Miguel Silva - Casas muertas

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– Hablen más fuerte que no oigo, que no sé lo que dicen, que necesito saber lo que dicen, que me voy a morir como ustedes si no comprendo lo que dicen.

Y así un día y otro día, una noche y otra noche. Sebastián se contorsionaba en amargos vómitos cetrinos, contemplaba con aterrado fatalismo la mancha cada vez más sombría sobre el peltre de la bacinilla, sonreía cuando Carmen Rosa estaba presente para que ella no le adivinara el frío que le entumía el alma, caía en la atmósfera algodonosa del sopor, crepitaba en la fogata de la fiebre, se escapaba a la región alucinada del delirio.

– ¡Adentro, muchachos! ¡Viva la libertad! ¡Viva Sebastián Acosta, el León de Parapara!

A su lado peleaban hombres de todos los rincones del Llano, montados en caballos de todas las pintas, empuñando todas las armas de la tierra. Su compadre Feliciano mandaba un escuadrón de lanceros que embestía contra las trincheras del gobierno y reculaba un instante, con las lanzas floreadas de sangre enemiga, para volver a embestir en ventarrón de polvo, sudor y gritos.

– ¡Abajo Gómez, muchachos! ¡Viva la revolución! ¡Que toque la cometa! ¡Que toque paso de vencedores! ¡Que Sebastián Acosta está entrando en La Villa!

En las calles de La Villa era preciso hacer saltar los caballos para no pisar los cadáveres uniformados. Aquel de bruces sobre la acera, con un tiro feo en la nuca y un caño de sangre oscura que borboteaba como un manantial, era el coronel Cubillos.

El púrpura de la orina se fue tornando en vino, el vino en castaño, el castaño en pardo, el pardo en marrón, el marrón en café tinto, el café tinto en málaga, el málaga en negro.

34

Al cuarto día se negó la orina. La mirada anhelante buscaba vanamente en el peltre blanco un rastro de cualquier color. Los ojos acerados del padre Pernía, las pupilas cansadas del señor Cartaya, también se aferraban al círculo blanco donde estaba escrita una sentencia inapelable. Sebastián lo comprendía perfectamente. Así se había extinguido su compadre Eleuterio, en Parapara, seis meses antes.

Después que se secaba el manadero negro, sólo restaba acostarse de espaldas y esperar la muerte mirando las vigas del techo.

Cartaya y Pernía enmudecían impotentes. Darle quinina era agravarlo, ya lo sabían. La señorita Berenice trajo una jarra de cocimiento de guamacho. El curandero recetó riñón de cochino disuelto en agua caliente. Pero la orina no volvió. Las pupilas envenenadas de Sebastián se habían reducido a un punto negro, diminuto y fijo, como los ojos de los canarios.

Se estaba muriendo, sí, pasó dos días con sus noches muriéndose, pero no perdía la conciencia del trance, no dejaba de ser Sebastián Acosta sino cuando escapaba hacia la bruma enloquecida del delirio. Por el contrario, calculaba los pasos de la muerte con una precisión despiadada. Ya estaba en las calles de Ortiz esperándolo. Vino en su busca desde los túmulos abandonados del viejo cementerio. Estaría sentada ahora en los bancos de la plaza, soportando por culpa suya el arañazo del sol en los huesos desnudos. Del campanario de la iglesia volaría espantada una lechuza de cara chata. El próximo domingo, quizá el lunes, sería su entierro. Carmen Rosa lo lloraría mucho tiempo y cortaría cayenas y flores de capacho para su tumba.

– Yo no me quiero morir a los veinticinco años ¡carajo!

Estaba solo con el padre Pernía y dirigía a él las palabras destempladas, desafiantes, como si el cura tuviese la culpa de cuanto estaba sucediendo. Pero el padre Pernía respondió humildemente, con los ojos aguados:

– Tienes razón, hijo, tienes razón.

El moribundo cerraba los ojos y veía mosquitos brillantes titilando sobre un diminuto cielo oscuro. Y no vio nada más. Se desplomó en una larga postración insondable, obnubilado, casi ciego. Apenas las manos se movían, esbozaban gestos, se abrían en una diástole temblorosa.

