Elizabeth George - Tres Hermanos

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Ness, Joel y Toby afrontan un nuevo cambio en sus vidas. Su excéntrica abuela, dispuesta a eludir sus responsabilidades, decide abandonarlos frente a la puerta de la casa de su hija, la tía de los niños, que vive en la periferia marginal de Londres. La vida de los tres hermanos no ha sido fácil hasta ese momento, y no lo será a partir de ahora. Ness es una adolescente desagradable que juguetea con las drogas y con la delincuencia. El más pequeño, Toby, es un niño con problemas de aprendizaje y que vive anclado en la dependencia que siente por su hermano Joel, un poco mayor que él y que parece asumir la responsabilidad de mantener unida a su extraña familia. Tal ambiente, como prueba la autora del libro, enmarca el camino que se ha de desandar para hallar el origen del mal, para encontrar el principio casi invisible de sucesos terribles que un día coparán las primeras páginas de los periódicos. En su momento, el asesinato de Helen Lynley ocupará la atención de todos, pero ¿cuál fue el verdadero origen del crimen?
La presente novela, desde un planteamiento original y arriesgado que la autora resuelve con maestría, propone la «deconstrucción» de un asesinato. Elizabeth George plantea que al revés no interesa tanto qué pasará tras el asesinato, pues éste es el punto final del libro; lo que se ha de buscar es el origen, lo que se ha de averiguar es aquello que provocó que alguien disparara a una mujer de buena posición en un callejón de un barrio de Londres. Ahí, en el principio, se esconde siempre la explicación del trauma que arrastra el inspector Lynley, protagonista de la serie.

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Joel supo que el mentor no iba a aceptar un no por respuesta. Lo pondría en un compromiso una y otra vez hasta obtener lo que quería: que los ayudara. Se trataba de algo que nunca podría hacer, al menos no ahora, pero como Ivan, incapaz de rendirse, no lo sabía, probablemente seguiría engatusando a Joel para que tomaran un café, para que dieran un paseo o para que se sentaran en un banco. Así que el chico lo acompañó. Quisiera lo que quisiera contarle, no le llevaría mucho tiempo; además, Joel no pensaba responder, lo que no haría más que prolongar una conversación no deseada.

Ivan lo condujo a un café no muy lejos de Harrow Road, un lugar mugriento con mesas pegajosas y un menú que veneraba a una Inglaterra que había dejado de existir hacía al menos treinta años: judías o champiñones con tostadas, huevos fritos con lonchas de beicon, pan frito, judías con salsa de tomate y huevos, rollitos de salchicha, parrilladas mixtas. El olor a grasa del lugar era muy fuerte, pero Ivan -felizmente ajeno a él- señaló a Joel una mesa en el rincón y le preguntó qué quería, antes de encaminarse a la barra para pedir, Joel eligió un zumo de naranja. Sería de lata y sabría a algo que venía de una lata, pero tampoco pensaba bebérselo.

Afortunadamente, allí no había nadie más, aparte de Bob, el Borracho, que dormitaba en su silla de ruedas, junto a una mesa del rincón. Ivan pidió. Después, desdobló el periódico que llevaba para echar un vistazo a la portada, Joel vio parte del titular del Evening Standard. Pudo leer «Cámara de seguridad» y, debajo: «Alerta criminal». Con estos datos, concluyó que la Policía había encontrado las imágenes que buscaba a través de las cámaras de seguridad que rodeaban la plaza, así como de las cámaras del barrio próximo al lugar de los hechos. Pensaban emitirlas en Alerta criminal.

No podía sorprenderle. Era probable que cualquier cinta relacionada con una mujer blanca que hubiera recibido un disparo delante de su casa en un barrio fino de Londres encontrara el camino hasta la televisión. Si esa mujer blanca estaba casada con un policía de New Scotland Yard que trabajaba en un caso importante, el camino estaba garantizado.

En cuanto a las cintas de esas cámaras, la única esperanza para Joel residía en dos posibilidades: en que la calidad de las imágenes fuera pobre y demasiado alejada para que sirvieran para identificar a alguien, o en que el programa de televisión en sí mismo tuviera poco o ningún interés para una comunidad como la de su barrio de North Kensington.

Ivan llevó las bebidas a la mesa. Tenía el periódico sujeto debajo del brazo. Al sentarse, lo lanzó sobre una silla vacía. Se echó azúcar en el café y empezó a hablar.

– ¿Quién hubiera pensado que era posible ganar una fortuna con la basura? ¿Y luego estar dispuesto a compartir esa fortuna…? -Ivan posó las manos alrededor de la taza y prosiguió, para aclarar que no se refería al periodismo-. Cuando un hombre recuerda sus raíces, amigo mío, puede hacer un mar de bien, si no da la espalda a aquellas personas que ha dejado atrás… Eso es lo que ha hecho el señor Basura por nosotros, Joel.

