– Gucci, Missoni, Armani, Trussardi. ¡ have them all, ¡adíes and gentlemen. Right from factory.
A la media luz de la calle, sus dientes tenían un brillo felino.
Otros tres turistas sortearon a los dos hombres para acercarse a sus compañeros, haciendo animados comentarios sobre los bolsos y repartiendo su atención entre la mercancía de ambas sábanas. El hombre alto movió la cabeza de arriba abajo y, en el mismo instante, los dos se adelantaron hasta quedar a medio metro de los americanos. Al verlos avanzar, el primer vendedor giró sobre el pie derecho arqueando el cuerpo para alejarse de la sábana, de los turistas y de los dos hombres. En el mismo instante, los hombres sacaron la mano derecha del bolsillo con un movimiento natural, fruto de la práctica, que no llamó la atención. Cada uno empuñaba una pistola con el cañón alargado por un silenciador tubular. El más alto fue el primero en disparar. El único sonido que hizo el arma fue un sordo trac, trac, trac, que fue seguido por dos chasquidos similares del arma de su compañero. Los músicos estaban llegando esforzadamente al final del allegro, y aunque sus notas, sumadas a las voces de la gente que los rodeaba, casi ahogaron los sonidos de los disparos, los africanos de cada lado se volvieron rápidamente.
El impulso que había tomado el vendedor siguió alejándolo de las personas que estaban delante de su sábana, pero, poco a poco, su movimiento fue ralentizándose. Los dos hombres, ya con las pistolas otra vez en el bolsillo, retrocedieron por entre el grupo de los turistas que, ajenos a lo ocurrido, se apartaron cortésmente dejándoles paso. Entonces se separaron, uno fue hacia el puente de Accademia, y el otro, hacia Santo Stefano y Rialto, y se perdieron entre la gente que caminaba presurosa en una y otra dirección.
El vendedor lanzó un grito y extendió un brazo hacia adelante. Su cuerpo acabó de dar media vuelta y se desplomó junto a sus bolsos.
Como gacelas temerosas que se alarman a la mínima señal de peligro, los otros africanos quedaron inmóviles un instante y, con una explosión de energía, desplegaron una actividad vertiginosa. Cuatro de ellos huyeron hacia la calle que sale a San Marco, abandonando la mercancía; dos se pararon a recoger cuatro o cinco bolsos con cada mano y desaparecieron por el puente que conduce a campo San Samuele; los cuatro restantes, dejándolo todo, corrieron hacia el Gran Canal, donde alertaron a los que habían extendido sus sábanas junto al puente. Todos lo cruzaron y, al otro lado, se dispersaron y desaparecieron por las callejas de Dorsoduro.
Cuando el vendedor cayó, estaba frente a él una mujer de pelo blanco que, al verlo desplomarse, se arrodilló a su lado, al tiempo que llamaba a su marido, que se hallaba un poco apartado.
La mujer vio la sangre que salía de debajo del cuerpo, tiñendo la sábana de rojo. El marido, alarmado por el grito y la súbita desaparición de su esposa, se abrió paso entre sus amigos con brusquedad y se arrodilló junto a ella. Iba a rodearle los hombros con el brazo, en ademán protector, cuando vio al hombre tendido en la sábana. Entonces aplicó una mano a la garganta del herido, la tuvo allí durante un largo momento, la retiró y se puso en pie enderezando trabajosamente unas rodillas que la edad había hecho recalcitrantes. Luego se inclinó y ayudó a su mujer a levantarse.
Los dos miraron a su alrededor y no vieron a nadie más que a las personas de su grupo, que intercambiaban miradas de asombro, y al hombre tendido a sus pies. A cada lado de la ancha calle se extendían las hileras de sábanas, la mayoría cubiertas todavía de bolsos simétricamente dispuestos. El auditorio de los músicos se dispersó y los jóvenes dejaron de tocar.
Transcurrieron varios minutos antes de que pasara por allí el primer italiano que, al ver al hombre, la sábana y la sangre, sacó el telefonino del bolsillo del abrigo y marcó el 113.