De esas manos no separó Carmen Rosa la mirada en las últimas horas. En ellas se había refugiado la vida de Sebastián como en un reducto postrero, como en un empeño desesperado por no apagarse. ¿Y si esa pequeña vida triunfaba en batalla desigual y heroica, reconquistaba el cuerpo vencido, echaba a andar de nuevo el recio corazón y devolvía la luz a los valientes ojos negros?

– Ya está agarrando las sábanas -dijo desconsoladamente a su espalda la señorita Berenice.

Las manos de Sebastián, cual las de un ciego, tanteaban temblequeantes los bordes de la sábana, tamborileaban con dos dedos sobre la costura blanca. Después de aquello, bien lo sabía la señorita Berenice, se escucharía el áspero estertor de la muerte.

El padre Pernía bendijo el cadáver y le cubrió la faz amarilla. Carmen Rosa rompió a llorar sin trabas, refugiada la frente entre las manos, curvada sobre la mesa donde la lámpara de la Virgen del Carmen consumía sus últimas gotas de querosén. Así se mantuvo horas enteras, estremecida por los sollozos, sin mirar a la gente que entraba y salía del aposento, a merced de la fluencia de las lágrimas tanto tiempo cautivas.

Sólo levantó el rostro cuando en la torre de la iglesia comenzaron a doblar las campanas.

Capítulo XII. Casas muertas

35

Por la frente de Carmen Rosa, como por el caudal del Paya cuando los aguaceros lo trasnformaban en torrentoso rugido de linfa y pantano, surcaban gabarras fugitivas: rostros y palabras, sonidos y aromas, tiernas ramas tronchadas, el perfil indeleble de Sebastián. Ortiz había sido la capital del Guárico, la rosa de los Llanos, con hermosas casas enteras de dos pisos y fuegos artificiales que se desgajaban en estrellas verdes y rojas sobre la procesión de Santa Rosa. Su padre, don Casimiro Villena, la llevaba de la mano a ver bailar a Maruka, una osa triste que saltaba torpemente al son de la pandereta de un italiano vagabundo. Estaba sentada en un banco de la escuela de la señorita Berenice y oía cantar a un arrendajo entre las hojas del guayabo y a la maestra, pálida flor de tiza, decir: «Bolívar se casó, antes de cumplir 18 años, con María Teresa Rodríguez del Toro». Cuatro hombres zafios, de pantalones arremangados hasta la rodilla, hediondos a aguardiente, arrancaban las puertas de una desvalida casa sin dueño y dejaban apenas un boquete por donde se miraban desde la calle los verdes del patio abandonado. A la sombra de los airosos túmulos blancos del viejo cementerio lloraba Martica cuando le mostraron una calavera. El arcángel de la espada llameante se escapaba del Purgatorio para besarla en la boca mientras dormía. No, no era el arcángel, era Sebastián quien la besaba al pie del cotoperí, quien la apretaba contra su pecho, quien le ponía a latir el corazón locamente, como el corazón de los conejos. Por las calles desoladas de Ortiz pasaban, en un autobús amarillento, dieciséis estudiantes presos. Sebastián estaba ahí, con el mechón sobre la frente, ofreciendo a un estudiante negro su sombrero pelo de guama y diciendo: «Hay que hacer algo». Llovía de día y de noche sobre las ruinas, sobre los techos carcomidos y se desplomaban las paredes en el fango. Sebastián estaba de nuevo ahí, tendido en la cama del señor Cartaya, esculpido en la piedra más fría, dibujado en amarillo y silencio, en amarillo y muerte…

De vuelta del entierro de Sebastián, refugiada en el corredor de ladrillos, Carmen Rosa miraba entre lágrimas hacia las matas del patio, escuchaba trajinar a doña Carmelita en la tienda, advertía imprecisamente la presencia de Olegario que venía desde el río con el burro y murmuraba con el sombrero entre las manos:

– Buenas tardes, niña Carmen Rosa. La acompaño en su sentimiento.

Sonaron las campanas del atardecer y madre e hija recitaron la oración del ángelus. Bajaban bandadas de sombra a posarse sobre la armazón rota de la casa vecina. Doña Carmelita volvió a la tienda en busca de una lámpara. Olegario permanecía parado junto al pretil, borrándose lentamente en el flujo de penumbra, con el sombrero de cogollo entre las manos.

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