El chico intentó no mirar el periódico, pero, doblado por la mitad, el Standard había aterrizado boca abajo, con el titular oculto y el resto de la portada plenamente visible. Actuaba como el canto de una sirena, totalmente irresistible, y ahí estaba Joel, sin un mástil al que atarse. Ahora veía una fotografía, con el inicio de un artículo debajo. Se encontraba demasiado lejos para leer algo de lo que decía, pero la imagen era visible. En ella, un hombre y una mujer estaban apoyados en una barandilla; sonreían a cámara, con unas copas de champán en las manos levantadas. El hombre era rubio y guapo; la mujer era atractiva y morena. Parecían un anuncio de la «pareja perfecta» y, detrás de ellos, las aguas plácidas de una bahía brillaban debajo de un cielo azul totalmente despejado. Joel volvió la cabeza. Intentó centrarse en las palabras de Ivan.

– … se hace llamar señor Basura -decía Ivan-. Al parecer, es un diseño sencillo que han comprado las áreas metropolitanas de todo el mundo. Funciona a través de cintas transportadoras informatizadas, o algún aparato así, que lo separa todo, por lo que no hay que concienciar a la población para que recicle. Ha ganado una fortuna con eso, y ahora está dispuesto a destinar una parte a la comunidad de la que procede. Nosotros somos uno de sus beneficiarios. Tenemos una subvención renovable. ¿Qué me dices a eso?

Joel tuvo el aplomo para asentir con la cabeza y decir:

– Una pasada.

Ivan ladeó la cabeza.

– ¿Eso es lo único que se te ocurre decir a doscientas cincuenta mil libras? ¿Una pasada?

– Está guay. Ivan. Adam y los demás estarán como locos, seguro.

– Pero ¿tú no? Tú también formas parte. Necesitaremos a todo el mundo que se pueda involucrar en el proyecto, si es que queremos sacarlo adelante.

– Yo no puedo hacer ninguna película.

– Qué tontería. Sabes escribir. Puedes emplear el lenguaje de una forma que otras personas… Escúchame. -Ivan acercó más su silla a la de Joel y habló con seriedad, como hablaba por lo general cuando creía que había que transmitir algo con suma urgencia-. No espero que actúes en la película o que te pongas detrás de la cámara, o que hagas nada que no estés acostumbrado a hacer. Pero vamos a necesitarte en el guión… No, no discutas. Escucha. Ahora mismo, el diálogo está dando un giro demasiado fuerte hacia el habla local y necesito a alguien que defienda un espectro más amplio. A ver, la jerga está bien si sólo queremos un lanzamiento local. Pero, francamente, ahora que tenemos este respaldo detrás de nosotros, creo que deberíamos apuntar más alto. Festivales de cine y cosas así. No es momento de ser humildes en nuestras aspiraciones. Creo que tú puedes hacer que los demás lo vean, Joel.

El chico sabía que todo aquello era basura y quería reírse de lo irónico que era: no estaría sentado en aquel lugar en aquel momento manteniendo aquella conversación con Ivan si un montón de basura no lo hubiera hecho posible. Pero no quería discutir con su mentor. Quería coger un periódico para poder comprobar qué estaba haciendo la Policía. Y quería hablar con el Cuchilla.

Bruscamente, se apartó de la mesa. Se levantó y dijo:

– Ivan, tengo que irme.

Ivan también se levantó, con una expresión alterada.

– Joel -dijo-, ¿qué ha pasado? Puedo ver que algo… He oído lo de tu hermana. No he querido mencionarlo. Supongo que esperaba que la noticia de la película te permitiera pensar en otras cosas un rato. Mira. Perdóname. Espero que sepas que soy tu amigo. Estoy dispuesto a…

– Otro día -le interrumpió Joel. Obvió la necesidad de reprimir la amabilidad inútil, reprimirla físicamente y no sólo con palabras-. Una gran noticia la que te han dado, Ivan. Tengo que irme.

Se marchó corriendo. Aún faltaban horas para que Toby acabara su trabajo en el centro de aprendizaje, así que Joel sabía que tenía tiempo de pasarse por Lancefield Court, y allí se dirigió en cuanto dejó atrás el café. Se deslizó por la abertura de la alambrada y subió al primer piso. Nadie montaba guardia al pie de las escaleras, lo que tendría que haberle dicho que el piso desde el que el Cuchilla distribuía la mercancía a sus camellos iba a estar vacío. Pero estaba desesperado, y su desesperación le obligó a llevar a cabo su búsqueda inútil de todos modos.

Joel decidió entonces que el Cuchilla había llevado a Neal a algún lugar bastante seguro para ocuparse de él. Pensó en la estación de metro abandonada, en un rincón escondido del cementerio de Kensal Green. Pensó en aparcamientos grandes, garajes cerrados, almacenes, edificios a punto de ser derribados. Le pareció que Londres estaba repleto de lugares adonde el Cuchilla podría haber llevado a Neal Wyatt e intentó consolarse pensando que allí -en cualquiera de estos miles de lugares- estaba informando a Neal Wyatt de que los días de seguir, acosar, agredir y atormentar a los niños Campbell habían llegado a su fin.

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