La policía llegó con una rapidez que asombró a los circunstantes italianos tanto como escandalizó a los americanos. A los venecianos, media hora no les parecía mucho tiempo para que una unidad de técnicos y agentes llegara a campo Santo Stefano en una lancha, pero para entonces la mayoría de los americanos, poco a poco, habían ido separándose del grupo, diciendo a sus compañeros que ya se verían en el hotel. Nadie se molestó en vigilar el escenario del crimen y, cuando llegó la policía, la mayoría de los bolsos habían desaparecido, incluso los de la sábana sobre la que yacía el cadáver. Algunos de los que robaron los bolsos del muerto dejaron impresas en la sábana rojas huellas de pisadas. Un rastro de sangre se desvanecía en dirección a Rialto.
Alvise, el primer agente en llegar al escenario, se aproximó al pequeño grupo de personas que aún rodeaban al muerto y les ordenó retroceder. Se acercó al cadáver y se quedó mirándolo, como si, ahora que podía ver a la víctima, no supiera qué hacer. Al fin, un técnico del laboratorio le pidió que se apartara mientras ponía alrededor de la sábana unos pequeños postes de madera. De una de las cajas que traían sacó un rollo de cinta a rayas rojas y blancas que introdujo por las ranuras de la parte superior de los postes, estableciendo una clara línea divisoria entre el cadáver y el resto del mundo.
Alvise se acercó a un hombre que estaba junto a la escalera de la iglesia e inquirió:
– ¿Quién es usted?
– Riccardo Lombardi -respondió el hombre. Era alto, de unos cincuenta años, bien trajeado: la clase de persona que da órdenes desde detrás de un escritorio, o así le pareció a Alvise.
– ¿Qué hace aquí?
Sorprendido por el tono del policía, el hombre respondió:
– Pasaba por aquí y, al ver a esa gente, me paré.
– ¿Vio al que lo hizo?
– ¿Hizo qué?
Entonces Alvise cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de lo ocurrido; sólo sabía que en la questura se había recibido una llamada para avisar de que en campo Santo Stefano había un hombre negro muerto.
– ¿Me enseña un documento de identidad? -exigió Alvise.
El hombre sacó la billetera y extrajo su carta d'identitá, que entregó a Alvise. Éste la miró un momento y se la devolvió.
– ¿Ha visto algo? -preguntó en el mismo tono de voz.
– Como ya le he dicho, agente, yo pasaba por aquí y, al ver a esa gente parada, me detuve. Nada más.
– Está bien. Puede marcharse -dijo Alvise en un tono que sugería que el hombre no tenía alternativa. El agente dio media vuelta y volvió junto al equipo de los técnicos, donde los fotógrafos ya estaban recogiendo su material.
– ¿Han encontrado algo? -preguntó a uno de los técnicos.
Santini, que estaba de rodillas, pasando sus enguantadas manos por las losas del pavimento en busca de casquillos, levantó la cabeza y dijo:
– Un cadáver. -Y siguió buscando.
Sin inmutarse por la respuesta, Alvise sacó un bloc del bolsillo interior de su parka de uniforme, lo abrió con una sacudida, buscó un bolígrafo y anotó: «Campo Santo Stefano.» Contempló lo escrito, miró el reloj, agregó: «20:58», puso el capuchón al bolígrafo y guardó bloc y bolígrafo en el bolsillo.
Entonces a su derecha sonó una voz familiar que decía:
– ¿Qué sucede, Alvise?
Alvise alzó una mano lánguida en un esbozo de saludo y dijo: -No estoy seguro, comisario. Nos han avisado de que aquí había un muerto y hemos venido.
Su superior, el comisario Guido Brunetti, dijo:
– Eso ya lo veo, Alvise. ¿Qué causó la muerte de ese hombre?
– No lo sé, señor. Estamos esperando a que llegue el médico.
– ¿Quién viene?
– ¿Quién viene adonde, señor? -preguntó Alvise, desconcertado.
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