Miguel Silva - Casas muertas

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– Este pueblo se nos va a caer encima, Olegario -dijo Carmen Rosa tras el largo silencio.

– Sí, niña -respondió Olegario-. Se nos va a caer encima.

– Aunque ya no queda gente a quien caerle encima, Olegario. Si se murió Sebastián que era el más fuerte, ¿qué nos espera a nosotros, a ti, a mí, a los cuatro fantasmas que andan todavía por la calle?

– Sí, niña. Nos vamos a morir todos.

– Y cuando se acaba un pueblo, Olegario, ¿no nace otro distinto, en otra parte? Así pasa con la gente, con los animales, con las matas.

– Y también con los pueblos, niña. He oído decir a los camioneros que, mientras Ortiz se acaba, mientras Parapara se acaba, en otros sitios están fundando pueblos.

– ¿En dónde?

– Yo no sé, niña. Pero he visto pasar gente en camiones. Dicen que hay petróleo en Oriente, que al lado del petróleo nacen caseríos.

– ¿Y a ti nunca se te ha ocurrido irte con ellos, salir huyendo de estas ruinas, ayudar a fundar un pueblo?

– ¿Para qué, niña? Ya yo estoy viejo. Además, no me puedo separar de ustedes. Don Casimiro, que en paz descanse, no me dijo nada antes de morirse porque se había quedado sin luz en la cabeza. Pero si hubiera podido decirme algo, me habría dicho eso, yo estoy seguro, niña, que no las dejara solas…

– ¿Y cómo se funda un pueblo, Olegario?

– Yo qué sé, niña..

– Debe ser maravilloso, Olegario. Ir levantando la casa con las propias manos en medio de una sabana donde solamente hay tres casas más, que mañana serán cinco, pasado mañana diez y después un pueblo entero. Mucho más maravilloso que sembrar las matas de un jardín.

– Sí, niña, así debe ser.

– No como esto, Olegario, de ver caerse todo. Cada día una casa menos, un techo más en el suelo. ¿Queda muy lejos el petróleo, Olegario?

– Yo no sé, niña. Es más allá de Valle de la Pascua, más allá de Tucupido, más allá de Zaraza. En Anzoátegui, en Monagas, qué sé yo…

– ¿Y cómo es la gente que pasa en los camiones?

– De todas clases, niña. Van conuqueros que se quedaron sin conuco y hombres con grasa de mecánicos. Pero pasan también otros con caras de bandoleros y a veces mujeres…

– ¿Mujeres?

– Sí, niña, pero mujeres malas, pintadas como disfraces, diciendo malas palabras y cantando canciones sucias.

– Todas las mujeres que pasan son mujeres malas?

– ¡Qué sé yo, niña! Al menos las que yo he visto.

– A mí me gustaría ir a fundar un pueblo de esos.

– ¿Usted, niña? ¡Ave María Purísima!

– ¿Y por qué no, Olegario? ¿Te parece mejor quedarnos aquí, a esperar que el techo nos caiga encima, que nos nazca una llaga horrible en una pierna, que nos lleve la perniciosa?

– Pero es que usted no sabe lo que está diciendo, niña. Aquello es para hombres bragados y mujeres malas.

– Mentira, Olegario. Aquello es también para la gente que no se quiere morir. ¿Tú te irías con nosotras?

– Tranquilícese, niña. Usted no sabe lo que está diciendo. Lleva una semana sin dormir, una semana llorando, no sabe lo que está diciendo…

– Tú te irías con nosotras, Olegario?

– Yo me iría con ustedes aunque ustedes no me quisieran llevar. Pero eso no pasará, niña. Entre la gente de los camiones van también ladrones y criminales. ¡Figúrese usted!

Regresó doña Carmelita, añadida a la luz triste de la lámpara. Carmen Rosa había hablado demasiado después de tantas horas de llanto silencioso. Olegario se movió en la sombra, preocupado. Dejó caer con fuerza la mano abierta sobre el anca del burro. El animal sorprendido dio un salto hacia lo más oscuro del patio.

– ¡Arre, burro! -gritó Olegario.

Y ya esfumados, hombre y jumento, tras de las ramas de los árboles, entre los pliegues de la noche recién nacida, se oyó de nuevo la voz:

– Buenas noches, doña Carmelita.

– Buenas noches, niña Carmen Rosa.

