Donna Leon - Aqua alta

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Los venecianos conocen bien el concepto de «acqua alta». Con él señalan la crecida periódica de la marea que inunda las calles para deleite de turistas y pesadilla de vecinos. Entre esas aguas se mueve el comisario Brunetti, tratando de resolver crímenes como el del doctor Semenzato, director del museo del Palacio Ducal, que aparece en su despacho con la cabeza aplastada por un llamativo resto arqueológico.
Tan brillante, culto y melancólico como su ciudad, Brunetti tiene que investigar en esta ocasión las redes de contrabando que intervienen en el tráfico internacional de arte, una actividad en la que la codicia puede llegar a tener escalofriantes consecuencias.

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– ¿Salva? Salva, contesta.

Sus rodillas desaparecieron en el agua al bajar el primer escalón. Se volvió un momento a mirar a Brunetti y a las dos mujeres. Pero entonces pareció olvidarse de ellos y siguió bajando a la oscura caverna.

– ¡Flavia, pronto! -dijo Brunetti. Dio media vuelta, lanzando hacia ella el peso de Brett que tenía apoyado en la cadera. Flavia, sorprendida por el brusco movimiento, tendió los brazos instintivamente para recibir a Brett, pero no tenía fuerzas para sostenerla y las dos se hundieron en el agua hasta las rodillas. Brunetti se alejó de ellas y corrió por el patio levantando surtidores de agua. Al otro lado de la puerta, se oía la voz de La Capra que llamaba a su hijo una y otra vez. Brunetti asió el borde de la puerta con las dos manos y empujó con todas sus fuerzas para moverla por el agua, parecía de plomo, la cerró con un furioso puntapié y tiró con fuerza del pestillo hasta hacerlo correr.

Detrás de la puerta retumbó la escopeta, llenando de ecos el espacio cerrado. Unos cuantos perdigones se incrustaron en la madera, pero la descarga principal rebotó en la pared de piedra. Se oyó otra detonación, pero La Capra disparaba a ciegas y los proyectiles chocaron inofensivamente contra el agua.

Brunetti cruzó otra vez el patio hacia Flavia y Brett, que iban despacio hacia la puerta principal, entreabierta. Él se situó al otro lado de Brett y la sostuvo por la cintura, impulsándola hacia adelante. Cuando se acercaban a la puerta, oyeron fuertes chapoteos y gritos que se acercaban por la calle. Brunetti vio a Vianello empujar la puerta, seguido de dos agentes de uniforme con las pistolas en la mano.

– Arriba hay tres hombres -les dijo Brunetti-. Tengan cuidado. Probablemente, estarán armados. En el almacén hay otro. Tiene una escopeta.

– ¿Es lo que hemos oído?

Brunetti asintió y miró hacia la calle.

– ¿Dónde están los otros?

– Ahora vienen -dijo Vianello-. He llamado desde el bar del campo . Han hecho una llamada por radio. Cinquelini y Marcolini, que estaban cerca, han sido los primeros en llegar -explicó el sargento señalando con la cabeza a los dos hombres que se habían apostado debajo de la galería, fuera de la línea de fuego de los pisos altos del palazzo .

– ¿Subimos a buscarlos? -preguntó Vianello mirando la puerta del tercer piso.

– No -dijo Brunetti, que no veía la necesidad-. Esperaremos a que lleguen los otros. -Como respondiendo al conjuro de sus palabras, empezó a oírse a lo lejos el lamento en dos tonos de una sirena que se acercaba. Y al poco, de la dirección opuesta, por el Gran Canal arriba, desde el hospital, venía aullando otra sirena.

– Flavia -dijo él mirando a la mujer-. Ve con Vianello. Él os llevará a la ambulancia. -Y al sargento-. Acompáñelas y vuelva. Y que vengan los hombres. -Vianello dio unos pasos y, con la soltura que le daba su fuerza considerable, tomó en brazos a Brett, y, seguido de Flavia, la sacó del patio y la llevó por la estrecha calle hasta el embarcadero, en el que dos luces azules parpadeaban entre la lluvia incesante.

Siguieron unos momentos de calma. Brunetti se permitió a sí mismo relajarse un poco, y entonces su cuerpo empezó a acusar el esfuerzo, tiritaba de frío y daba diente con diente. Haciendo un esfuerzo, avanzó por el agua y se unió a los dos agentes que estaban debajo de la galería, para, por lo menos, ponerse a resguardo de la lluvia.

Detrás de la puerta del almacén se oyó un alarido de puro terror animal, y La Capra se puso a aullar el nombre de su hijo una vez y otra. Al fin el nombre cedió paso a unos broncos sollozos de pena que resonaban en todo el patio.

