Javier Marías - Mientras ellas duermen

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V

Lo peor son las comidas. Ahora son más insoportables aún si cabe. Ya se ha dado cuenta de que yo hago lo inimaginable por no sentarme a la mesa hasta que él ha terminado, y ahora, después del postre, desdobla un periódico y se pone a hojearlo con desinterés para no abandonarlo, empero, hasta que yo he puesto punto final a mi almuerzo y enciendo un cigarrillo (con la intención de ahumarle y ahuyentarle, no tolera el olor). Y así, mientras él come solo y durante ese acto sin duda trascendental para sus humores goza de intimidad y no se ve importunado por nadie, yo me veo obligado a soportar sus miradas opacas, tanto más irritantes cuanto que nada revelan. Está mucho más atento a mis movimientos que al diario que con enorme soltura maneja entre sus manitas de cera; lo sé muy bien porque a veces, cuando no me queda vino en la copa, acerca con disimulo la botella hasta mis dominios; o si he acabado el primer plato, empuja la bandeja del segundo hasta que ésta tropieza con mi codo. Y juega con mi servilletero. Parece que se impacientara, que estuviera deseoso de despejar la mesa para utilizarla él; pero no, cuando he terminado se limita a quitarla sin la menor diligencia, y a continuación se queda merodeando a mi alrededor completamente desocupado, como si no tuviera otra cosa que hacer que vigilar mi digestión. He de variar mis costumbres: de ahora en adelante volveré a comer al mismo tiempo que él, será mejor que me acompañe a pesar de su estúpida chachara banal. Al menos de esa manera estaremos en igualdad de condiciones y yo no me sentiré tan cohibido por su presencia, pues ciertamente la opinión que uno pueda merecerle al otro en esos momentos delicados de la alimentación no será tan severa como la que él debe de albergar acerca de mí en la actualidad: ambas, en cierto modo, quedarán suspendidas al verse amenazadas por el juicio del otro comensal. El diario que siempre lee es deportivo.

VI

Hoy ha regresado del veraneo; viene muy tostado por el sol del sur y con ropa de colores claros que, al parecer, le han regalado, como a los demás, los responsables del coro, sus amigos y protectores. Me ha traído un fósil envuelto en un pañuelo de carísimo madapolán, y lo único que se me ha ocurrido ha sido ponerlo encima de mi mesa de trabajo a guisa de pisapapeles. Antes de la cena he ido a su cuarto para devolverle el pañuelo y, tras decirme que no tenía apetito y que hiciera el favor de no esperarle, se me ha quedado mirando torvamente: no quiero pensar, por su propio bien, que con desprecio. No debe de haberle gustado la misión que le he encomendado a su piedra, pero, ¿qué quería que hiciese con ella? ¿Para qué necesito yo un fósil? Y, además, ¿por qué me tiene que hacer regalos? ¿Acaso le he hecho yo alguno? Jamás. Yo nunca le he dado nada que no fuera imprescindible, que no entrara en mis obligaciones; ahora supongo que estoy en deuda con él y tendré que hacerle un obsequio. Ya está: le regalaré una biografía de Ponce de León; o si no, un estuche con compás, tiralíneas y bigoteras, para que se distraiga con provecho. ¿O quizá un disco de 33? ¿Una caja de insectos? ¿Un uniforme? ¿Un disfraz de torero? ¿O tal vez algo más útil, por ejemplo un albornoz? Lo más probable es que, por provenir de mí, nada de lo que le lleve sea de su agrado. Intuyo que hasta sería capaz de (a escondidas y después de recibir el presente con indiferencia) salir a la calle y comprárselo de nuevo para más tarde, cuando la devolución fuera ya infactible, comunicarme que había olvidado que desde hacía tiempo tenía uno igual; tanto tiempo que lo había olvidado. Este temor me fuerza a devanarme los sesos sin justificación y a pensar en algo único que sus múltiples recursos no sepan imitar ni repetir.

VII

Ya sabía yo que un día de estos iba a depararme alguna sorpresa; llevaba cerca de una semana inquieto y desasosegado, evitando encontrarse conmigo para así no exponerse a caer en la tentación de formular verbalmente el ruego que me tenía reservado; aplazando el momento de dar un primer paso, de hacer su petición y de, con ello, reconocer final y abiertamente que aunque las apariencias estén muy lejos de subrayarlo, se halla a merced de mis designios y mis órdenes. Hoy ya no ha podido eludir el compromiso, tal vez porque desde el exterior le han presionado, impacientados por la demora injustificada, por el incumplimiento de lo prometido. Parece que, en contra de mis previsiones, incluso de mis vaticinios y deseos, no se ve rehuido en demasía: puede que posea algún encanto o aliciente que yo he sido incapaz de apreciar o descifrar, pues para encontrárselo hace falta sin duda una concepción en cierto modo matemática del mundo, habilitada para convertirlo todo en módulos y en congruencia. Debe de cumplir con unos requisitos muy difíciles de reunir, pero ignoro cuál podrá ser la combinación deseada para que él, precisamente él, haya logrado proporcionarla. Le he dado permiso y calculo que he hecho bien: así me estará agradecido por mi magnanimidad y se verá en la obligación moral de demostrarme su gratitud de alguna manera que yo mismo me encargaré de sugerirle y que tal vez consiga devolverme parte, al menos, de mis energías. Sí, parecerá un contrasentido, pero le he concedido lo que anhelaba. Y además, lo he hecho con gran astucia y no poca elegancia, como si en realidad me extrañara sobremanera que me pidiese permiso para semejante bagatela. Y sin embargo, ¡ay de él si no me lo hubiera pedido!

