitio para atracar. En el lado opuesto, encontramos un pequeño embarcadero, en el cual había varios botes amarrados. Más arriba, en una pendiente herbosa había un núcleo de cobertizos para botes cuidadosamente pintados y, más allá, la propia posada Grosse Zug. Recogí un cabo de cuerda y salté de la lancha al muelle. Six desconectó el motor.
– Será mejor que tengamos cuidado al acercarnos -dijo, uniéndose a mí en el muelle y amarrando la proa delbote-. Algunos de estos tipos tienen inclinación a disparar primero y hacer las preguntas después.
– Sé exactamente cómo se sienten -dije.
Salimos del muelle y subimos por la pendiente hacia los cobertizos. Con excepción de los demás botes no había nada que indicara que había alguien en el islote. Pero al acercarnos, aparecieron dos hombres armados de detrás de una barca vuelta del revés. La expresión de sus caras era lo bastante tranquila como para no alterarse si se les decía que podían contagiarse con la peste bubónica. Es ese tipo de confianza que sólo te da una escopeta de cañones recortados.
– Ya han llegado bastante lejos -dijo el más alto de los dos-. Esto es una propiedad privada. ¿Quiénes son y qué están haciendo aquí?
No levantó el arma del antebrazo, donde la llevaba como si fuera un bebé dormido, pero también es verdad que no tenía que levantarla mucho para disparar. Six dio las explicaciones.
– Es extremadamente importante que vea a Rot. -Iba golpeándose con el puño en la palma de la mano mientras hablaba. Hacía que pareciera bastante melodramático, pensé-. Me llamo Hermann Six. Puedo asegurarles, señores, que querrá verme. Pero, por favor, dense prisa.
Permanecieron allí, moviendo los pies, vacilantes.
– El jefe siempre nos dice cuándo espera a alguien. Y no nos ha dicho nada de ustedes dos.
– A pesar de ello, puede estar seguro de que se armará la de Dios es Cristo si descubre que nos han obligado a marcharnos.
El de la escopeta miró a su compañero, que asintió y se dirigió hacia la posada. Luego dijo:
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