Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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«¡Cochino golfo! -gritó Orphia Phillips a Gibreel después de subir por la escalera de caracol los doscientos cuarenta y siete escalones del desengaño-. Tú no eres un diablo decente. ¿Quién te pedía que me fastidiaras la vida?»
Hasta la aureola se ha apagado, como bombilla que se funde, y no sé dónde está la tienda. Gibreel, sentado en un banco de los jardincillos cercanos a la estación, cavilaba sobre la futilidad de su empeño. Y observó que, una vez más, afloraban blasfemias: si el dabba llevaba una marca equivocada y, por lo tanto, era puesto en un recipiente incorrecto, ¿era del dabbawalla la culpa? Si los efectos especiales -alfombra voladora o similar- no funcionaban y veías tremolar la orla azul en el contorno del viajero, ¿había que reprocharlo al actor? Ergo, si su cometido angélico dejaba que desear, ¿de quién era la culpa, por favor? ¿Suya o de algún otro Personaje? Los niños jugaban en el jardín de sus dudas, entre nubes de mosquitos, rosales y desesperación. Al escondite, a los cazafantasmas, a correr y parar. Eleoenedeerreeese, Londres. Gibreel se decía que la caída de los ángeles no era lo mismo que el Resbalón de la Mujer y el Hombre. En el caso de las personas humanas, se trataba de una cuestión moral. No comerás el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, y comieron. La mujer primero y, a instancias suyas, el hombre, adquirieron las normas éticas verboten, con dulce sabor a manzana: la serpiente les proporcionó un sistema de valores. Permitiéndoles, entre otras cosas, juzgar a la propia Deidad, haciendo posibles, con el tiempo, las peliagudas preguntas: ¿Por qué el mal? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué la muerte? Y tuvieron que marcharse. Eso no quería que Sus criaturitas, tan monas ellas, se salieran del tiesto. Los niños se reían en su cara: hay algo extraaaño en el vecindaaario. Le encañonaban con sus desintegradoras como si de un fantasma de medio pelo se tratase. ¡Fuera de ahí!, ordenó una mujer, muy pulcra, blanca, pelirroja, con una ancha franja de pecas atravesada en la cara; había repugnancia en su voz. ¿Me habéis oído? ¡Ya! Mientras que el batacazo de los ángeles fue simple cuestión de poder: un caso clarísimo de celestial labor de policía, castigo a la rebelión, un buen escarmiento, no fuera a cundir el ejemplo. Y qué poca confianza en Sí misma tenía esta Deidad, Que no quería que Sus mejores creaciones distinguieran el bien del mal; y Que reinaba por el terror, exigiendo la sumisión incondicional incluso a Sus más íntimos colaboradores, despachando a los disidentes a Sus ardientes Siberias, a los gulags del infierno… Gibreel se contuvo. Éstos eran pensamientos satánicos que le metía en la cabeza Iblis-Beelzebub-Shaitan. Si la Entidad estaba castigándole todavía por su desfallecimiento en la fe, ésta no era la manera de hacerse merecedor del perdón. Debía perseverar hasta que, purificado, sintiera que se le había restituido toda su fuerza. Trató de dejar la mente en blanco, mientras, sentado en su banco, miraba, a la luz del atardecer, a los niños que jugaban (ahora a cierta distancia). Ip-dip-sky-blue who's-there-not-you not-because-you're-dirty not-because-you're-clean, y aquí le pareció que uno de los niños, muy serio, de unos once años, con ojos enormes, le miraba fijamente: my-mother-says you're-the-fairy-queen. [2]
Se le apareció Rekha Merchant, toda alhajas y sedas. «Los bachchas te cantan canciones de mofa, Ángel del Señor -le dijo, burlona-. Ni esa pobre taquillera sacó una gran impresión de ti. Mal te veo, baba.»