VIII

Hacía casi tres años, desde que él llegó prácticamente, que nadie entraba por la puerta de esta casa. La desbandada fue general y no hubo gratificantes excepciones. Han llegado todos juntos, debían de haberse citado previamente en una esquina o (quién sabe) en un café; han pulsado el timbre con más fuerza de la indispensable y yo me he apresurado a ir a abrir para echarles una ojeada, aprovechándome de una caída del energúmeno, que ya se precipitaba hacia la entrada con gran alborozo. He hecho bien, porque luego me ha resultado imposible atisbar ni oír nada. Y además he de confesar que, pese a estar al acecho, tampoco me he enterado de en qué momento se han marchado, tan sigilosos han sido. Eran tres y parecían normales; su aspecto era un poco desaliñado, pero normal dentro de todo, consecuencia de su ingrata edad. Uno de ellos, en eso me he fijado, lucía bigote, y los tres llevaban cajas bajo el brazo, aunque no he conseguido ver qué clase de cajas eran ni qué forma exacta tenían. Al principio pensé que tal vez fueran instrumentos musicales y que venían dispuestos a acompañarle en sus ensayos, pero no, en toda la casa no ha sonado una sola nota; en consecuencia no sé qué es lo que habrán estado haciendo. Y me muero de ganas de saberlo. Esta noche, durante la cena, se lo preguntaré, y como me debe el favor no osará negarse a contestarme. Y si se niega, tomaré medidas muy severas y esta vez ya me cuidaré yo de que no pueda esquivarlas. Pensándolo bien, el castigo se lo tiene ya más que merecido: debería… ¡sí, debería haberme presentado!

IX

Ya no sé qué hacer. Cada vez hay más fiestas, se suceden sin apenas interrupción, mi vida en la actualidad transcurre en medio de una fiesta a la que por lo demás no se me ha invitado; aunque sería más propio decir junto a una fiesta; me sientí) como el inquilino del piso contiguo al del insaciable anfitrión, como ese inquilino que sufre tanto de insomnio como de envidia; aveces, lo más, como un vecino que no tanto a causa de sus méritos o encantos personales cuanto de su proximidad, ha ido a parar por accidente al vestíbulo, ha llegado hasta la antesala de la fiesta probablemente animado a pasar en el momento culminante por algún personaje que de manera indebida se ha arrogado el derecho a convidarle de una forma verbal e improvisada, sobre la marcha; como ese vecino que, sin embargo, no se atreve a acceder: remolonea en el umbral especulando con su suerte, aguardando una insistencia que en aquel ámbito le dote de identidad para, finalmente, rehusar. Y lo más indignante es que las fiestas, bien mirado, no son tales a pesar de los inequívocos preparativos; quiero decir que en ellas (o junto a ellas) no se puede pasar inadvertido; las conversaciones, escasas e infrecuentes, se celebran en voz muy baja y nunca entre más de dos personas a la vez. Si alguien habla, los demás prestan atención y no intervienen hasta que un nuevo tema se ha propuesto y se ha efectuado el reparto de papeles. Se diría un seminario. Todo esto lo infiero del tono de las reuniones, lo único que puedo percibir: la puerta permanece invariablemente cerrada con pestillo y, cuando llamo, el silencio se va haciendo de manera acompasada: el diálogo o el discurso quedan al instante interrumpidos y dan paso a unos murmullos que yo calificaría de deliberatorios para que, finalmente, sólo su voz se eleve (de un modo que delata el carraspeo previo, la artificialidad) y pregunte: ¿quién es?, sabiendo a la perfección que sólo se puede tratar de mí. El otro día, en lugar de dar la consabida respuesta y agregar un requerimiento o una petición superflua y rebuscada que nunca logran sus propósitos de justificar mi acción, me quedé callado y volví a golpear la puerta con los nudillos para forzarle a abrir. Así lo hizo, pero con tanta cautela y avaricia que únicamente me fue permitido ver uno de sus ojos color sepia y un considerable volumen de carne que debía de pertenecer a su mejilla derecha. Sin embargo, algo saqué en limpio: su mirada, dentro de la inexpresividad habitual, denotaba por una parte soberbia y por otra temor. Este último sentimiento es lo único que todavía puede salvarme, y yo, víctima del escepticismo, había descartado su existencia.

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