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Mario Llosa: Elogio De La Madrastra

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Mario Llosa Elogio De La Madrastra

Elogio De La Madrastra: краткое содержание, описание и аннотация

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Con la sabiduría del meticuloso observador que es y gracias a la seductora ceremonia del bien contar, Vargas Llosa nos induce sin paliativos a dejarnos prender en la red sutil de perversidad que, poco a poco, va enredando y ensombreciendo las extraordinarias armonía y felicidad que unen en la plena satisfacción de sus deseos a la sensual doña Lucrecia, la madrastra, a don Rigoberto, el padre, solitario practicante de rituales higiénicos y fantaseador amante de su amada esposa, y a inquietante Fonchito, el hijo, cuya angelical presencia y anhelante mirada parecen corromperlo todo. La reflexión múltiple sobre la felicidad, sus oscuras motivaciones y los paradójicos entresijos del poder putrefactor de la inocencia, que subyace en cada una de sus páginas, sostiene una narración que cumple con las exigencias del género sin por ello deslucir la rica filigrana poética de la escritura.

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La historia real de lo ocurrido con Giges, mi guardia y ministro, no se parece mucho a las habladurías sobre el episodio. Ninguna de las versiones que he oído roza siquiera la verdad. Siempre es así: aunque la fantasía y lo cierto tienen un mismo corazón, sus rostros son como el día y la noche, como el fuego y el agua. No hubo apuesta ni trueque de ninguna especie; todo ocurrió de improviso, por un súbito arranque mío, obra de la casualidad o intriga de algún diosecillo juguetón.

Habíamos asistido a una interminable ceremonia en el descampado vecino a Palacio, donde las tribus vasallas venidas a presentarme sus tributos ensordecieron nuestros oídos con sus cantos salvajes y nos cegaron con la polvareda que levantaban las acrobacias de sus jinetes. Vimos también a una pareja de esos hechiceros que curan los males con ceniza de cadáveres y a un santo que oraba girando sobre los talones. Este último fue impresionante: impulsado por la fuerza de su fe y por los ejercicios respiratorios que acompañaban su danza -un jadeo ronco y creciente que parecía salir de sus entrañas- se convirtió en un remolino humano, y, en un momento dado, su velocidad lo desapareció de nuestra vista. Cuando de nuevo se corporizó y se detuvo, sudaba como los caballos después de una carga y tenía la palidez alelada y los ojos aturdidos de los que han visto a un dios o a varios.

De los hechiceros y el santo estábamos hablando mi ministro y yo, mientras paladeábamos una copa de vino griego, cuando el buen Giges, con ese chispeo malicioso que la bebida deposita en su mirada, bajó de pronto la voz para susurrarme:

– La egipcia que he comprado tiene el trasero más hermoso que la Providencia concedió nunca a una mujer. La cara es imperfecta; los pechos menudos y suda en exceso; pero la abundancia y generosidad de su posterior compensa con creces todos sus defectos. Algo cuyo solo recuerdo me produce vértigo, Majestad.

– Muéstramelo y yo te mostraré otro. Compararemos y decidiremos cuál es el mejor, Giges.

Lo vi desconcertarse, parpadear y entreabrir los labios para no decir nada. ¿Creyó que me burlaba? ¿Temió haber oído mal? Mi guardia y ministro sabía muy bien de quién hablábamos. Formulé aquella propuesta sin pensar, pero, una vez hecha, un gusanito dulzón comenzó a roerme el cerebro y a causarme ansiedad.

– Te has quedado mudo, Giges. ¿Qué te ocurre?

– No sé qué decir, señor. Estoy confuso.

– Ya lo veo. En fin, responde. ¿Aceptas mi oferta?

– Su Majestad sabe que sus deseos son los míos.

Así comenzó todo. Fuimos primero a su residencia y, al fondo del jardín, donde están las termas de vapor, mientras sudábamos y su masajista nos rejuvenecía los miembros, examiné a la egipcia. Una mujer muy alta, con el rostro averiado por esas cicatrices con que las gentes de su raza consagran a las muchachas púberes a su sangriento dios. Ya había dejado atrás la juventud. Pero era interesante y atractiva, lo admito. Su piel de ébano brillaba entre las nubes de vapor como si hubiera sido barnizada y todos sus movimientos y actitudes revelaban una extraordinaria soberbia. No había en ella asomo de ese abyecto servilismo tan frecuente en los esclavos para ganar el favor de sus dueños, sino más bien una elegante frialdad. No entendía nuestro idioma pero descifraba al instante las instrucciones que mediante gestos le impartía su amo. Cuando Giges le indicó lo que queríamos ver, ella, envolviéndonos a ambos unos segundos en su mirada sedosa y despectiva, dio media vuelta, se inclinó y con ambas manos levantó su túnica, ofreciéndonos su mundo trasero. Era notable, en efecto, y milagroso para quien no fuera el marido de Lucrecia, la reina. Duro y esférico, sí, de curvas suaves y de una piel lampiña y granulada, de visos azules, por la que resbalaba la mirada como sobre el mar. La felicité y felicité también a mi guardia y ministro por ser propietario de tan dulce delicia.

