Javier Marías - Mientras ellas duermen
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Así debía de parecerle también a su acompañante, al hombre, por lo menos en las horas del día. Era lo que se llama un gordo o incluso un gordo infame o también gordo seboso, y debía de llevarle a la joven no menos de treinta años. Como tantos calvos, creía paliar su carencia con un peinado romano hacia adelante (ineficaz, nunca alcanza) y un bigote abundante y cuidado, y disfrazar sus años en aquel escenario con un traje de baño partido en dos, quiero decir bicolor, la pernera derecha verde limón y la izquierda morada aquel día primero, pues tanto él como ella cambiaban de prenda casi a diario. Nunca los dos colores (el modelo era siempre el mismo, eran ellos los que variaban) me parecieron bien combinados, aunque eran colores originales: azul persa y albaricoque, melocotón y malvarrosa, ultramarino y verde Nilo. El traje de baño era tan pequeño como el volumen de su cuerpo le permitía, lo cual hacía que sus movimientos fueran un poco rígidos, la amenaza de un desgarrón siempre presente, impropio hablar de perneras. Y lo cierto es que se movía sin pausa, ágilmente, con una cámara de vídeo en las manos. Mientras su compañera permanecía completamente inmóvil u ociosa durante horas, él no cesaba de dar vueltas a su alrededor para filmarla incansablemente, se empinaba, se retorcía, se tiraba por tierra, boca arriba y boca abajo, le hacía planos generales, planos americanos, primeros planos, travellings y panorámicas, picados y contrapicados, la tomaba de frente, de costado y de espaldas (de ambos costados), le filmaba la cara inerte, y los hombros redondeados, los pechos voluminosos, las caderas lo bastante anchas, los muslos tan firmes, los no mínimos pies con las uñas también esmaltadas, las plantas, las pantorrillas, las ingles y las axilas, tan despojadas. Le filmaba las gotas de sudor que hacía brotar el sol, sin duda los mismísimos poros, aunque justamente aquella piel uniforme y tersa parecía carecer de poros, y de dobleces, de accidentes de ninguna clase, no había ni una estría en sus nalgas. El gordo filmaba todos los días durante horas, con escasos intervalos, y filmaba siempre el mismo espectáculo, la quietud y el tedio de la belleza irreal que lo acompañaba. No le interesaban la arena ni el agua, que cambiaban de color a medida que avanzaba el día, ni los árboles o las rocas en la distancia, ni una cometa al vuelo ni un barco en la lejanía, ni las otras mujeres, ni el marinerito italiano ni el inglés despótico, o Luisa. A la joven no le pedía que hiciera cosas -juegos, esfuerzos, posturas-, parecía bastarle con el registro visual, un día tras otro, del cuerpo estatuario y desnudo, de la carne pausada y dócil, del rostro inexpresivo y de ojos cerrados o escrupulosos, de una rodilla que se fle-xionaba o un pecho que se inclinaba o un dedo índice que lentamente se apartaba una mota de la mejilla. Para él, sin duda, aquella visión monótona resultaba un portento y novedosa siempre, a cada instante. Donde Luisa o yo o cualquier otro veríamos reiteración y cansancio, él debía de ver un espectáculo insólito a cada momento, multiforme, variado, absorbente, como puede llegar a serlo un cuadro cuando el que contempla olvida que le esperan otros en su recorrido y pierde la noción del tiempo, y pierde también, por tanto, el hábito de mirar, sustituido o suplantado -o quizá excluido- por la capacidad de ver, que es lo que casi nunca hacemos porque está reñido con lo temporal. Pues es entonces cuando lo ve todo, las figuras y el fondo, la luz, la composición y las sombras, lo voluminoso y lo plano, el pigmento y el trazo, y cada pincelada. Es decir, ve la representación y también lo rugoso, y es entonces cuando está facultado para volver a pintar con su vista el cuadro.
Hablaban poco, de vez en cuando, frases cortas que no alcanzaban a establecerse como conversación ni diálogo, cualquier asomo de ellos moría de forma natural, interrumpido por la atención que la mujer prestaba a su cuerpo, en el que se ensimismaba, o por la atención -indirecta- que también le prestaba el hombre, siempre a través de su cámara. En realidad no recuerdo que él se parara nunca a admirarla directamente, con sus propios ojos sin nada ante ellos. En esto era como yo, que a mi vez los miraba a ambos a través del velo de mi miopía o a través de mi sombrero de aumento. Sólo Luisa, de nosotros cuatro, lo veía todo sin dificultad y sin mediación, pues la mujer, yo creo, no veía ni tan siquiera miraba a nadie, y en cuanto a sí misma, las más de las veces utilizaba su espejo para escrutarse e inspeccionarse, y a menudo se ponía unas gafas de sol interplanetarias.
– Cómo pica hoy el sol, ¿no? Tendrías que darte un poco más de crema, no te vayas a quemar -decía el gordo en alguna pausa de sus recorridos giratorios en torno al cuerpo de su adoración; y al no recibir respuesta inmediata, decía el nombre, como las madres dicen los de sus hijos-: Inés. Inés.
– Sí, más que ayer, pero ya me he puesto factor diez, no me voy a quemar -contestaba el cuerpo Inés con desgana y en voz apenas audible mientras con unas pinzas se arrancaba un minúsculo pellejito del mentón.
No había continuidad.
