Esta noche no alumbra…
porque no tiene gas, porque no tiene gas…,
porque no tiene gas
Seguramente serían soldados, soldados de los que vienen con permiso después del duro trabajo de la guerra, y están exaltados siempre, y les gusta emborracharse.
Esta noche no alumbra…;
mañana alumbrará.
Era como una promesa; pero, pensó Marta sonriente, ya es mañana. Se levantó y pagó, para salir a la luz de la calle. Aquel día tenía la impresión vivísima de que se presentaba afortunado como ninguno. Pensó en su agenda: "un día de oro", escribiría allí. En la acera tiró una moneda a cara o cruz. Si salía cara, aquel día vería a Pablo. Salió cruz. Pero de todas maneras sabía que había de ver al pintor. Era como si alguien le hubiese soplado esa seguridad en el alma. Aturdida, oyó una fuerte palabrota. Unos hombres a su lado descargaban sacos.
– …¡Que la aplasto, cristiana! ¡Menéese! ¡Oh!
¡Ah, sí, todo el mundo trabajaba, se movía, vivía!
Los moros vendían sus abalorios. Los canarios, despaciosamente hacían sus trabajos. Iban andando como ella, las gentes de la mañana, pero todas con algún fin.
Se fue a ver el mar, rodeando el gran edificio de piedra que es el Teatro Pérez Galdós. Por la parte trasera del teatro llegó hasta el mar y vio su agua, rompiendo contra unas calles oscuras, húmedas, gorgoteando sus olas al retroceder entre las piedras, como protestando de que la ciudad volviera a la luz y le dejara frente a aquellas calles tristes. Pero Marta amaba aquellas espaldas de la ciudad.
Estaba subiendo la marea. Unos chiquillos, desgreñados, morenos, enteramente desnudos, jugaban entre las rocas como diosecillos paganos y descarados. Se tiraban en el fragor de la marea a nadar. Vieron a Marta y le dijeron algo que el ruido de las olas impedía entender. Ella sabía bien que no sería ningún cumplido lo que le dijeron.
Desde donde estaba asomada vio una larga calle oscura con un muro de contención para el mar, donde muy pronto las olas chocarían formando surtidores de espuma.
Al final de la calle el Parque de San Telmo, con sus palmeras, avanzaba briosamente sobre el agua; allí llegaban ya a romper aquellas grandes olas del Atlántico en la avanzada de su marea.
Marta volvió a sentir aquella sensación aguda de lo hermoso que era poder estar así viviendo suelta en aquel mundo sin hacer nada. Era más hermoso aún porque tenía la seguridad de que poder hacerlo era casi un milagro que sólo llenaría una parte muy corta de su vida. Tenía ganas de encontrar a Pablo y de contarle aquellas cosas, ya que a él le gustaba hablar de cosas así. Aquel día de enero, un veintiséis de enero, lleno de nubes blancas y de sol cálido, aquel día lo iba a ver.
Lo vio. Pero no en los alrededores de su casa, como había imaginado, y a donde llegó mediada la mañana, como atraída por un imán. Estuvo descaradamente esperándolo, cerca de media hora, por sus alrededores. Como casi todos los días anteriores fue inútil. Era aquello una espera enervante al sol; a veces se ponía a mirar el agua y veía su florida espuma hirviendo. "Cuando pasen diez olas miraré." Cuando pasaban diez olas miraba hacia la casa de Pablo… Nadie. Entonces le daba miedo de que él hubiera salido y hubiese pasado a sus espaldas sin verla.
Imaginaba luego a Pablo en su habitación. Ahora se arreglará la corbata, ahora se pondrá la chaqueta, ahora sale por el pasillo oscuro… Le parecía sentir su bastón golpeando, y sentía luego que sólo era los latidos de su corazón. Pablo no salió. Cansada ya, con las piernas doloridas y la boca seca de aquella espera, se metió en el viejo parque de la Ciudad Jardín. Recorrió sus senderos amarillos llenos del olor pesado y magnífico de grandes flores blancas, llenos del bordoneo de los moscardones que celebraban una fiesta de primavera eterna. Había un drago enorme con un banco alrededor de su tronco, y se sentó allí. Estaba mucho más deprimida que en la mañana; casi con ganas de llorar. Veía contra el cielo una fiesta de palmeras con troncos cargados de geranios trepadores. Un conjunto de plantas siempre verdes. Siempre, hasta el cansancio, floridas.
