Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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– ¿Y cómo quieres que lleve los caballos a Malevil? ¿En pelo? ¿Semejantes caballos?

– Eso a mí no me importa. Hubieras traído tu equipo.

– En Malevil tengo monturas para los caballos que me quedan, pero no para estos.

– Mala suerte.

– Pero vamos, Armand, no privo a La Roque. Les quedan tres monturas para sus tres capones.

– ¿Y la usura? ¿Y el reemplazo? Sobre todo que no has tomado las más feas. Monturas de lo de Hermés que yo mismo he ido a comprar a París con el viejo Lormiaux. Doscientos mil mangos cada una. ¡Ah, no te has equivocado! ¡Tienes buen ojo! ¡Pero yo también!

No le contesto. Me pongo a marcar a una de las yeguas. No está en Armand tomar a pecho los intereses de su patrón, ya sea Lormiaux o Fulbert. ¿A qué viene esta oposición? ¿Pequeña venganza por el negocio de Colin?

– Yo no veo por qué tanto celo -digo después de un momento-. A Fulbert le importan un cuerno las monturas.

– Estoy de acuerdo -dice Armand-. Al Fulbert, de todo lo que no sea la bufonada, no entiende nada. Por otro lado, si yo le digo: cuidado, no hay que darle las monturas, valen doscientos mil mangos cada una, puedes estar seguro de una cosa, no las tendrás. No gratis, en todo caso.

Distingo dos cosas, en este comentario. Primero, el pequeño asomo de un chantaje. Y segundo, la total falta de respeto de Armand por su cura. Lo que deja suponer un secreto reparto del poder entre los dos ladrones, a los que siguen Gazel y Fabrelâtre, pero a distancia, sin decir una palabra.

– Veamos, Armand -digo levantándome con el cepillo en una mano, la almohaza en la otra- ¡no irás a decirle todo esto a Fulbert!

– No tendría inconveniente.

– No tienes ningún interés.

– Tampoco tengo interés en no hacerlo.

¡Ya estamos! Le hago una sonrisita para demostrarle que he comprendido y que estoy dispuesto a hacer un sacrificio. Pero no pasa nada. Me pongo de nuevo a cepillar la yegua. Su pelo blanco se ha beneficiado grandemente con la lentitud de la negociación. Podría rivalizar con el bluzón de Gazel.

Armand, con los codos apoyados en el tabique, me mira, sus pestañas parpadean sobre sus ojos pálidos.

– Tienes un lindo anillo de oro -dice por fin.

– ¿Quieres probártelo?

Me lo saco de mi anular y se lo tiendo. Se lo pone adelantando sus gruesos labios con expresión de gula y después de haber probado, consigue colocárselo en su dedo meñique. Hecho esto, posa su mano sobre el reborde del tabique y se absorbe en su contemplación. Coloco en seguida en su lugar el cepillo y la almohaza y empiezo a ensillar las yeguas. No hemos cambiado una sola palabra.

Estas dos yeguas se las compré a un calavera que debió abandonar sus calaveradas. Una se llamaba Morgane, la otra Melusina: nombres que deploro, pero concedo que debían de hacer su efecto en un afiche. Las dos de una blancura inmaculada, con la cola larga y la crin espesa.

El señor Lormiaux las vio en mi casa, y además de tres anglo-árabes castrados, los quiso. En vano le objeté que eran animales de circo o de cine, por lo tanto peligrosos para los que no conocen su lenguaje. Se encaprichó y, arrogante como era, puso el negocio en mis manos. O los cinco o nada. Se los cedí. Manera de hablar, tuvo que pagarlos a un buen precio.

Pensé que Lormiaux se cansaría de tener en su caballeriza animales a los cuales no se animaría a confiarles su pellejo. Pero nada de eso. Se enorgulleció de ello. Durante el verano del 76, le pidió a Birgitta, dos veces, que los montara ante sus invitados. Le pagó doscientos francos la sesión. Es cierto que el número comportaba algunas caídas. Pero a ese precio, Birgitta, que no era desinteresada, se hubiera caído todas las tardes.

