Donna Leon - Aqua alta

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Los venecianos conocen bien el concepto de «acqua alta». Con él señalan la crecida periódica de la marea que inunda las calles para deleite de turistas y pesadilla de vecinos. Entre esas aguas se mueve el comisario Brunetti, tratando de resolver crímenes como el del doctor Semenzato, director del museo del Palacio Ducal, que aparece en su despacho con la cabeza aplastada por un llamativo resto arqueológico.
Tan brillante, culto y melancólico como su ciudad, Brunetti tiene que investigar en esta ocasión las redes de contrabando que intervienen en el tráfico internacional de arte, una actividad en la que la codicia puede llegar a tener escalofriantes consecuencias.

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– ¿La Capra? -preguntó él.

– Sí. Es el informe de por qué usted y el sargento Vianello entraron en el palazzo aquella noche.

– Ah, sí -murmuró él mientras leía rápidamente el documento de dos páginas escrito en respuesta a la queja presentada por los abogados de La Capra de que la entrada de Brunetti en su casa dos meses antes había sido ilegal. El escrito, dirigido al praetore , explicaba que, en el curso de su investigación, el comisario había empezado a sospechar que La Capra estaba implicado en el asesinato de Semenzato, basándose en el hecho de que en el despacho de Semenzato se habían hallado las huellas dactilares de Salvatore La Capra. Con esta premisa y acuciado por la desaparición de la dottoressa Lynch, había ido al palazzo de La Capra acompañado por el sargento Vianello y la signora Petrelli. Al llegar, encontraron abierta la puerta del patio (tal como se mencionaba en las declaraciones firmadas por el sargento Vianello y la signora Petrelli) y, al oír lo que les parecieron gritos de mujer, entraron.

El informe incluía una descripción de los hechos que se habían producido después de su llegada (confirmada también por las declaraciones del sargento Vianello y la signora Petrelli), información que ofrecía al praetore para disipar cualquier duda que pudiera tener acerca de la legalidad de su entrada en la propiedad del signor La Capra, por cuanto que es derecho, más aún, incluso deber de un ciudadano particular acudir a una llamada de socorro, especialmente, si el acceso es fácil y legal. Seguía una respetuosa despedida. Brunetti tomó la pluma que le ofrecía la signorina Elettra y firmó la carta.

– Gracias, signorina , ¿alguna otra cosa?

– Sí, dottore . Ha llamado la signora Petrelli para confirmar su cita.

Más favores de la primavera.

– Gracias, signorina -dijo él tomando las carpetas y devolviéndole la carta. Ella le sonrió y salió del despacho.

La primera carpeta era de la oficina de Carrara en Roma y contenía la lista completa de los objetos de la colección de La Capra que la brigada antifraude de arte había conseguido identificar. La lista de procedencias parecía una guía para turistas -o policías- interesados en yacimientos saqueados de la Antigüedad: Herculano, Volterra, Paesto, Corinto… El Cercano y el Lejano Oriente estaban bien representados: Xian, Angkor Wat, el museo de Kuwait. Algunas de las piezas parecían haber sido adquiridas legalmente, pero eran las menos. Varias eran imitaciones. De calidad, pero imitaciones. Los documentos intervenidos en la casa de La Capra demostraban que muchos de los objetos ilegales habían sido adquiridos a Murino, cuya tienda había sido clausurada, a fin de que la brigada antifraude de arte pudiera hacer el inventario completo de las existencias de la propia tienda y del almacén de Mestre. Murino negó tener conocimiento de las compras ilegales e insistió en que aquellas piezas debían de haber sido adquiridas por el dottor Semenzato, su antiguo socio. De no ser porque había sido arrestado cuando aceptaba la entrega de cuatro cajas de ceniceros de alabastro fabricados en Hong Kong con las cuatro estatuas camufladas entre ellos, quizá le hubieran creído. Pero ahora se hallaba bajo arresto, y su abogado estaba obligado a presentar las facturas y certificados de aduanas que implicaran a Semenzato.

