Jose Maria - Nubes de estio

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– Ínsula— contestó Sancho Vargas, mientras se mordía los labios para disimular la risa Pepe Gómez, y abría don Roque los ojos y la boca para pescar en el aire la definición de la palabreja, que desconocía también,– es… lo que irá usted viendo poco a poco. Se figura una ínsula, una ínsula llamada Ba… ba… Aguarden ustedes. Ba… bara… Barataria… en fin, una ínsula que inventa el coplero, y a esa ínsula va Sancho Panza de gobernador… ¡Vean ustedes qué barbaridad! y va instruido por don Quijote, que ya se sabe que era un caballero que se volvió loco; y como instruido por un loco, el gobernador Sancho Panza empieza a arruinar la ínsula publicando y haciendo cumplir constituciones en que se manda, bajo pena de la vida, punto más, punto menos… lo que se contiene en mis dos proyectos leídos anoche en La Alianza… hasta que le sueltan un novillo de tres años… En fin, caballeros, lo mismo, ¡lo mismo que lo otro !

– Pues eso debe de ser gracioso— apuntó el Quevedo de allí.– Léanoslo usted, amigo don Sancho.

– ¡Yo leer estas inmundicias!– exclamó Vargas indignado.– Sería hacerles una honra que no se merecen… Y hasta me extraña la indicación, hablando como lo siento.

– Y diga usted— interrumpió don Roque, que daba ya diente con diente, dirigiéndose a Sancho Vargas:– en el supuesto de que sea usted Sancho Panza el de la ínsula, ¿quién es el don Quijote que le instruyó en lo que debía de disponer en ella?

– Pues ese don Quijote— respondió Sancho Vargas con su poco de fruición,– debe de ser usted, por las trazas.

Riose el cónclave con esto, empalideció de ira don Roque, alzose del sofá súbitamente, irguiose hasta donde le fue posible y; encarándose de medio lado con el grupo de sus consocios, díjoles, con voz un poco descompuesta, cargado sobre el bastón y con un pie enderezado hacia la puerta de salida:

– Éstos son los frutos de ciertas semillas; éstas son las alas que dan a los malos las tolerancias de los buenos… Tomen, tomen ustedes a juego cosas como las de anoche, duérmanse, duérmanse en las delicias de crápula , y en la tonía y la pachorra, y diviértanse como si nada hubiera pasado, mientras el ofendido se consume la entraña de disgusto; déjenle, déjenle que se pudra solo… y no digo más. Adiós, señores.

Dijo, y se largó de allí, sofocado de coraje; pero muy satisfecho del alcance de sus indirectas y del aire de su salida.

– VI— Crema fina

Aquel día rebasó de los límites de lo empalagoso La estafeta local de El Océano . Como no iba firmada, las gentes indoctas que la habían leído se la colgaban a Casallena, fundándose en que aquél era su estilo, clavado; es decir, el estilo de que él abusaba cuando metía la pluma a revolvedora de estirpes, elegancias y finiquituras «de sociedad;» porque, como ya se ha indicado más atrás, Casallena valía mucho más que todas esas chapucerías de similor: pensaba por todo lo alto y escribía como un jerifalte; era agudo, ingenioso, castizo y ameno hasta más no poder; sólo que en cuanto le llegaba el acceso de cronista elegante , ¡adiós mi dinero! ya estaba con los ojos virados, la mano en la mejilla, y lánguido, lánguido, lánguido, trocando el tintero de sus glorias por una dulcera, y empapando las lisonjeras hipérboles de su pluma en almíbar de cabello de ángel . Entonces se dejaba ir como todos los del oficio ese, aunque, con algunas diferencias de arte, que no eran apreciables al paladar iliterato del vulgo leyente. Por esas diferencias, que saltaron bien pronto a los ojos de los expertos, se conoció al golpe que en lo de aquel día no había puesto su mano Casallena, como era la pura verdad; sin que esta aclaración signifique que era menos empalagosa, en lo esencial, aquella sección de El Océano , cuando la perjeñaba él.

Comenzaba de este modo:

«En el exprés de hoy se espera a la distinguidísima familia del egregio duque del Cañaveral, marqués de Casa— Gutiérrez. Es verdadera y hondamente lamentable para sus numerosos amigos de aquí y para la elagante colonia madrileña que nos honra este verano con su residencia en los hermosos hoteles de nuestra playa incomparable, que altísimos deberes políticos y particulares impidan a aquel insigne prócer acompañarla en el viaje, y le obliguen a retrasar el suyo algunos días. Felizmente no serán muchos, porque también en este modesto y oscuro pedazo de la patria querida reclaman al gran estadista excepcionales asuntos, que, por ser de los que tocan al corazón y esparcen en el sagrado del hogar el ambiente de las bendiciones del cielo y la luz de las auroras de mayo, han de arrastrarle bien pronto, con fuerza poderosa e irresistible, al seno de su adorada y elegante familia. ¡Ah, si no temiéramos pecar de indiscretos! ¡Ah! si lo que está todavía oculto, aunque, en transparentes cendales, en gasas sutiles, como ángeles entre arreboladas nubes, no lo estuviera, ¡qué grata, qué dulce, qué arrobadora noticia daríamos hoy a nuestras bellas y elegantes lectoras! Pero nos está vedado, nos está prohibido, nos está… ¿cómo lo diremos?… défendu , añadir una palabra más, y no la añadiremos. Entre tanto, consuélese nuestra high life con saber que dentro de pocas horas tendrá la dicha de poseer a la egregia dama, duquesa del Cañaveral y marquesa de Casa— Gutiérrez; a su digna hija, la bella, la elegante, la dichosa, la afortunada (como que en ella se adunan, y coexisten, y se compenetran la hermosura, el esprit y las riquezas); la bella, repetimos, la elegante, la dichosa, la afortunada duquesita de Castrobodigo; a su otra hija, la espiritual, la incomparable por su distinción y su donaire; en fin, María Casa— Gutiérrez, y está dicho todo; al joven duque de Castrobodigo, prez de la nobleza castellana y honra del Sport— Club ; y, por último, a nuestro queridísimo amigo, al brillante joven Antonino Casa— Gutiérrez, unido a la buena sociedad de este pueblo por tantos y por tan fuertes vínculos; vínculos que aún se afianzarán más y más, estamos seguros de ello, en el transcurso de este verano; verano feliz y venturoso para ciertas almas d’élite , que bien merecido se lo tienen. Pero tente, pluma: ¿qué cendales, qué gasas tenues, qué nubes vaporosas ibas a desgarrar imprudente y temeraria? ¡Oh! el choque de la felicidad ajena en corazones bien nacidos, da por fruto inmediato la indiscreción. Es el torrente que avanza y se desborda. Perdón, afortunados e ilustres jóvenes, si del exceso de este mi desbordado torrente de entusiasmo por vuestra felicidad, se ha disgregado de la onda arrolladora un copo siquiera de leve espuma, que agite, que conmueva, que deshaga un solo pliegue del cendal, de la gasa, de la nube que oculta el delicioso misterio a los ojos voraces de la pública curiosidad.»

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