Pero en esta ocasión el espíritu de Rekha Merchant, la suicida, no venía únicamente a burlarse. Él, con vivo asombro, le oyó afirmar que la causa de todos sus sinsabores era ella: «¿Imaginas que sólo manda tu Cosa Una? -le gritó-. Mira, tesoro, deja que te ilustre.» Sus modismos jactanciosos, típicos del habla de Bombay, le hicieron sentir una punzada de nostalgia por la ciudad perdida, pero ella prosiguió, sin darle tiempo a reponerse: «Recuerda que yo morí de amor por ti, sabandija; ello me da ciertos derechos. Concretamente, el de vengarme de ti arruinándote la vida. El hombre que hace dar el salto a la mujer que lo ama tiene que pagar, ¿no crees? De todos modos, es la regla. Pero ya hace mucho tiempo que te llevo de coronilla y empiezo a estar harta. ¡No olvides que yo siempre fui generosa y perdonaba como nadie! Y cómo te gustaba mi perdón, ¿eh? Por lo tanto, he venido para decirte que siempre es posible el compromiso. ¿Quieres que hablemos o prefieres seguir extraviado en esta locura y convertirte no en un ángel, sino en un perdido, un desgraciado?»
Gibreel preguntó: «¿Qué compromiso?»
«¿Qué compromiso va a ser? -repuso ella, transfigurada, toda dulzura, con los ojos brillantes-. Mi farishta, es tan poca cosa…»
Sólo que él dijera que la amaba;
Sólo que él lo dijera y, una vez a la semana, cuando ella viniera a acostarse con él, le demostrara su amor;
Sólo que la noche que él señalara, todo fuera otra vez como durante los viajes de negocios del hombre de los cojinetes;
«Entonces yo pondré fin a las aberraciones de la ciudad con las que ahora te obsesiono; no estarás poseído por esta idea insensata de cambiar, de redimir la ciudad, como si fuera un objeto dejado en la tienda de empeños; todo será paz-paz; hasta podrás vivir con tu titi carablanca y ser la mayor estrella de cine del mundo; ¿cómo voy a tener celos, Gibreel, si estoy muerta? No quiero que digas que soy tan importante como ella, no; yo me conformo con un amor de segunda, plato de segunda mesa, el repuesto. ¿Qué te parece, Gibreel? Sólo dos palabras; ¿qué dices?» Dame tiempo.
«No es como si pidiera algo nuevo, algo que no hubieras aceptado, hecho, gozado. No es tan malo acostarse con un fantasma. ¿Qué me dices de aquella noche en casa de la vieja Mrs. Diamond, en el cobertizo de la playa? Una verdadera tamasha, ¿no crees? ¿Y quién te lo preparó? Mira, yo puedo tomar la forma que prefieras; es una de las ventajas de mi condición. ¿Deseas otra vez a la fulana de la edad de piedra que estaba en el cobertizo? A las tres. ¿Quieres la viva imagen del témpano de tu escaladora, esa marimacho sudorosa? Pues allakazoo, allakazam. ¿Quién crees que estaba allí esperándote cuando murió la vieja?»
Él pasó la noche recorriendo las calles de la ciudad, que ahora estaban quietas, normales, como si hubieran sido sometidas otra vez a leyes naturales; mientras Rekha -que flotaba en su alfombra delante de él, un poco más arriba de su cabeza, como una artista en un escenario- le daba la más dulce de las serenatas acompañándose con un viejo armonio con costados de marfil, cantando de todo, desde los gazals de Faiz Ahmed Faiz hasta la mejor música de viejas películas, como la intrépida canción que entona la danzarina Anarkali en presencia del gran mogol Akbar en el clásico de los años cincuenta Mughal-e-Azam, para proclamar con gozo su amor imposible y prohibido por el príncipe Salim, «Pyaar kiya to darna kya?». Es decir, poco más o menos, ¿por qué temer al amor? Y Gibreel, que fue abordado cuando se hallaba en el jardín de la duda, sentía que la música le prendía el corazón con unos hilos que lo llevaban hacia ella, porque lo que Rekha le pedía era, como decía ella, tan poca cosa, al fin y al cabo.
Llegó al río, y a otro banco, camellos de hierro forjado que sostenían unos maderos debajo del obelisco de Cleopatra. Se sentó y cerró los ojos. Rekha cantaba unos versos de Faiz:
No me pidas, mi amor,
aquel amor que te tuve…
Qué hermosa eres aún, mi amor,
mas yo estoy desvalido;
porque el mundo tiene otras penas además del amor,
y otros placeres también.
No me pidas, mi amor,
aquel amor que te tuve.
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