Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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«Buenos días», dijo él, y la taquillera respondió amargamente: «Lo que tienen de bueno quisiera yo saber», y entonces llegaron las lágrimas, gordas, globulares y abundantes.
«Vamos, vamos, hija», dijo él, y la muchacha le miró con incredulidad. «Usted no es cura», opinó. Él respondió, vacilando un poco: «Yo soy el arcángel Gibreel.» Ella se echó a reír con la misma brusquedad con que empezara a llorar. «Los únicos ángeles que tenemos aquí son los que ponen en las farolas en Navidad. Iluminaciones navideñas. Los del consejo municipal los cuelgan del cuello.» Él no se amilanó. «Yo soy Gibreel -repitió, mirándola sin pestañear-. Habla.» Y, con asombro de sí misma, que sería expresado con todo énfasis, yo es que no puedo creer que yo hiciera eso, contarle mi vida a un vagabundo, no es propio de mí, sabe usted, la taquillera empezó a hablar.
Se llamaba Orphia Phillips, veinte años, padres vivos y a su cargo, y más ahora que la idiota de Hyacinth, su hermana, había perdido su empleo de fisioterapeuta por «andarse con tonterías». Él -porque, desde luego, había un él- se llamaba Uriah Moseley. Últimamente se habían instalado en la estación dos relucientes ascensores, y Orphia y Uriah eran los encargados de su manejo. En horas punta, cuando funcionaban los dos ascensores, había poco tiempo para conversación; pero durante el resto del día sólo se usaba uno. Orphia se situaba en el punto de recogida de billetes, mismamente enfrente, y Uri pasaba muchos ratos abajo con ella, apoyado en la puerta de su reluciente ascensor y hurgándose en la boca con un mondadientes de plata que su bisabuelo había liberado de algún antiguo plantador. Aquello era el verdadero amor. «Pero yo me dejo llevar del sentimiento -sollozó Orphia-. Demasiado impulsiva, poco seso.» Una tarde, durante una calma, ella abandonó su puesto y se puso delante de él, que estaba apoyado en el ascensor hurgándose los dientes y, al ver cómo le miraba, guardó el mondadientes. Después de aquello, él iba a trabajar con un paso más vivo y elástico; también ella estaba en la gloria mientras descendía a las entrañas de la tierra día tras día. Sus besos eran cada vez más largos y apasionados. A veces ella no se soltaba ni cuando sonaba el zumbador de llamada, y Uriah tenía que desasirse al grito de: «Calma, niña, el público.» Uriah tenía verdadera vocación para su trabajo. Solía hablarle de lo orgulloso que estaba de su uniforme, de la satisfacción que le producía estar en un servicio público, dedicar su vida a la sociedad. A ella esto le parecía un poco pedante y de buena gana le hubiera dicho: «¡Chico, Uri, que no eres más que un ascensorista!», pero, intuyendo que este realismo no sería bien recibido, ella se mordía su descarada lengua, mejor dicho, se la guardaba.
Sus abrazos en el túnel se convirtieron en guerras. Él trataba de zafarse, estirándose la chaqueta, pero ella le mordía la oreja y le metía la mano por el pantalón. «Estás loca», decía él, pero ella seguía y preguntaba: «¿Sí? ¿Te molesta?»
Fueron sorprendidos, como era de esperar: una señora de cara afable con pañuelo a la cabeza y chaqueta de cheviot presentó una queja. Tuvieron suerte de no perder el empleo. Orphia fue «apeada» de los ascensores y encerrada en la taquilla. Y, lo que era peor, su lugar fue ocupado por Rochelle Watkins, la beldad de la estación. «Yo sé muy bien lo que ocurre -exclamó, furiosa-. Yo veo la cara de Rochelle cuando pasa por aquí, arreglándose el pelo y demás.» Ahora Uriah rehuía la mirada de Orphia.
«No sé qué ha hecho usted para que le cuente mis cosas -terminó, desconcertada-. Usted no es un ángel. Eso, seguro.» Pero, por más que se esforzaba, no conseguía sustraerse al influjo de su hipnótica mirada. «Yo sé lo que hay en tu corazón», dijo él.
