Ruth Rendell - Carretera De Odios
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– ¿Qué le ha pasado? -preguntó con repentina alarma.
– Nada, señorita…
– Kennedy, Martha Kennedy. ¿Seguro que no le ha pasado nada?
– Quien nos interesa es el taxista -explicó Lynn.
– En ese caso, si me disculpan, me gustaría acabar las puertas antes de que vuelva John.
Burden anunció que llamarían más tarde. La mujer les cerró la puerta en las narices con cierta brusquedad. En el camino de regreso a Kingsmarkham se cruzaron con Wexford, que se dirigía hacia Pomfret Tye para tomar parte en la visita con el jefe adjunto de policía y los ecologistas.
El día, que había empezado gris y brumoso, se había convertido en la clase de jornada que debería concederse a todos los amantes del campo para contemplar la belleza de los milagros naturales; o que quizás no debería concedérseles, ya que la brisa dulce, el sol, el cielo azul y el verdor intenso de la vegetación podían conferir un matiz nostálgico y doloroso a un encanto pastoral que no tardaría en desaparecer. Más valdría que el día fuera gris y frío, que el cielo ofreciera el aspecto del hormigón que pronto se extendería por todas aquellas colinas, valles y marismas, apuntalado sobre monstruosos pilares grises clavados en las aguas del Brede.
En cambio, como hacía un día precioso, las mariposas habrían salido, tanto las carey, como las fritillarias y las Araschnias, así como las abejas entre las pimpinelas y el brezo. En los abetos del Gran Bosque de Framhurst vivían reyezuelos. Un día en que había salido de picnic con Dora y las chicas vio una pareja, y él y Sheila habían buscado en vano el nido que pende de las ramas como un cestillo. Dora… Había tenido intención de llamarla a la hora de comer en lugar de esperar a que ella lo llamara por la noche. Sin embargo, en el último momento había decidido esperar. Para entonces ya habría visto a la recién nacida, a su nieta Amulet. A solas en el coche, se echó a reír al pensar en el nombre.
Para su alivio, Freeborn aún no había llegado. De haber hecho acto de presencia antes que él, el jefe adjunto de policía no habría desperdiciado la ocasión para comentar el asunto aun cuando Wexford hubiera llegado puntual o incluso antes de la hora fijada. Se alteró un poco al averiguar que Anouk Khoori, presidenta del Comité de Carreteras del Municipio, una mujer con quien se las había habido en los últimos tiempos, representaba al Ayuntamiento. Iba muy guapa, con una camiseta amarilla, pantalones de equitación verdes y botas también verdes. Llevaba el reluciente cabello rubio atado con un pañuelo negro y amarillo, en aquellos instantes practicaba sus ardides con Mark Arcturus, de Naturaleza Inglesa, mirándolo con una sonrisa y apoyándole una mano de uñas rojas en el brazo. Sin embargo, su sonrisa se desvaneció en cuanto se percató de la presencia de Wexford, al que lanzó una mirada breve y gélida.
– Buenas tardes, señora Khoori -la saludó el inspector con su mejor voz de policía-. Hace un día precioso, ¿no le parece?
Los entomólogos se presentaron, y Wexford les habló de la Araschnia. Las anécdotas sobre mariposas exóticas divisadas en lugares peculiares se vieron interrumpidas por la llegada de Freeborn, que apareció acompañado de Peter Tregear.
Como si de un maestro de escuela elemental se tratara, el jefe adjunto de policía procedió al recuento de los presentes.
– Bueno, si ya estamos todos, podríamos empezar.
– No iremos a pie, ¿verdad? -terció Anouk Khoori.
– Todavía no han construido la carretera -replicó Wexford sin poder contenerse.
– Y esperemos que nunca la construyan -agregó Arcturus, como si las excavadoras no estuvieran trabajando a un par de kilómetros de distancia, más allá de Savesbury Hill-. Seamos optimistas y no olvidemos que la esperanza es una de las virtudes cardinales.
El grupo no se vio obligado a recorrer un trayecto demasiado largo. Tomaron el sendero que cruzaba los prados desde Pomfret Tye, y en Watersmeet, donde el Kingsbrook confluía con el Brede, Arcturus señaló un punto bajo el agua dorada y cristalina, donde el mosaico cilíndrico del frígano amarillo se aferraba a un reluciente guijarro redondo. La señora Khoori se llevó una decepción; el insecto no era lo bastante grande para su gusto.