Brunetti hizo una mueca de dolor, pidiendo en silencio a Vianello que se diera prisa. Recordó el cráneo destrozado de Semenzato y el sonido de la atormentada voz de Brett, pero, a pesar de todo, lo conmovían los gritos de dolor de aquel hombre.

– Eh, los de ahí abajo -gritó un hombre desde la puerta de lo alto de la escalera-. Vamos a bajar. No queremos líos. -Brunetti, al volverse, vio a los tres hombres con las manos en alto.

En aquel momento, entró Vianello seguido de cuatro hombres con chalecos antibala y metralletas. Los de la escalera también los vieron, se pararon y volvieron a gritar:

– No queremos jaleo.

Los cuatro hombres armados se dispersaron por el patio, impulsados por el instinto y el entrenamiento a buscar refugio detrás de las columnas de mármol.

Brunetti empezó a ir hacia la puerta del almacén, pero se detuvo cuando vio que dos de las metralletas lo apuntaban.

– Vianello -gritó, agradeciendo tener un motivo para enfadarse-. Dígales quién soy. -Se daba cuenta de que, para aquellos hombres, él no era más que un individuo mojado con una pistola en la mano.

– Es el comisario Brunetti -gritó Vianello, y las metralletas se volvieron otra vez hacia los hombres que se habían quedado inmóviles en la escalera.

Brunetti siguió hacia la puerta, de la que seguían llegando gemidos de un dolor intenso. Hizo deslizarse el pasador y tiró de la puerta. Ésta se atascó, y él tuvo que esforzarse mucho para mover la madera hinchada sobre el suelo de piedra. Su figura, recortada sobre la luz brillante del patio, ofrecía un blanco perfecto a un tirador escondido en el oscuro almacén; pero él ni lo pensó: los sollozos le hacían descartar tal posibilidad.

Sus ojos tardaron unos instantes en acostumbrarse a la oscuridad, pero al fin distinguió a La Capra arrodillado en el suelo, con el agua hasta el pecho, componiendo una pietà masculina que era como una réplica grotesca de la que Brunetti acababa de ver en el patio. Pero esta figura tenía un carácter irreparable del que la otra carecía, porque aquí un padre lloraba a un hijo único cuyo cadáver había sacado de las sucias aguas.

28

Brunetti abrió la puerta de su despacho y, al encontrarlo sólo tibio y con el radiador en silencio, volvió a dar gracias a san Leandro mentalmente, a pesar de que habían transcurrido varias semanas desde que el santo había obrado su milagro anual. Había otras señales de primavera: en su casa, aquella mañana había observado que los pensamientos de la terraza ya se abrían paso a través de la tierra de los tiestos, endurecida por el invierno, y Paola había dicho que aquel fin de semana los replantaría; a su lado, la mesa de la cocina, con las patas bien empapadas de veneno, se cocía al sol; también había visto las primeras gaviotas de cabeza negra que todos los años pasaban unas breves vacaciones de primavera en las aguas de los canales antes de poner rumbo a otros lugares; y el aire circulaba entre las islas y las aguas con una suavidad que era una bendición.

Colgó el abrigo en el armario y se fue hacia la mesa, pero antes de llegar se desvió a la ventana. Esta mañana había movimiento en el andamiaje que cubría San Lorenzo; hombres subían y bajaban por las escalas y andaban por el tejado. Pero Brunetti estaba seguro de que aquella actividad humana, a diferencia de la eclosión de la naturaleza, sería una primavera falsa y efímera, seguramente acabaría en cuanto se renovaran los contratos.

Se quedó un rato en la ventana, hasta que le hizo volverse el alegre « Buon giorno » de la signorina Elettra. Hoy venía de amarillo, con un vestido de suave seda hasta la rodilla, y con unos tacones tan finos que él se alegró de que el suelo fuera de mosaico y no de parquet. Lo mismo que las flores, las gaviotas y las brisas tibias, ella traía consigo la gracia primaveral, y él sonrió con algo parecido a la alegría.

Buon giorno , signorina -dijo él-. Está muy bonita esta mañana. Como la misma primavera.

– Ah, este pingo -dijo ella, displicente, sacudiendo con la punta de los dedos la falda del vestido que debía de haberle costado por lo menos el sueldo de una semana. Pero su sonrisa de complacencia desmentía sus palabras, por lo que él no insistió. La joven le entregó dos carpetas con una carta prendida con un clip sobre una de ellas-. Para la firma, dottore .

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