Donna Leon - Aqua alta

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Los venecianos conocen bien el concepto de «acqua alta». Con él señalan la crecida periódica de la marea que inunda las calles para deleite de turistas y pesadilla de vecinos. Entre esas aguas se mueve el comisario Brunetti, tratando de resolver crímenes como el del doctor Semenzato, director del museo del Palacio Ducal, que aparece en su despacho con la cabeza aplastada por un llamativo resto arqueológico.
Tan brillante, culto y melancólico como su ciudad, Brunetti tiene que investigar en esta ocasión las redes de contrabando que intervienen en el tráfico internacional de arte, una actividad en la que la codicia puede llegar a tener escalofriantes consecuencias.

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Así pues, no tendría más remedio que meterse en el agua e ir hasta allí para acabar de una vez. Armándose de valor, bajó el pie despacio hasta asentarlo firmemente en la resbaladiza superficie del primer peldaño y a continuación buscó el segundo. Juró violentamente al sentir que el agua le entraba por el borde de la bota. Durante un momento, pensó en arrancarse la maldita bota, para poder moverse con más soltura, pero al recordar los ojos rojos que había visto a ras de agua cambió de idea. Preparado para lo inevitable, bajó el otro pie y sintió cómo se le inundaba el zapato. Deslizó el pie derecho hacia adelante, sabiendo que no había más que tres peldaños, pero resistiéndose a creerlo hasta que el pie se lo confirmara. Luego enfocó con la linterna la figura encogida en el nicho y fue hacia ella con el agua hasta medio muslo.

Mientras avanzaba, hacía planes, decidido a extraer del acto todo el placer posible. Como no había donde dejar la linterna, tendría que metérsela en el bolsillo, con la bombilla para arriba, y esperaba que la luz le permitiera ver la cara de la mujer mientras la mataba. No parecía que le quedaban muchas fuerzas para luchar, pero en el pasado se había llevado más de una sorpresa, y confiaba en que también esta vez así fuera. Mucho forcejeo, no, desde luego, y menos, con toda esta agua, pero le parecía que él se merecía por lo menos una resistencia testimonial, especialmente, teniendo que renunciar a placeres que en otras circunstancias hubiera podido extraer de ella.

Al oírle llegar, ella levantó la cabeza y lo miró con ojos muy abiertos, deslumbrados por la luz de la linterna.

Ciao , bellezza -susurró él, y se rió como su padre.

Ella cerró los ojos y volvió a apoyar la cabeza en las rodillas. Él, con la mano derecha, puso la linterna en el bolsillo de la americana, inclinada hacia adelante, iluminando a la mujer. La veía sólo vagamente, pero confiaba en que la luz fuera suficiente.

Antes de empezar lo que había venido a hacer, no pudo resistir la tentación de darle un toque en un lado de la mandíbula, con la delicadeza del que golpea una copa de cristal para oírla sonar. Volvió la cabeza, para recolocar la linterna que había resbalado hacia la parte posterior del bolsillo. Como no miraba a la víctima sino la linterna, no la vio levantar el brazo por encima de su cabeza. Ni vio la fíbula que asomaba de su puño. Sólo advirtió su presencia al sentir su punta roma en la garganta, justo debajo de la mandíbula y recibir el impacto del golpe que lo lanzó hacia atrás. Se tambaleó hacia la derecha y miró a la mujer, a tiempo de ver brotar un grueso chorro de sangre. Al darse cuenta de que la sangre era suya, gritó, pero ya era tarde. La luz se apagó cuando él se hundió en el agua.

27

El ruido de la llave al girar en la cerradura hizo que tanto Brunetti como La Capra miraran hacia la puerta, que al abrirse reveló la figura de Vianello que chorreaba.

– ¿Quién es usted? -preguntó La Capra-. ¿Qué hace aquí?

Vianello, sin hacerle caso, dijo a Brunetti.

– Creo que debería venir conmigo, comisario.

Brunetti se puso en movimiento al instante y salió pasando por delante de Vianello sin decir palabra. Hasta que llegaron al extremo del corredor, antes de salir a la lluvia que no cesaba, no preguntó Brunetti:

– ¿Se trata de la americana?

– Sí, señor.

– ¿Está bien?

– Está con su amiga, comisario, pero no sé cómo está. Ha permanecido mucho tiempo en el agua. -Sin esperar a oír más, Brunetti empezó a bajar la escalera rápidamente.

