Benjamin Black - El lémur

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John Glass ha abandonado su carrera como periodista para escribir una biografía autorizada de su suegro, el magnate de la comunicación y antiguo agente de la CIA, Gran Bill Mulholland. Trabaja en un gran despacho en Manhattan y vuelve a casa (la mayoría de las noches) a los brazos de su rica y bella mujer…
Cuando decide contratar los servicios de un joven e insolente investigador, de asombroso parecido con un lémur, los turbios secretos de su familia política y, quizá, los suyos propios, amenazan con salir a la luz. Toda la cómoda existencia de Glass se tambalea, y acaba de derrumbarse con la muerte del Lémur: ¿quién lo mató?, ¿por qué?, ¿qué sabe?, ¿qué peligros acechan?

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– Esto no te será fácil -dijo al joven que permanecía arrellanado en el sillón en forma de concha.

– ¿Cómo así?

– No quiero que el señor Mulholland llegue a tener conocimiento de tu existencia y sepa lo que estás haciendo. ¿Lo has entendido?

Se dio la vuelta con demasiada rapidez, con lo cual tuvo un ligero mareo, y miró a Dylan Riley con gesto que, confió, transmitiera dureza. Pero Riley se encontraba de nuevo mirando al techo a la vez que se mordía la uña del meñique, y quizás ni siquiera le hubiera escuchado.

– En eso consiste mi trabajo -dijo Riley-; se trata de ser discreto. De todos modos, te quedarías pasmado si supieras qué cantidad de información existe ya archivada. Cuántos detalles, como dices tú. Sólo hace falta saber dónde buscarlos.

Glass tuvo de pronto unas intensas ganas de librarse de aquel tipo.

– ¿Quieres que se te prepare un contrato tipo? -le preguntó con brusquedad.

– ¿Un contrato? Yo no firmo contratos -Riley sonrió tímidamente-. Me fío de ti.

– Vaya, no me digas. Nunca hubiera dicho que te fiaras de nadie, sobre todo teniendo en cuenta la naturaleza de tu trabajo.

Riley se levantó del sillón y se acomodó la entrepierna de los vaqueros caídos, recogiéndoselos con ambas manos. La verdad es que era una persona nada apetecible.

– ¿La naturaleza de mi trabajo? -dijo-. Soy un investigador, eso es todo.

– Sí, pero también sabes dónde encontrar las cosas, y seguro que algunas veces las cosas que encuentres no serán del gusto de quien te haya contratado, por escrito o no, y para qué hablar de las personas a las que pretenden que investigues.

Riley le dedicó una mirada larga y penetrante, ladeando un tanto la cabeza y entornando los ojos.

– Acabas de decir que el Gran Bill no guarda secretos ni culpas.

– He dicho que no cuento con que los tenga.

– Pues mucho me temo que voy a tener que decirte, con todas las letras si hace falta, que todo el mundo guarda sus secretos, y sobre todo guarda sus culpas.

Glass se volvió hacia la puerta, llevándose consigo al joven.

– Quiero que te pongas a trabajar de inmediato -dijo de manera concluyente-. ¿Cuándo puedo contar con recibir alguna noticia tuya?

– Tengo que ponerme a pensar en ello, tengo que organizarme bien, ver qué prioridades tenemos. Ya hablaremos a su debido tiempo.

Glass ya tenía la puerta abierta. El aire estancado del pasillo olía ligeramente a goma quemada.

– También tengo que ponerme a pensar en ti… un poco más a fondo -dijo Riley con una carcajada repentina y amarga-. Hace tiempo me gustaba leer tus cosas, ¿sabes? Lo que publicabas en el Guardian, en Rolling Stone, en la New York Review. Y ahora resulta que te has puesto a escribir la vida del Gran Bill Mulholland -infló los carrillos y expulsó el aire con un ruidito explosivo-. Caramba, qué cosas hay que ver -dijo, y se dio la vuelta.

Glass cerró la puerta y se dirigió a su mesa. Cuando la alcanzó, como si obedeciese a una señal, sonó el teléfono.

– Llamo de Seguridad, señor Glass. Ha llegado su señora.

Durante un instante Glass no dijo nada. Tocó el sillón que había ocupado Dylan Riley, y que volvió a emitir su nimia, inapreciable protesta: iik, iik. El joven había dejado un olor muy nítido en el aire, un rastro grisáceo, fétido.

¡Un lémur! Ése era el animal al que le había recordado Dylan Riley. Claro que sí. Un lémur.

– Dígale que suba -dijo John Glass.