Para cumplir la parte que me correspondía de la oferta, debimos actuar con el mayor sigilo. Aquel episodio con Atlas, el esclavo, fue profundamente chocante para mi mujer, ya lo he dicho; se prestó a ello porque Lucrecia complace todos mis caprichos. Pero la vi avergonzarse de tal modo mientras Atlas y ella representaban infructuosamente la fantasía que tramé, que me juré a mí mismo no volver a someterla a prueba semejante. Aún ahora, corrido tanto tiempo desde aquella ocurrencia, cuando del pobre Atlas no deben quedar sino los huesos pulidos en el hediondo barranco lleno de buitres y halcones donde sus restos fueron arrojados, la reina se despierta a veces en la noche, sobresaltada de zozobra en mis brazos, pues en el sueño la sombra del etíope ha vuelto a enardecerse encima de ella.

De modo que esta vez hice las cosas sin que mi amada lo supiera. Por lo menos ésa fue mi intención, aunque, recapacitando, hurgando en los resquicios de mi memoria lo sucedido aquella noche, a veces dudo.

Hice entrar a Giges por la puertecilla del jardín y lo introduje en el aposento mientras las doncellas desnudaban a Lucrecia y la perfumaban y la untaban con las esencias que a mí me gusta oler y saborear sobre su cuerpo. Indiqué a mi ministro que se ocultase detrás del cortinaje del balcón y que procurara no moverse ni hacer el menor ruido. Desde esa esquina, tenía una visión perfecta del hermosísimo lecho de columnas labradas, con escalinatas y cortinas de raso rojo, recargado de almohadillas, sedas y preciosos bordados, donde la reina y yo libramos cada noche nuestros encuentros amorosos. Y apagué todos los mecheros de manera que la habitación quedó apenas iluminada por las lenguas crujientes del hogar.

Lucrecia entró poco después, flotando en una vaporosa túnica semitransparente, de seda blanca, con filigrana de encaje en los puños, el cuello y el ruedo. Llevaba un collar de perlas, una cofia y envolvían sus pies unas chinelas de madera y fieltro, de tacón alto.

La tuve así un buen rato, gustándola con los ojos y regalándole a mi buen ministro ese espectáculo para dioses. Y mientras la contemplaba y pensaba en que Giges lo hacía también, esa maliciosa complicidad que nos unía súbitamente me inflamó de deseo. Sin decir palabra avancé sobre ella, la hice rodar sobre el lecho y la monté. Mientras la acariciaba, la cara barbada de Giges se me aparecía y la idea de que él nos estaba viendo me enfebrecía más, espolvoreando mi placer con un condimento agridulce y picante hasta entonces ignorado por mí. ¿Y ella? ¿Adivinaba algo? ¿Sabía algo? Porque creo que nunca la sentí tan briosa como esa vez, nunca tan ávida en la iniciativa y en la réplica, tan temeraria en el mordisco, el beso y el abrazo. Acaso presentía que, aquella noche, quienes gozábamos en esa habitación enrojecida por la candela y el deseo no éramos dos sino tres.

Cuando, al amanecer, Lucrecia ya dormida, me deslicé en puntas de pie fuera del lecho, para guiar a mi guardia y ministro hasta la salida del jardín, lo encontré temblando de frío y de pasmo.

– Usted tenía razón, Majestad -balbuceó, extasiado y trémulo-. Lo he visto y es tan extraordinario que no puedo creerlo. Lo he visto y aún me parece que sólo lo soñé.

– Olvídate de todo ello cuanto antes y para siempre, Giges -le ordené-. Te he concedido este privilegio en un arrebato extraño, sin haberlo meditado, por el aprecio que te tengo. Pero, cuidado con tu lengua. No me gustaría que esta historia se volviera habladuría de taberna y chisme de mercado. Podría arrepentirme de haberte traído aquí.

Me juró que nunca diría una palabra. Pero lo ha hecho. ¿Cómo, si no, correrían tantas voces sobre el suceso? Las versiones se contradicen, cada cual más disparatada y más falsa. Llegan hasta nosotros y, aunque al principio nos irritaban, ahora nos divierten. Es algo que ha pasado a formar parte de este pequeño reino meridional de aquel país que siglos más tarde llamarán Turquía. Igual que sus montañas resecas y sus súbditos rústicos, igual que sus tribus itinerantes, sus halcones y sus osos. Después de todo, no me desagrada la idea de que, una vez que haya corrido el tiempo, tragándose todo lo que ahora existe y me rodea, para las generaciones del futuro sólo perdure, sobre las aguas del naufragio de la historia de Lidia, redonda y solar, munificente como la primavera, la grupa de Lucrecia la reina, mi mujer.

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