Las encontró al pie de la escalera, muy juntas bajo el impermeable de Vianello. En aquel momento, desde la casa, alguien encendió las luces llenando el patio de una claridad cegadora que convirtió a las dos mujeres en una oscura Pietà alzada sobre el zócalo de la pared del patio.

Flavia estaba arrodillada en el agua, con un brazo alrededor de Brett, sujetándola contra la pared con el peso de su propio cuerpo. Brunetti se inclinó sobre las dos mujeres, sin atreverse a tocarlas y llamó a Flavia. Ella lo miró, y el terror que él vio en sus ojos le hizo volverse hacia su compañera. Brett tenía sangre en el pelo, en la cara y en la ropa.

Madre di Dio -susurró él.

Vianello se acercó haciendo remolinos en el agua.

– Llame a la questura , Vianello -ordenó Brunetti-. Pero no desde aquí. Llame desde fuera. Que envíen una lancha con todos los hombres disponibles. Y una ambulancia. Ahora mismo. Rápido.

Vianello ya iba hacia la pesada puerta de madera antes de que Brunetti acabara de hablar. Cuando la abrió una ola recorrió el patio y lamió las piernas de Brunetti.

Arriba se oía la voz de La Capra.

– ¿Qué pasa ahí abajo? ¿Quién hay?

Brunetti se apartó de las dos mujeres que seguían abrazadas y miró hacia lo alto de la escalera. El hombre estaba en la puerta, su figura, recortada sobre la luz del interior, parecía la de un cristo malévolo en el umbral de una tumba siniestra.

– ¿Qué hacen ahí abajo? -preguntó otra vez, con la voz más perentoria y áspera. Salió a la lluvia y miró fijamente a las dos mujeres y al hombre que no era su hijo-. ¿Salvatore? -gritó-. Salvatore, contesta. -La lluvia tableteaba.

La Capra dio media vuelta y desapareció en el interior del palazzo . Brunetti se inclinó y puso una mano en el hombro de Flavia.

– Flavia, levántate. No podemos quedarnos aquí. -Ella no daba señales de haberle oído. Él miró entonces a Brett, que lo miraba a su vez, con los ojos muy abiertos, pero sin expresión. Él puso una mano bajo el brazo de Flavia y la levantó y lo mismo hizo con Brett. Dio un paso hacia la puerta de la calle que había quedado entornada, rodeando con un brazo el peso inerte de Brett que se le escurría, y tuvo que soltar a Flavia para sostenerla con los dos brazos. La puso de pie y llevándola casi en vilo la obligaba a mover las piernas por el agua helada, hacia la puerta, apenas consciente de la presencia de Flavia a su lado, que se movía en la misma dirección.

Salvatore, figlio mio, dove sei ? -sonó encima de ellos la voz, chillona, desgarrada, delirante. Brunetti levantó la cabeza y vio a La Capra que los miraba fijamente desde lo alto de la escalera, con una escopeta de caza en una mano. Despacio, empezó a bajar la escalera, ajeno a las cortinas de agua que lo azotaban desde todas las direcciones.

Brunetti, lastrado por el peso péndulo de Brett, comprendió que no podría alcanzar la puerta antes de que La Capra llegara al pie de la escalera.

– Flavia -dijo con apremio-. Sal de aquí. Yo la sacaré. -Flavia miró de él a La Capra que seguía bajando la escalera como una furia vengadora implacable y luego a Brett. Después miró a la puerta de la calle, que estaba a pocos metros. Antes de que pudiera moverse, tres hombres aparecieron en lo alto de la escalera, y en dos de ellos reconoció a los que había echado del apartamento de Brett.

– Capo -gritó uno a La Capra.

Éste se volvió lentamente.

– Entrad. Esto es cosa mía. -Como ellos permanecieran quietos, él levantó la escopeta, pero lo hizo con expresión ausente, inconsciente de lo que tenía en la mano-. Entrad. No os metáis en esto. -Temerosos, entrenados para obedecer, ellos entraron, y La Capra se volvió para seguir bajando.

Ahora se movía deprisa, tanto que, antes de que Flavia pudiera moverse, ya estaba abajo.

– Está dentro -dijo Flavia a Brunetti en voz baja, señalando con la barbilla la puerta del otro lado del patio.

La Capra hundió las piernas en el agua ajeno a ella, pero de la presencia de aquellas tres personas que estaban bajo la lluvia sí era consciente, porque las encañonaba con la escopeta mientras cruzaba el patio. Desde la puerta del sótano, gritó al interior:

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