2. Louise

Louise Glass tenía cuarenta y ocho años, pero aparentaba treinta. Era alta y delgada, y pelirroja, aunque de un tiempo a esta parte el tinte rojizo y el brillo de su melena eran producto de la cosmética. Tenía la piel pálida, punto menos que traslúcida, y las facciones marcadas de su rostro resultaban deliciosas desde ciertos ángulos, aunque desde otros producían una áspera fascinación. Glass volvió a reconocer para sus adentros, por enésima vez, que era una mujer espléndida, y él ya no la amaba. Era extraño. Un buen día, más o menos a la vez que renunció a su profesión de periodista, todo cuanto había sentido por ella, toda la pasión desvalida, a medias atormentada, descendió al grado cero. Era como si la mujer de carne y hueso, igual que una princesa hechizada en un cuento de hadas, se hubiese vuelto de piedra cada vez que la estrechaba entre sus brazos. Allí seguía, donde siempre había estado: una belleza matizada, esbelta, broncínea, ante la mera visión de la cual en otros tiempos algo clamaba en su interior pidiendo clemencia, una suerte de angustia feliz, cuya presencia ahora sólo despertaba en él una melancolía tenue y desdibujada.

Llevaba un traje verde oscuro y un sombrero de Philip Treacy, un minúsculo rectángulo de terciopelo negro, rematado con unas hilachas de algo que podría ser algodón de azúcar.

– ¿Qué te pasa? -le dijo ella-. Tienes una pinta horrible.

– Es por este lugar.

Ella miró en derredor con el ceño fruncido. Fue quien sugirió que tomara prestado el despacho, pues su padre era el dueño del edificio.

– ¿Y qué le pasa a este lugar?

No quiso él reconocer que le producía miedo estar a casi cuarenta pisos por encima de la calle.

– Es demasiado impersonal. No sé si podré escribir aquí.

– Podrías trabajar en el apartamento.

– Ya sabes que en casa no soy capaz de escribir.

Ella posó en él sus ojos verdigrises.

– ¿Es por la casa? -el silencio que siguió a su pregunta fue un abismo al que ambos se asomaron un momento antes de dar un rápido paso atrás-. También podrías marcharte a Silver Barn -Silver Barn era la casa que tenían, o que más bien poseía ella, en Long Island-. El estudio está preparado. Aquello es tranquilo, no te molestaría nadie -él torció el gesto-. En fin -añadió tensando los labios-; si no puedes trabajar aquí, al menos podrás llevarme a comer a algún sitio.

Echaron a caminar por la Calle 44 y Glass por fin pudo encender un cigarro. Llovía de un modo distraído, como si la lluvia fuese un ectoplasma. Lo malo de fumar era que el deseo de fumar resultaba mucho mayor que la satisfacción que se obtenía con el acto de fumar en sí. A veces, cuando tenía un cigarro encendido, se olvidaba, y buscaba el paquete para encender otro. Tal vez fuera eso lo que debería hacer, fumar seis cigarros al tiempo, sujetando uno en cada uno de los huecos de los dedos, en ambas manos, y conseguir un efecto análogo al de una ametralladora Gatling.

Mario's estaba repleto, como era habitual últimamente. Los manteles, de cuadros rojos y blancos, y las sillas temblequeantes, de madera alabeada, eran toda una proclama de sencillez rústica, reñida por completo con los asombrosos precios que figuraban en la carta. Los Glass habían acudido al restaurante desde que se abrió, mucho antes de que se mudaran a vivir a Nueva York, cuando era Mario en persona quien estaba aún al frente del local, que era de veras sencillo en todos los sentidos. Entre ellos lo llamaban afectuosamente «el Caballo Sangrante», por razones que ya ninguno de los dos recordaba. Louise entregó el paraguas empapado a un camarero y les hicieron pasar a su mesa de costumbre, junto a la cristalera que daba a la calle, puesta sin embargo, según reparó Glass nada más verla, para tres comensales. Les llevaron de inmediato sendas copas aflautadas, llenas de Prosecco hasta el borde.

– Ojalá tuviese yo el valor -murmuró Louise- de decirles que este vino me parece una vulgaridad.

Glass no dijo nada. Le gustaba el Prosecco. También le agradaba el detalle, que las copas llegasen a la mesa sin haber tenido que pedirlas, y que se las sirviesen con un gesto teatral. Le parecía sentir en todo ello una mano puramente neoyorquina a la vez que antañona; casi alcanzaba a ver el pie de foto que llevaría la imagen: «Glass en el Caballo Sangrante, uno de sus locales predilectos a la hora del almuerzo en Manhattan». A menudo pensaba en su propia vida y la veía en términos periodísticos, en titulares y pies de foto; era un hábito muy enraizado. Se preguntó si a Louise también le parecería vulgar, como el vino.

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