Javier Marías - Mientras ellas duermen

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– Se ha afeitado usted el bigote -dije pasándome el índice por el lugar del bigote y sin estar seguro de poderme permitir tal comentario. Antes de que contestara ya me había llegado a su lado y había tomado asiento en otra tumbona, junto a él, la mía a rayas. Se había erguido, las manos sobre los brazos de la suya, me miraba con un poco de desconcierto, no mucho, desde luego sin desconfianza, como si no le extrañara mi aparición allí, la aparición de alguien. Creo que le veía por vez primera la cara de frente, sin cámara ante sus ojos ni sombrero ante los míos, o bien se la veía simplemente de cerca, mi vista ya acostumbrada a la poca luz por haber estado mirando desde la terraza. Tenía una cara afable, de ojos despiertos, sus facciones no eran feas, sólo gordas, me pareció que era un calvo guapo, como el actor Piccoli o el pianista Richter. Sin el bigote resultaba más joven, o tal vez eran los mocasines rojos, uno de ellos volcado en la hierba. No tenía menos de cincuenta.

– Ah, es usted. No le había reconocido al principio, así vestido, siempre nos vemos en traje de baño. -Había dicho lo que yo había pensado antes, aún arriba. Llevábamos casi tres semanas viéndonos, era imposible que su vista tan ocupada no se hubiera detenido, pese a todo, alguna vez en nosotros, en mí y en Luisa-. ¿No duerme?

– No -dije yo-. El aire acondicionado de la habitación no siempre ayuda. Aquí se está mejor, me parece. ¿No le importa si me quedo un rato?

– No, claro que no. Me llamo Alberto Viana -y me estrechó la mano-. Soy de Barcelona -dijo.

– Yo soy de Madrid -y le mencioné mi nombre. Luego hubo un silencio, y dudé entre hacer algún comentario insignificante sobre la isla y las vacaciones o bien algún otro comentario, casi igual de insignificante, sobre sus costumbres observadas en la playa. Era la curiosidad por éstas lo que me había llevado hasta la piscina, a su lado, y también mi insomnio, pero lo podía haber combatido arriba, incluso haber despertado a Luisa, no lo había hecho. Yo hablaba a media voz. Era improbable que nos pudiera oír nadie, pero la visión de Luisa, y del portero de noche luego, dormidos, me hacía tener la sensación de que si alzaba la voz interrumpiría su sueño, y mi tono quedo había contagiado o condicionado el de Viana al instante.

– Es usted muy aficionado al vídeo, he visto -dije tras la pausa y la duda.

– ¿Al vídeo? -dijo él con ligera sorpresa, o como para ganar tiempo-. Ah, ya comprendo. No, no crea, no soy un coleccionista. En realidad no es el vídeo lo que me interesa, por mucho que lo utilice, sino mi novia, usted la ha visto. Sólo a ella la saco en vídeo, lo demás no me interesa, no hago pruebas. Creo que se nota, usted lo habrá notado -y rió un poco, entre divertido y avergonzado.

– Sí, desde luego, mi mujer y yo lo hemos notado, no sé si a ella la hace sentirse un poco envidiosa, por tanta atención como usted presta a su novia. Es llamativo. Yo no tengo ni cámara fotográfica. Llevamos ya algún tiempo casados.

– ¿No tiene cámara? ¿No le gusta recordar las cosas? -Viana me lo había preguntado con verdadera extrañeza. Su camisa tenía, en efecto, dibujos abigarrados de palmeras y anclas y delfines y proas, pero aun así predominaba en ella el negro divisado desde la distancia; los pantalones y los calcetines seguían viéndose azul pálido, más azules que mis pantalones, blancos, que ya estaban, como los suyos, expuestos no sólo a la luna, sino también a su débil reflejo en el agua.

– Sí, claro que me gusta, pero las cosas se recuerdan de todos modos, ¿no? Uno lleva su propia cámara en la memoria, sólo que no siempre se recuerda lo que se quiere ni se olvida lo que se desea. -Qué tontería -dijo Viana. Era un hombre franco, nada precavido, podía decir lo que había dicho sin que su interlocutor se sintiera ofendido por ello. Rió otro poco-. ¿Cómo va usted a comparar lo que se recuerda con lo que se ve, con lo que puede volver a verse, tal como fue? ¿Con lo que puede volver a verse una y otra vez, infinitas veces, e incluso detenerse, lo que no pudo hacerse cuando se vio de verdad? Qué solemne tontería -repitió.