La Capra se encontraba en Palermo, adonde había llevado el cuerpo de su hijo para ser enterrado, y parecía haber perdido todo interés por su colección. Había hecho caso omiso de las peticiones de nuevos documentos acreditativos de compra o propiedad. Por consiguiente, la policía había confiscado todas las piezas que se sabía o suponía robadas y seguía indagando la procedencia de las pocas que aún no habían sido identificadas. Brunetti observó complacido que Carrara se había encargado de que las piezas sustraídas de la exposición china del palazzo Ducal no figuraran en el inventario de los objetos hallados en casa de La Capra. Sólo tres personas -Brunetti, Flavia y Brett- sabían dónde estaban.

La segunda carpeta contenía la abundante documentación del caso contra La Capra, su difunto hijo y los hombres que fueron arrestados con él. Los dos hombres que habían golpeado a la dottoressa Lynch estaban en el palazzo aquella noche y fueron arrestados con La Capra y otro hombre. Los dos primeros habían confesado la agresión, pero mantenían que habían ido para robar. Decían no saber nada del asesinato del dottor Semenzato.

La Capra, por su parte, insistía en que ignoraba que aquellos dos hombres, a los que identificó como su chófer y su guardaespaldas, trataran de robar en el apartamento de la dottoressa Lynch, una mujer cuyo talento profesional él tenía en la más alta consideración. Al principio, también había asegurado que ni había tenido tratos con el dottor Semenzato ni lo conocía siquiera. Pero ante la información que llegaba de todos los lugares en los que él y Semenzato se habían encontrado y las declaraciones firmadas por diversos marchantes y anticuarios que asociaban a ambos en multitud de transacciones, las aseveraciones de La Capra se retiraron como el acqua alta al cambiar la marea o la dirección del viento. Y el nuevo viento le trajo el recuerdo de que, en efecto, quizá había comprado una o dos piezas al dottor Semenzato.

Se le había ordenado regresar a Venecia, si no quería ser conducido por la policía, pero se había puesto en manos de un médico que lo había ingresado en una clínica privada, aquejado de «depresión nerviosa provocada por el sufrimiento personal». Allí seguía, física y legalmente intocable, en un país en el que sólo el vínculo entre padre e hijo permanece sagrado.

Brunetti apartó las carpetas a un lado y miró fijamente la mesa vacía, imaginando las fuerzas que ya habrían entrado en juego. La Capra era un hombre que no carecía de influencia. Y ahora su hijo, un joven de carácter violento, estaba muerto. ¿Acaso no habían recordado los dos gorilas, al día siguiente de hablar con su abogado, haber oído decir a Salvatore que el dottor Semenzato había tratado a su padre sin el respeto que se merecía? Se trataba de una estatua que él había comprado para su padre y que había resultado falsa… o un asunto parecido. Y, sí, creían recordar haberle oído decir que él haría que el dottore se arrepintiera de haber recomendado a su padre, o a él mismo, para su padre, la compra de objetos falsos.

Brunetti no dudaba de que, con el tiempo, los dos gorilas recordarían más y más cosas que atribuir al pobre Salvatore, obcecado por su empeño en defender el honor de su padre y el suyo propio. Y probablemente recordarían también las muchas ocasiones en las que el signor La Capra había tratado de convencer a su hijo de que el dottor Semenzato era un hombre íntegro, que siempre obraba de buena fe cuando garantizaba piezas que después eran vendidas por Murino, su socio. Tal vez los jueces, si el caso llegaba a los tribunales, tuvieran que escuchar un relato que hablaría del deseo de Salvatore de procurar a su padre tan sólo satisfacciones, como cumplía a un hijo tan amante como él. Y Salvatore, que no era un chico sofisticado, pero tenía un corazón de oro, habría tratado de obtener esos presentes para su amado padre de la única manera que se le había ocurrido, buscando el asesoramiento del dottor Semenzato. Y, dado su amor filial y el intenso deseo de complacer a su padre, no era difícil imaginar su furor al descubrir que el dottor Semenzato había intentado aprovecharse de su inocencia y de su generosidad, vendiéndole una copia en lugar del original. Sería, pues, una injusticia, ahondar en el dolor de un padre, un padre que tenía que sobrellevar a un tiempo el dolor por la pérdida de su adorado hijo único y por el descubrimiento de lo que aquel hijo había sido capaz de hacer tanto para dar una satisfacción a su padre como para defender el honor de la familia.

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