Carmen miró a Frufrú con timidez antes de contestar a Anita.
– Sí, señorita. Doña Frufrú lo sabe. El pobre no se acostumbra a estar en otro sitio. Claro que no puede dejarse ver… Pero aunque tiene su puerta abierta y puede bajar a la casa o estar en nuestra casa cuando no hay peligro, no quiere. Hace lo mismo que hacía antes. Se pasa horas y horas en la torre tallando barcos y sólo con una rayita de luz cuando es de día, aunque le digo que puede abrir la ventana de atrás. Por la noche sale al bosque y luego a dormir otra vez en la torre. Así está el pobrecito, como un cordero.
– Vamos -dijo Anita.
A Martín no le agradaba hacer aquella visita. Ya sabía que Anita y Carlos tenían conversaciones con Damián, pero Martín no le había vuelto a ver desde el día en que le encontraron. Y no había tenido otro contacto con Damián que el de sujetarle cuando intentó escapar por el hueco de la ventana. Aún recordaba la peste del agrio sudor de Damián mezclada al mal olor que había en todo el cuarto.
No tenía ganas de subir, pero como siempre siguió a Carlos y Anita. Damián había cerrado las maderas de las ventanas y tenía encendida una pequeña bombilla eléctrica en una lámpara antigua de Mr. Pyne, con pantalla de seda azul. Anita abrió la puerta sin llamar y el hombre se sobresaltó.
Efectivamente, como había dicho Carmen estaba tallando madera con su terrible y afilada navaja que dejó sobre la mesa, junto a la lamparita, cuando entraron los chicos. La habitación no olía tan mal como la otra vez. El cubo con tapadera había desaparecido y el colchón sobre el que dormía Damián estaba doblado. Pero a pesar de la limpieza hecha por Carmen se notaba que la habitación se había ido impregnando de la vida de aquel hombre. Los muebles que estaban unos sobre otros, los jarros cubiertos con paños blancos, las bonitas y delicadas sillas, las dos mesitas donde Damián colocaba sus barcos de vela unos junto a otros, todo estaba como empapado de un aliento a madriguera salvaje.
Martín, al mirar a Damián, se fijó otra vez en el tremendo parecido entre este hombre y el «Torcío», el loco pacífico del pueblo. El parecido no tenía nada de particular, pues el «Torcío» era primo de Damián. Pero lo que llamaba la atención a Martín era algo más importante que la semejanza de las facciones. Era un parecido en la fijeza de los ojos, en algo impalpable y fuera de toda razón.
Anita se sentó en la silla que había libre junto a Damián, cruzando descuidadamente las piernas y Damián miró hacia aquellas piernas con una sonrisa parada. Luego, Martín oyó su voz.
– Ya vienen a acompañarme, ya vienen a acompañarme.
Esta repetición de la frase, que luego Martín se dio cuenta de que era habitual en aquel hombre, le causó una impresión grande al chico. Sobre todo dicha con la voz cavernosa de Damián.
– Cuéntanos cosas, Damián -dijo Anita-, anda, que tú sabes contar cosas muy interesantes. Cuenta que te oigan Martín y Carlos lo que dijiste ayer en tu casa delante de tu suegro. Lo de aquella cueva donde dormías y te caían gotas de agua desde el techo. Era en el monte, ¿verdad?
– No estaba en el monte. Nunca estuve en el monte.
– Bueno, ¿pues dónde estabas, Damián?
Martín, junto a Carlos, tenía ganas de preguntar por qué Anita tuteaba a Damián cuando a Carmen la llamaba de usted y a Paco también. Pero no se atrevía a hacer pregunta alguna. Sólo recogía, en algunos momentos, las miradas de reojo de Carlos y su sonrisa.
– No digo nada, yo no digo nada.
Damián había dejado de mirar a Anita y miraba ahora como alucinado hacia adelante. Después sonrió con aquella sonrisa que tanto horrorizaba a Martín. Produjo el mismo chasquido de lengua que el primer día y volvió a hacer el ademán de que le cortaban el cuello.
– No seas tonto, Damián. Nadie te va a hacer daño. Mi padre, el señor Corsi, ¿sabes?, te ayudará a escapar si se lo pedimos.