– Sí, tiene usted razón -admití-. Pero no me diga que filma todo el rato a su novia para recordarla luego viéndola otra vez en pantalla. ¿O es que es actriz? No le debe quedar tiempo para eso, la filma usted a diario, según he visto. Y si la filma a diario, no hay tiempo para que lo filmado empiece a parecerse al olvido y sienta usted la necesidad de recordarlo de esa manera tan fiel, viéndolo otra vez. A menos que almacene material indefinidamente, para cuando sean viejos y quieran revivir hora a hora estos días de su estancia en Menorca.

– Oh, no almaceno, no crea que almaceno más que fragmentos muy breves, digamos que en total completo una cinta cada tres o cuatro meses. Pero todas esas están en Barcelona, archivadas. Ella no es actriz, aún es muy joven. Lo que hago aquí (bueno, y allí) es no borrar la cinta de un día hasta que no ha pasado otro, no sé si me entiende. En todo este tiempo no he usado más que dos cintas, siempre las mismas. Grabo una hoy, la guardo, grabo otra mañana, la guardo, y entonces vuelvo a grabar la primera pasado mañana y de este modo la borro. Y así sucesivamente, no sé si me entiende. Aunque esto es un decir, mañana no sé si podre grabar mucho, volvemos ya a Barcelona, se acabaron mis vacaciones.

– Sí le entiendo. Pero luego, una vez allí, ¿qué hará, un montaje con todo lo que ha filmado? No sé si le entiendo.

– No, no me entiende. Una cosa son las cintas artísticas, hechas a propósito para ser guardadas, archivadas. Esas van por su lado, una cada cuatro meses más o menos. Otra cosa son las filmaciones de cada día. Esas se borran en cuanto ha pasado otro día.

Quizá por lo tardío de la hora (pero me había dejado el reloj arriba), tuve la sensación de que seguía sin entender del todo, sobre todo la segunda parte de lo último que me había explicado. Tampoco me interesaba mucho el camino que había tomado la conversación, sobre cintas artísticas (así había dicho, lo había oído) y cintas borradas, de a diario. Dudé si despedirme y regresar a la habitación, aunque notaba que aún no me había venido el sueño y pensé que, de subir en aquel momento, acabaría por despertar a Luisa para que me diera ella charla. Como eso no me parecía justo, consideré que era mejor que la charla me la diera todavía quien ya estaba desvelado.

– Pero entonces -alcancé a decir-, ¿por qué la filma cada día, si luego lo borra en seguida?

– La filmo porque va a morir -dijo Via-na. Había estirado su pie descalzo y había mojado el pulgar de su calcetín en el agua, la agitaba lentamente de un lado a otro con su pulgar, lentamente, la pierna muy estirada, casi no llegaba a tocar, rozaba el agua. Yo me quedé callado durante unos segundos, luego pregunté, mirando moverse lentamente el agua:

– ¿Está enferma?

Viana frunció los labios y se pasó una mano por la calva, como si tuviera pelo y se lo atusara, un gesto de su pasado. Estaba pensando. Le dejé pensar, pero se demoraba en exceso. Le dejé pensar. Por fin volvió a hablar, pero no respondió a mi pregunta, sino todavía a la anterior.

– La filmo cada día porque va a morir, y quiero tener guardado su último día, el último en todo caso, para poderlo recordar de veras, para volverlo a ver en el futuro cuantas veces quiera, junto a las cintas artísticas, cuando ya haya muerto. A mí me gusta recordar las cosas.

– ¿Está enferma? -insistí.

– No, no está enferma -dijo ahora sin la menor dilación-. Que yo sepa, al menos. Pero va a morir, un día u otro. Usted lo sabe, todo el mundo lo sabe, todo el mundo va a morir, usted y yo, y quiero conservar su imagen. Es importante el último día en la vida de una persona.

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