A unos ochocientos metros no abajo, quizás algo menos, Wexford divisó el viejo molino que Jeffrey Godwin había convertido en el teatro Weir. Dora quería ver la obra, y sin lugar a dudas, Sheila también se apuntaría… Desterró aquellos pensamientos de su mente. Janet Braiswick, de la Sociedad Inglesa de Entomólogos, caminaba junto a él, y Wexford le habló de los reyezuelos y de las polillas atigradas escarlata que veía de niño. Ella le habló de que, cuando era niña y crecía en Norfolk, en una sola ocasión había visto un macaón en los pantanos.
Llegaron a la plantación de ortigas de Framhurst Deeps y empezaron a caminar con cuidado, todos ellos silenciosos y expectantes, incluso Anouk Khoori. El sol quemaba, hacía tiempo de mariposas. Esperaron y observaron casi con reverencia, pero no apareció ninguna mariposa mapa. De hecho, ninguna mariposa alzó el vuelo desde la hierba larga ni las margaritas silvestres que blanqueaban el campo como nieve estival.
Examinaron las tejoneras desmanteladas, pues por allí pasaría la carretera de circunvalación, entre las ortigas de la Araschnia, bordeando el bosque para luego adentrarse en la marisma. A lo lejos, Wexford vislumbró el campamento más reciente, el grupo de moradas construidas por los habitantes de los árboles. Se habían solicitado órdenes de desahucio que aun no habían llegado. Entretanto, los moradores de los árboles se habían dedicado a clavar pernos en cada roble, fresno y tilo en casi un kilómetro a la redonda. Tal vez para evitar la controversia que aquellos clavos podían despertar o la indignación de la señora Khoori, famosa por desaprobar toda protesta que no se ciñera a la palabra hablada o escrita, sir Fleance McTear sugirió dar media vuelta y tomar un pequeño rodeo a fin de visitar la zona marcada para las nuevas tejoneras.
Se hallaban demasiado lejos para oír y mucho menos ver las excavadoras, también para ver a los guardias que habían llegado en autobús para proteger a los obreros, o a los moradores de los árboles, los testigos. El objetivo del paseo consistía únicamente en observar la naturaleza, se dijo Wexford al tiempo que recordaba los lejanos tiempos de la escuela, en que los maestros llevaban a los niños de Kingsmarkham a esos prados para contemplar las libélulas y los escarabajos acuáticos. Preguntó a Janet Braiswick cuándo había visto por última vez renacuajos en una laguna inglesa, pero la mujer no lo recordaba, tan sólo que debía de hacer al menos treinta años, cuando era muy pequeña.
A las cinco estaban de vuelta en Pomfret. Sir Fleance propuso tomar el té en una tetería del pueblo, al menos una taza de té si nadie quería comer, pero nadie acogió la idea con entusiasmo; todos se sentían deprimidos y tristes por lo que habían visto. Incluso Freeborn, observó Wexford, parecía muy apagado. Tanto él como Anouk Khoori eran habitantes del campo que nunca salían al campo, que por una vez se habían visto obligados a hacerlo y que, de un modo extraño, se habían asustado al percatarse de su existencia y de su fugacidad.
Inglaterra desaparecerá,
sombras, prados y senderos…
Preferirían no haberlo visto para así poder fingir que no existía, al igual que él se había prometido no volver para poder fingir lo mismo. Rehuir el lugar, no pasar por allí siquiera, desviar la mirada hasta que no quedaran lugares por los que pasar ni sitios a los que ir…
Más le valía irse a casa. De repente recordó que estaría solo. Bueno, tenía mucha lectura atrasada. Podía empezar por aquellos ensayos de George Steiner que tanto entusiasmaban a todo el mundo. Y luego, en algún momento, la televisión acompañada de una cervecita. Con toda probabilidad, Dora llamaría a las siete. Sin duda, no esperaría que su esposo regresara a casa mucho antes de esa hora, pero llamaría entonces porque la persona que cocinaba para Sheila, y a buen seguro había una, serviría la cena a la media.
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