– Los ricos no ayudan.
– Uf, qué idea. Papá sí. Te ayudará a escapar. Porque tú no querrás quedarte aquí toda la vida, ¿verdad?. Tu suegro dijo a Frufrú que querían conseguirte un pasaporte, pero luego se ha vuelto tan misterioso que no hay manera de sacarle una palabra más. ¿Quieres marcharte?
– Yo quiero vivir como todo el mundo. Yo no necesito nada para vivir. Un poco de pescado, unos tomates. No quiero más. Yo quiero vivir como todo el mundo.
– Pues entonces sal de esta habitación y ponte a vivir con Carmen. Si tú no has hecho nada no te harán nada tampoco.
Martín vio con horror que las manos de Damián, anchas, pálidas, con las uñas negras y rotas, empezaban a temblar. Tenía el hombre una mano apretada sobre cada una de sus rodillas. Y las rodillas, bajo el pantalón desteñido y remendado, empezaban a temblar también.
– Ellos no saben si yo he hecho o no he hecho. Yo tengo mis ideas, eso es lo que saben. Todos prendíamos fuego. Todos, todos. Yo no he hecho nada malo. Yo no he hecho nada malo.
Martín tenía ganas de marcharse de allí. Habla algo alucinante en las grandes sombras que se formaban en el techo y en los rincones de los muebles, en la cara grisácea de Damián con sus cejas espesas y canosas y sus cabellos revueltos que la sombra de la pared convertía en un bosque. Había un ambiente alrededor de aquel pobre hombre que a Martín le ponía enfermo. Pero no se atrevía a moverse. Carlos examinaba uno de los barquitos más pequeños tallados por Damián. Los palos que sostenían las velas de papel estaban hechos con palillos de dientes.
Anita inclinó su cara atrevida y sonriente hacia Damián. Tocó una de aquellas manos temblonas con la punta de sus dedos y luego frunció el ceño.
– Tú sí has hecho algo malo. Has envenenado a los perros. ¿Te parece bonito? Eso no se hace. Los perros no te hacían daño alguno.
Al contacto ligero y momentáneo de los dedos de Anita el temblor de Damián se acentuó.
– Yo no he hecho nada. Yo no he hecho nada. No quiero que me maten.
Ahora casi gritaba, siempre en la misma postura. Las manos apretadas contra las rodillas temblorosas, los ojos fijos.
– Señoritos.
Carmen en la puerta. Toda envuelta en sombra, con sus ojos dolorosos y caídos.
– Señoritos, por Dios, dejen ahora a mi Damián tranquilo.
– Yo no hice nada, yo no hice nada.
La voz de Damián tenía un ritmo monótono. Seguía sin moverse, con una fijeza en la vista parecida a la de su primo cuando marchaba en zigzag por las calles del pueblo.
– Vamos, Ana -dijo Carlos-. Sal tú primero.
Siempre lo hacían así. Carlos, que era muchas veces un chico mal criado, nunca olvidaba esta cortesía con su hermana.
A los tres les entró alegría al encontrarse con el aire templado del pinar. Anita se acostó en el suelo, boca arriba, con los brazos cruzados bajo la cabeza y los chicos se sentaron cerca de ella.
– Se ven unas estrellas muy pálidas entre las ramas. Se las está comiendo ya el resplandor de la luna… No tengo ganas de marcharme de Beniteca. ¿Y tú, Carlos?
– No, yo tampoco. Pero no te preocupes. Cuando papá pone un telegrama diciendo que llega cualquier día es que va a tardar muchísimo. Si hubiera querido venir en seguida se habría presentado sin avisar.
– ¡Vamos a la playa a ver salir la luna!
Lo propuso Anita, sentándose, sacudiendo la pinocha pegada a su vestido.
A Carlos estas ideas de su hermana le entusiasmaban. Martín les siguió corriendo, camino del portillo de las dunas. Carlos tuvo que descorrer el pesado cerrojo de aquella puerta que siempre cerraba Paco. En aquel momento Martín dijo que los días eran ahora tan cortos que casi no habían comenzado cuando se terminaban. Fue una exclamación llena de melancolía, pero sus amigos no le escucharon.
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