Un día dijo Luisa, con quien yo sí mantenía conversaciones:
– La verdad es que no sé si me gustaría ser filmada, como la pobre Inés. Me pondría nerviosa, aunque supongo que si la cosa fuera tan persistente como la del gordo, acabaría acostumbrándome. Y quizá me cuidaría tanto como se cuida ella, a lo mejor lo hace justamente porque siempre la están filmando, se cuida porque luego va a verse, o para la posteridad. -Luisa rebuscó en su bolsa, sacó un espejito y se miró con interés los ojos, que al sol eran de color ciruela, con irisaciones-. Aunque no sé qué posteridad podría entretenerse en mirar esos vídeos tan aburridos. Me pregunto si la filmará también durante el resto del día.
– Es lo más probable -dije yo-. ¿Qué sentido tendría limitarse sólo a la playa? No creo que necesite de ese pretexto para verla desnuda.
– No creo que la filme por estar desnuda, sino seguramente en toda ocasión, quién sabe si hasta cuando esté dormida. Es conmovedor, se ve que sólo piensa en ella. Pero no sé si me gustaría. Pobre Inés. A ella no parece importarle.
Aquella noche, al acostarnos en la cama de matrimonio del hotel, los dos a la vez, cada uno por su lado, me acordé de las frases que habíamos cruzado y que acabo de recordar por escrito, y eso me impidió dormir y me dediqué a observar el sueño de Luisa durante largo rato, sin más luz que la de la luna, a oscuras. Pobre Inés, había dicho. Su respiración era suave, aunque audible en el silencio de la habitación y el hotel y la isla, y su cuerpo no se movía, a excepción de los párpados, bajo los cuales eran sin duda los ojos los que en realidad se movían, como si no pudieran acostumbrarse durante la noche a dejar de hacer lo que hacían durante el día. El gordo, pensé, tal vez estaría también despierto, filmando los quietos párpados de la belleza Inés, o quizá le retiraría las sábanas y le colocaría con mucha cautela el cuerpo en diferentes posturas, para filmarla dormida. Con el camisón levantado quizá, por ejemplo, o con las piernas abiertas si no usaba camisón ni pijama. Luisa no usaba camisón ni pijama, en verano, pero se envolvía en las sábanas como si fueran una toga, las sujetaba en torno a su cuello con ambas manos, dejándose sin embargo, a veces, un hombro y la nuca al descubierto. Yo se los cubría si me daba cuenta, y también tenía que luchar un poco para conseguir arroparme, por mi lado. Esto sólo nos sucedía en verano.
Me levanté y salí a la terraza para hacer tiempo hasta que viniera mi sueño, y desde allí, acodado sobre la barandilla, miré primero hacia el cielo y luego hacia abajo, y entonces creí ver al gordo de pronto, sentado solo junto a la piscina, ya a oscuras, el agua sin más reflejos que los astrales. No lo reconocí inmediatamente porque le faltaba el bigote que le había visto a diario, aquella misma mañana, y porque la vista ha de acomodarse a la imagen con ropa de quien siempre se le apareció desvestido. Su ropa era tan fea y mal combinada como sus trajes de baño de dos colores. Llevaba una camisa ancha, por fuera, negra desde mi terraza (desde la distancia) pero con dibujos seguramente, y unos pantalones claros, que se veían azul muy pálido tal vez por efecto del color casi suprimido del agua cercana. Tan cercana que lo habría salpicado de haber tenido oleaje. Calzaba mocasines rojos, y los calcetines (calcetines en la isla) parecían del mismo color que los pantalones, pero insisto en que quizá era la luna en el agua. Tenía la cabeza reclinada sobre una mano, y el codo correspondiente apoyado a su vez en el brazo de una tumbona, floreada, no a rayas, eran los dos modelos de la piscina. No tenía la cámara. Ignoraba que se alojaran en el mismo hotel que nosotros, nunca habíamos coincidido fuera de la playa vecina, vecina a Fornells, al norte, por la mañana. Estaba solo, inmóvil como si fuera Inés, aunque de vez en cuando cambiaba la actitud sesteante y despreocupada de la cabeza y el codo y adoptaba otra en apariencia contraria, el rostro hundido entre las dos manos, los pies encogidos, como si estuviera abatido o tenso, o quizá riendo, solo. En un momento dado se descalzó un pie, o perdió el mocasín accidentalmente, lo cierto es que no extendió ese pie para recuperarlo, sino que se quedó así, con ese pie solamente encalcetinado sobre la hierba, lo cual le confirió en seguida un aire de desvalimiento, desde mi cuarto piso, bajo mi punto de vista. Luisa dormía, e Inés también dormiría, sin duda Inés necesitaría un mínimo de diez horas de sueño para el mantenimiento de su belleza inmutable. Me vestí a oscuras, sin hacer ningún ruido, comprobé que Luisa estaba bien envuelta en su toga de sábana. Aunque no sabía que yo no estaba en la cama, lo había percibido en su sueño, pues se había colocado en diagonal, invadiendo con sus piernas mi espacio. Bajé en el ascensor, no había mirado la hora, el portero de noche soñaba incómodamente con la cabeza sobre su mostrador, como un futuro decapitado; me había dejado el reloj arriba, todo estaba en silencio, mis mocasines negros hicieron un poco de ruido, sin calcetines. Descorrí la puerta de cristal que daba acceso a la piscina y, una vez sobre la hierba, volví a correrla. El gordo levantó la vista y miró hacia esta puerta, se dio cuenta en seguida de mi presencia, aunque la falta de luz no le permitió distinguirme, quiero decir identificarme. Pero por eso, porque reparó en mí en el acto, hablé al tiempo que avanzaba hacia él y los reflejos de la luna en el agua empezaban a revelarme y a alterar mis colores, según me acercaba.
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