Por la taquilla le tomó una mano que se le abandonó. Sí, eso era, la fuerza del deseo que había en ella llegaba hasta él, permitiéndole comunicársela nuevamente a la muchacha, estimulándola a la acción, permitiéndole decir y hacer lo que más necesitaba; esto era lo que él recordaba, esta facultad para unirse a la persona a la que se aparecía, de manera que lo que sucedía a continuación era producto de esta comunión. Al fin, pensó, vuelven las funciones arcangélicas. Dentro de la taquilla, la empleada del metro Orphia Phillips había cerrado los ojos, tenía el cuerpo relajado en la silla, pesado y aletargado, y sus labios se movían. Y los de él también, al unísono. Así. Ya estaba.
En aquel momento, el jefe de estación, un hombrecillo colérico con nueve largos pelos pegados sobre la calva de oreja a oreja, salió por su puertecita como el cuco de un reloj. «¿A qué está jugando? -gritó a Gibreel-. Fuera de aquí o llamo a la policía. -Gibreel se quedó donde estaba. El jefe de estación, al ver a Orphia salir del trance, empezó a chillar-: Usted, Phillips. Vamos, es que no he visto cosa igual. Cualquier cosa que lleve pantalones; pero esto es ridículo. Vamos, en mi vida. Y durmiendo en el puesto de trabajo, pero vamos. -Orphia se levantó, se puso el impermeable, recogió el paraguas plegable y salió de la taquilla-. Y abandonar un servicio público. Entre ahí inmediatamente si no quiere verse en la calle, puede estar bien segura. -Orphia se fue hacia la escalera de caracol y bajó a niveles inferiores. Privado de su empleada, el jefe de estación se encaró con Gibreel-: Fuera de aquí. Ahueca. Anda, anda a tu agujero.»
«Yo espero el ascensor», respondió Gibreel dignamente.
Cuando llegó abajo, Orphia Phillips dobló una esquina y vio a Uriah Moseley apoyado en la garita de recogida de billetes de aquel modo tan suyo, y a Rochelle Watkins mirándole con una sonrisa bobalicona. Pero Orphia sabía lo que tenía que hacer. «¿Has dejado a Chelle tocar el palillo, Uri? -dijo con una cantilena-. Seguro que le encantaría.»
Los dos se irguieron bruscamente. Uriah empezó a defenderse con bravuconería: «No seas ordinaria, Orphia.» Pero la mirada de ella le dejó cortado. Luego, Uriah empezó a andar hacia ella, como en sueños, dejando plantada a Rochelle. «Muy bien, Uri -dijo ella con suavidad, sin apartar de él la mirada ni un instante-. Ven aquí. Ven con mamá.» Ahora atrás hasta el ascensor, y adentro con él, y luego arriba y adiós. Pero algo fallaba. El ya no andaba. Rochelle Watkins estaba a su lado, demasiado cerca la condenada, y él se había parado. «Díselo, Uriah -dijo Rochelle-. Dile que aquí abajo no funciona su estúpido obeah.» Uriah pasaba el brazo alrededor de Rochelle Watkins. No era así como ella lo había soñado, como ella estaba rematadamente segura que sería, después de que el tal Gibreel le tomara la mano, así, ni más ni menos que si estuvieran destinados; farsante, pensó. Pero ¿qué le ocurría? Se adelantó. «Sácamela de encima, Uriah -gritó Rochelle-. Me destroza el uniforme y todo.» Ahora, Uriah, agarrando a la frenética taquillera por las muñecas, le comunicó la noticia: «¡Me caso con ella! -Y Orphia se quedó sin ánimo de luchar. Las trencitas dejaron de saltar haciendo tintinear los abalorios-. O sea que estás fuera de servicio, Orphia Phillips -prosiguió Uriah, resoplando un poco-. Y, como ha dicho la señorita, el obeah no cambiará nada.» Orphia, también respirando fatigosamente, con la ropa desordenada, se dejó caer al suelo y quedó sentada, apoyada en la pared curva del túnel. Hasta ellos subió el ruido de un tren que se acercaba; los prometidos para casarse corrieron a sus puestos, arreglándose la ropa y dejando a Orphia sentada en el suelo. «Muchacha -dijo Uriah Moseley a modo de despedida-, tú eras demasiado lanzada para mí.» Rochelle Watkins envió un beso a Uriah desde su garita de recogida de billetes; él, apoyado en su ascensor, se hurgaba los dientes. «Cocina casera -le había prometido Rochelle-. Y sin sorpresas.»
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