Los larroqueses estaban todo a lo largo de la terraza del castillo cuando llegué sobre la explanada llevando a Morgane y Armand siguiéndome con Melusina. Me acerqué a ellos y les pedí que, si me caía, no se movieran ni gritaran. Recomendación superflua. Era yo, hoy, el que reemplazaba a la tele y los larroqueses se habían instalado ya en su beata impasividad de espectadores. Su alegría infantil junto con su delgadez y las miradas furtivas que no paraban de echarle a Fulbert -casi como si se sintieran culpables de divertirse- me apretaron el corazón.

El día del acontecimiento había tostado pero no destruido la hierba de la explanada y le hice dar dos vueltas a pie a Morgane sobre ese colchón, tanteando con el ojo y con el pie la consistencia del terreno. No era mala, porque aunque la lluvia había ablandado la tierra, no lo fue al punto de volverla esponjosa.

Monté y di dos vueltas al paso, después una tercera vuelta con una serie de vueltas para asegurarme que Morgane no había olvidado nada de su adiestramiento. Inicié la cuarta vuelta y le di a Morgane la señal, o mejor dicho las señales de su número. Apreté las piernas contra sus flancos, tomé las dos riendas en mi mano izquierda y de golpe, cerrando mi tenaza, levanté al mismo tiempo mi mano derecha en el aire y hacia adelante: Morgane se puso entonces a hacer una prodigiosa serie de saltos de carnero que daban a los espectadores la impresión que trataba de voltearme. En realidad no hacia más que obedecerme. Y aunque me sacudiera de lo lindo, no corría ningún peligro en el mismo momento en que desesperadamente batía el aire con mi brazo derecho, como si a duras penas me mantuviera sobre el lomo de un caballo salvaje.

Hice tres series de saltos de carnero cortados por suertes de vuelta a la calma, y después de una vuelta al paso, desmonté.

Rodeado de Fabrelâtre y de Gazel, Fulbert, que se había colocado en primera fila, con el aire benigno, apoyado sobre la balaustrada de piedra, me gritó un seco bravo e hizo el gesto de golpear sus palmas una contra la otra. Pasó entonces algo inesperado. Fulbert fue sumergido por el entusiasmo de los larroqueses. Aplaudieron a rabiar y persistieron aplaudiendo hasta mucho después de que hubiera acabado su cortés simulacro. Yo, que estaba ocupado en regular el largo de los estribos de Melusina, prolongué la operación y de reojo observé a Fulbert. Estaba pálido, con los labios apretados, la mirada inquieta. Más los aplausos persistían -totalmente desproporcionados, en realidad, al breve espectáculo que acababa de dar- más debía tener la impresión de que era contra él que aplaudían.

Monté de nuevo. Con Melusina, el asunto era diferente. El número consistía en caerse. ¡Qué hermoso y buen animal era esta Melusina! Y qué de dinero debía haber ganado para su empresario cuando, en el rodaje de un film de acción, se desplomaba bajo las balas adversarias. Los preliminares fueron bastante largos. Hacía falta que todos sus músculos estuvieran bien calientes para que pudiera caerse sin peligro. Cuando la sentí preparada, me saqué los estribos y crucé las estriberas delante de la montura. Después hice un nudo a las riendas para acortarlas y así evitar que Melusina se enganchara las patas en la caída. Hecho esto, la puse al galope. Había decidido que la caída se haría en la curva antes de la recta más cercana al castillo, y en el lugar en que esta curva se achicaba, le tiré de la rienda izquierda e incliné mi cuerpo del otro lado, lo que por fuerza la desequilibró. Se desplomó, fulminada por el cañoneo enemigo. Salté por encima de su cuello y rodé, yo también, sobre el campo de batalla. Hubo un ¡oh! de estupor, después un ¡ah! cuando me levanté. Melusina mientras tanto estaba tendida de costado, con una rigidez mortal, su cabeza reposaba en el suelo y tenía los ojos cerrados.

Me acerqué a ella, recogí las riendas y restallé con la lengua. Se levantó en seguida.

Provoqué sólo dos caídas más y no habiendo sido la segunda de las más suaves, decidí que había dado bastante tiempo a Cati y distraído bastante a los larroqueses. Desmonté y no sin malicia ni con un cierto aire de desafío, le tendí las riendas a Armand que, por amor propio, las aceptó. Como ya sostenía a las de Morgane, se encontró inmovilizado de las dos manos.

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