Javier Marías - Mientras ellas duermen
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X
Si sólo se trata de un problema de cotidianeidad, entonces estoy irremisiblemente perdido, pues nada se puede hacer para solucionarlo; mi esperanza es que, por el contrario, sólo pueda resolverse desde las alturas más sublimes, mediante un gran salto (en el vacío, sí, pero matemáticamente calculado) que me haga estar donde está él y le obligue, al ver invadido su propio espacio de terreno y ser él un personaje que no puede admitir más que su opuesto, a trasladarse al único-otro lugar donde aún sería capaz de sostenerse en pie, donde todavía podría seguir vistiendo sus galas y satisfaciendo sus pruritos como si nada hubiera sucedido. Pero si una vez en ese lugar, el que yo ocupo y me corresponde según la ley y la tradición, todo efectivamente continuara como si nada hubiera sucedido, ¿habría sucedido algo en realidad? ¿Habría servido de algo el trabajoso y aventurado intercambio habida cuenta de que ignoro, aún hoy, quién goza de la posición más favorable, de privilegio? ¿De que no sé si su malestar, por no decir inaudito tormento, es superior o quizá inferior al mío? ¿Y de que él, en tanto que morador de mi morada, podría verse tentado (aún es más: obligado) a llevar a cabo la misma, idéntica operación más adelante, anulando así los siempre dudosos efectos de mi arriesgada maniobra? Todos estos interrogantes llevan implícita la respuesta en su propia formulación; todo este desconocimiento de las circunstancias sólo tiene de ello la apariencia, con la que yo trato de revestir de ignorancia algo que, precisamente al poder constatarse como tal, ha dejado ya de serlo. Estos párrafos, por tanto, huelgan.
XI
La brillantez con que ha ganado el concurso me da que pensar. No es que dudara de sus condiciones, menos aún de su buena y concienzuda preparación; de hecho tengo que reconocer que aun cuando no estaría en modo alguno dispuesto a concederle el adjetivo de excelente, su voz no es mala. Considerando los términos y la índole de nuestra relación, lo consecuente habría sido que me hubiera resultado imposible soportar sus afanosos ensayos, plenos de tenacidad, que se prolongan monótonamente a lo largo del día sin apenas pausa ni cesación; y sin embargo, puedo afirmar que si bien tampoco me llaman lo suficiente la atención como para prestarles oído, han llegado a formar parte de los sonidos naturales de la casa, como el tictac del reloj, los cambios de humor de la nevera o los timbres de las bicicletas que circulan por la vecindad; es decir, me pasan inadvertidos. Sólo cuando practica el tremolo o el vibrato con excesivos denuedo y rigor logra que mis pensamientos, alarmados por los alaridos, se distraigan y confundan. Esta tolerancia para con sus ensayos, tan sesudos, se vio no obstante disminuida tras tener ocasión de contemplarle un día, de manera absolutamente accidental, en medio de su conmoción. Deambulaba yo de un lado a otro del jardín aprovechando el magnífico sol para examinar un documento al aire libre cuando, al pasar junto a la ventana de su habitación, su voz, que hasta aquel momento había desatendido como de costumbre pese a su insistencia en hacerse notar, produjo una fuerte vibración en los cristales, sobresaltándome. Me detuve y, a escondidas, atisbé el interior del cuarto: lo primero que vi fue un gran desorden; los libros yacían amontonados en pilas de gran altura, algunos desparramados por el suelo; una silla estaba caída y todos los cuadros ladeados; algunas gotas de leche se habían vertido sobre la alfombra. Y allí estaba él, enorme, provocador, inmerso en los dominios de la vanagloria y probando el alcance de sus facultades: semidesnudo, con tan sólo una camiseta que a duras penas le llegaba a la cintura, tenía los brazos extendidos hacia adelante, las cortas manos carnosas insuficientes para expresar toda la turbación de su despliegue; con una rodilla apoyada en la alfombra, su pasión contrastaba con los innecesarios e inverosímiles esfuerzos que se veía obligado a hacer para, desde su encogida posición, pasar las hojas de la partitura sin perder el equilibrio (el atril se encontraba a la altura del pecho de una persona que está de pie). Su cuerpo, amarillento y rebosante, se tambaleaba de un lado a otro con pesadez acompañando la intensidad de las sucesivas notas, proferidas con inagotable sentimiento pero privadas de toda razón. Era la imagen de la desmesura y el derroche, de la enajenación y el pavor. Sudoroso, desgafiitándose sin que nada le importara o concerniera, sin duda se había olvidado hasta de su propia existencia en aras no tanto de la música que interpretaba cuanto de la dificultad que, por su propia voluntad, entrañaba la escenificación. La voz (hasta entonces siempre mediada y velada por pasillos, puertas y salones), de una potencia que escapaba a mi comprensión, no parecía provenir de su garganta, invitaba a suponer un fraude; pero la certeza de que efectivamente era suya me hacía penetrar en el reino de la incoherencia y me golpeaba la cabeza como un mazo empuñado por la sinrazón. Sus carnes blandas, llanas, incapaces de alcanzar el retorcimiento a que aspiraban, se conformaban con el suave balanceo que como único resultado daban sus pretensiones de agitación. Así, el encrespamiento de la voz no se dejaba asociar a la molicie de la figura, gruesa y extraña, sin edad ni género, en verdad ajena al entendimiento. Si en aquellos momentos él hubiera reparado en mi presencia, si tan sólo la hubiera adivinado o intuido, no sé qué habría sido de mí. Tal vez, sumido