Las dos mujeres no respondieron. Desde las ramas del tamarindo chilló un murciélago y doña Carmelita se hizo en la frente la señal de la cruz.

36

Carmen Rosa se asomó muchas veces a la puerta de la escuela para verlos pasar. Iban en automóviles andrajosos, inverosímiles, de capotas cruzadas por costurones mal zurcidos o en camiones enclenques, despatarrados, con una rueda a punto de salirse del eje, una rueda que bailoteaba grotescamente al andar. Atravesaban aquel pueblo derrumbado, hablando a gritos, cantando retazos de canciones tabernarias, escupiendo salivazos oscuros de nicotina. Eran hombres de todas las vetas venezolanas, mulatos y negros, indios y blancos, en franela o con el tórax desnudo, defendiéndose del sol con sombreros de cogollo o con pañuelos de colorines anudados en las cuatro puntas. No saludaban nunca a aquella linda muchacha enlutada que los veía pasar desde la puerta de una escuela sin niños y cuyo dolor, cuando la miraban, imponía más respeto que las mismas casas muertas de aquella ciudad desintegrada.

Venían de las más diversas regiones, de las aldeas andinas, de las haciendas de Carabobo y Aragua, de los arrabales de Caracas, de los pueblos pesqueros del litoral. Los había campesinos y obreros, vagos y tahúres, comerciantes en baratijas, jugadores de dados, oficinistas hartos del escritorio, muchachos tímidos, rostros con cicatrices, un negro tocando una guitarra. También chinos cocineros, norteamericanos enrojecidos por el sol y la cerveza, cubanos de bigotitos meticulosamente diseñados, colombianos de inquietante mirada melancólica. Todos iban en busca del petróleo que había aparecido en Oriente, sangre pujante y negra que manaba de las sabanas, mucho más allá de aquellos pueblos en escombros que ahora cruzaban, de aquel ganado flaco, de aquellas siembras miserables. El petróleo era estridencia de máquinas, comida de potes, dinero, aguardiente, otra cosa. A unos los movía la esperanza, a otros la codicia, a los más la necesidad.

Carmen Rosa no estaba dispuesta a derrumbarse con las últimas casas de Ortiz. Tras meditarlo largamente, se lo dijo a doña Carmelita una mañana:

– Nos vamos a Oriente, mamá.

La madre la miró con dilatados ojos de asombro. Doña Carmelita era incapaz de decidir nada por sí misma. Había entregado el timón de su voluntad, junto con el timón de la casa y de la tienda, a Carmen Rosa. Aquel «Nos vamos a Oriente», ya reflexionado, ya acordado por su hija, la llenó de sorpresa, de desasosiego, de intenso miedo. Se atrevió a musitar suplicantes palabras de protesta:

– ¿Qué vamos a hacer nosotros en Oriente, hija? Aquí nacimos y aquí moriremos como tu padre, como Sebastián, como todos. Somos dos pobres mujeres infelices, solas, resignadas…

– Resignadas no, mamá. Yo todavía no estoy resignada.

Doña Carmelita comprendía la ineficacia de su disconformidad. Si Carmen Rosa había resuelto que se irían a Oriente, así habría de suceder. Sin embargo, intentó hacer resistencia, no por sí misma, sino buscando aliados. Los encontró m el padre Pernía y en la señorita Berenice. El cura estaba en desacuerdo, no con el viaje en sí, no con la huida, sino con el azaroso rumbo que Carmen Rosa habla elegido.

– Está bien que te vayas, muchacha, antes de ver morir a los cuatro gatos que aquí quedamos. Pero, ¿por qué vas a escoger misión de aventurera? Vete a La Villa, a Cagua, a Caracas, donde viven familias decentes como la tuya, señoritas honradas y creyentes como tú.

– Es que yo no tengo un centavo, padre, sino los cuatro peroles de la tienda. ¿Quiere que me coloque de sirvienta en una casa de familia decente? ¿Que sirva a la mesa, que lave los pisos, que tienda las camas?

No era eso. El padre Pernía y ella misma sabían que estaban empleando argumentos postizos. Ambos comprendían que justamente la aventura, el riesgo, el bullir de las oscuras burbujas de petróleo, el chirrido de las cabrias, los gritos de los albañiles, atraían a una mujer hastiada de regar matas y de cuidar enfermos que inevitablemente se morían.

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