Se preguntó, asustada, cuánto tiempo duraría para aquel pintor el encanto de esta dulzura siempre igual; cuánto le duraría a él, que venía de los países donde cambian las estaciones. Ni siquiera sabía ella por qué causa había llegado Pablo allí. Decía Honesta que porque las islas eran el lugar más tranquilo y más alejado de la guerra que había en España, y quizá porque quería un nuevo paisaje para pintar. Pero la guerra terminaría pronto, y lo mismo que los parientes peninsulares él se marcharía.
El pensamiento este la trastornó. Hacia ya días que, con el nuevo atrevimiento que ahora había adquirido desde que hablaba con Pablo, Marta dijo claramente a cu hermano José que ella quería irse a Madrid con los parientes, a estudiar, cuando la guerra acabara. José se había negado redonda y terminantemente a dejarle concebir la más pequeña ilusión. A Marta no se le había perdido nada fuera de la isla, nada… Cuando ella le contó esto a Pablo, fue cuando el pintor le explicó aquella teoría de que todo lo que se desea de veras se alcanza.
Marta tenía la cabeza apoyada en el tronco del drago. Es un árbol de siglos, casi humano. Un árbol cuyo tronco retorcido finge cuerpos apasionadamente enlazados; su copa de hojas duras, agudas como pequeñas pitas, araña la suavidad, la sed del cielo, y una savia roja corre bajo su corteza. No es bueno pensar en quien se quiere con la cabeza apoyada en este árbol de tierras cálidas. Su silencioso misterio no se envuelve en brumas, se recorta duramente en la luz deslumbrante y sin frío. Está pidiendo realidad. No quiere sombras; si el cuchillo le hiere, no disfraza sus zumos de frescura y de agua; suelta sangre como la carne de los hombres al herirse. Siglos y siglos está quieto bajo el sol y las tibias noches de estrellas bajas, esperando. Marta sentía detrás de su cabeza la palpitación de aquella sangrienta sabiduría del drago. "Realidad, realidad, besos en la noche, besos… Realidad, Marta Camino, ¿qué esperas de este hombre, de este amigo? No te va a dar nada. No lo amas. Nunca te abrazará, nunca te dará hijos. Te hace soñar en otros países, te hace soñar con la pureza de la vida y del arte. Pero, ¿qué es eso? La vida para una mujer es amor y realidad. Amor, realidad, palpitación de la sangre. Tu boca ancha es triste y respira voluptuosidad aunque tus ojos sean puros. Tienes dentro de ti semillas de muchos hijos que han de nacer; eres como una tierra nueva y salvaje y debes esperar como la tierra, quieta, el momento de dar plantas.
"No se puede perder la vida, los minutos hermosos de la vida, en esperar a una persona que no viene, en sobresaltarse creyendo oír el ruido de un bastón en la acera. No se puede. Yo tengo mil años de vida en tierras cálidas, y te digo: «No sabes nada, no busques nada. Eres una loca»."
Marta estaba sentada. No sabía cuánto tiempo estuvo así con los ojos entrecerrados de cansancio, apoyada en el tranco del drago.
No sabía que a aquellas horas había gente que hablaba de sus paseos con el pintor como de algo pecaminoso y sin precedentes en una criatura de su educación. No entendía tampoco aquel sopor, aquella angustia de su vida apoyada contra el tronco del árbol.
De pronto se sobresaltó. Era como si la hubieran llamado en medio de un sueño profundo, y se le ennegrecieron delante de los ojos todos los contornos de las plantas en el día despiadadamente luminoso.
Se puso en pie. El deseo de ver al pintor se le hizo fuerte y desesperado.
Se echó a correr por los senderos del viejo parque Doramas, donde las plantas de países cálidos y templados ponían su sombra confundida en los senderos amarillos. Según iba corriendo, se calmaba.
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