en el trance, mi persona habría resultado inasequible a su percepción, y en el mejor de los casos sólo habría atinado, tras vislumbrarme, a desvanecerse, acongojado por la revelación de una objetividad inopinada con la que no había contado. Tal vez no, tal vez se habría abalanzado sobre mí y me habría destrozado sin por ello interrumpir el canto: sí, sus movimientos demoledores se habrían acoplado a la melodía y yo habría pasado a formar parte de la representación, único ámbito en el que podría habérseme dotado de sentido. Tras esta visión, lo natural, en efecto, habría sido que desde entonces ya no hubiera podido soportar sus estentóreos y vertiginosos vibratos: que me hubieran traído a la memoria la imagen de su espantosa transformación. Si no es así, ello es debido a que la escena sufrió una alteración y obtuvo un desenlace que cambiaron su signo en mi recuerdo, confiriéndole un carácter más benigno: en medio de la jactanciosa dilación de su crescendo, cuando todavía el punto culminante estaba lejos, su rodilla flaqueó como la navaja mal clavada en la madera y cayó en tromba arrastrando el atril, la partitura, una silla y el colchón. Quedó tendido en el suelo, estupefacto; la cabeza, levantada, trataba de formar ángulo recto con el tronco en su vano intento de descubrir alguna causa externa que hubiera precipitado su aparatoso derrumbamiento, inesperado a todas luces esta vez. La partitura se había cerrado al caer. Entonces se levantó poseído de un rencor sin destinatario y, tras asumir el desbarajuste del contorno, inició de nuevo el despliegue aspaventoso y amenazador, no por hacerlo iracundo y ya sin fe con menos vigor, arrojo y exactitud.
XII
Todavía no salgo de mi asombro pese a que después de tantos años nada debería haberme sorprendido, menos aún después de haber comprobado que su estado habitual es el de enajenación. Bien es verdad que la posibilidad de un enfrentamien-to explícito y directo no escapaba al círculo de mis conjeturas, pero tampoco es menos cierto que la tenía por la más remota de todas ellas: los prolongados años de taciturnidad, la convivencia (de manera inexpresa, pero) ya estatuida sobre la base del supuesto mutuo y de la arbitraría predicción que descarta lo predicho, la delimitación de los terrenos no por impuesta menos inviolable, la habían relegado al último lugar. Si hubiera seguido al pie de la letra los preceptos que rigen el futuro, no otra cosa se me habría aparecido más probable, semejante posibilidad habría pasado a ocupar el primer término, se habría convertido en la certidumbre inapelable de lo que me aguardaba; pero, ¿cómo seguir esos preceptos infalibles sin con ello invalidar su contenido? Lo que más me duele es no haber sabido responder, enmudecido por la incredulidad, a su mendacidad y a su impudencia. Diríase falta de experiencia, más bien fue estupefacción desprevenida, disculpable en toda circunstancia, ¿no es así? Me comunicó, con un día de antelación, que deseaba hablar conmigo, tener unas palabras, pero se negó a especificar el tema hasta, según su propia expresión, haber meditado cabalmente lo que tenía que decirme. Veinticuatro horas más tarde comprendí que lo que había hecho durante ese tiempo no era meditar, sino memorizar: con el aspecto reluciente de quien se dispone a asistir a su primera fiesta, tan bien peinado, arreglado y compuesto como no lo había visto jamás, se presentó en mi despacho a la hora convenida y a mi provocador y bien?, contestó sin ningún preámbulo con un discurso resoluto, desafiante, audaz, perfectamente elaborado, en el que se adivinaba la académica puntuación de la escritura y en el que, a lo largo de los quince minutos que duró, no cesó de acusarme, con la pedantería que los mismos términos proclaman, de iniquidad, contumacia, protervia y prevaricación. De esas cuatro cosas precisamente, esos fueron los sustantivos que utilizó. Expuso los motivos que le habían impulsado a aventurarse de aquella manera y se quejó de mi inaccesibilidad a sus prodigados detalles y a su evidente voluntad de acabar con los recelos y tensiones que ya hacían insufrible la enemistad. El texto recitado, salpicado aquí y allá de metáforas inútiles por su transparencia, era, sin embargo, arrogante y duro, estaba enteramente desprovisto de los tonos de la súplica, lo dictaba la exigencia. Las razones se sucedían ordenadamente y no faltó algún que otro silogismo de baja factura. Sus quejas, dentro de una exageración que lindaba con la falacia, no eran injustas ni disparatadas desde su posición; pero él ignora que desde la mía sólo son improcedentes y una desfachatez: aún no está en edad de comprender que me ha hecho la vida imposible, que su mera presencia es un tormento, que ha arruinado mi fulgurante y prometedora carrera, que además, con su alegato, no ha hecho más que agravar todo el asunto, que ahora ya es irremediable que acabe con él cuando llegue el momento, que por su culpa he sido víctima de la mediocridad y del desánimo, que sé muy bien que tras de su corrección se ocultan la perfidia y el rencor. No se da cuenta tampoco de que con su denuncia es ahora más endeble y vulnerable, que a mis ojos su prestigio se ha perdido para siempre; más que de prestigio habría que hablar de avasallamiento y tiranía, de inexpugnabilidad, de despotismo, de terquedad, de inmundicia y de impiedad. ¡Ah, el día que yo pueda hacer caer sobre ti todo el peso de la ley no escrita, ese día te arrastrarás jadeante ante mis pies y lamentarás cada palabra pronunciada en medio de tu locura precoz!
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