Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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– Tengo la intención, antes de llevarme las dos yeguas, de hacerles hacer algunos ejercicios de equitación en la explanada del castillo, para ablandarlas. En realidad, como hace mucho tiempo que no han sido montadas, me parece que va a haber jaleo. Si les interesa ¿quieren que le pida a Fulbert que les permita estar presentes?

Todas las manos se levantan a la vez y hay una explosión de alegría que me sorprende. Aunque tenga el tiempo limitado me entretengo en observar este alborozo, a tal punto, en el fondo, lo encuentro lastimoso. La vida de los larroqueses es pues tan vacía y tan triste que la perspectiva de ver a alguien sobre un caballo los pone en tal estado… Siento en mi mano izquierda una manita tibia. Es Evelina. Me agacho.

– Ve a buscar a Cati a la carreta y dile que la espero en lo de su tío.

Espero que Fabrelâtre me dé la espalda y me voy a la casa del zapatero. Marcel llega unos minutos después. Él también está más alegre.

– ¡Ya puedes decir que les vas a dar un gusto a los de La Roque con tu número, Emanuel! Lo que nos mata aquí, no es solamente la injusticia, es el aburrimiento. No hay un cuerno que hacer. Todavía yo, trabajo un poco en mi oficio. Claro, mientras tenga cuero. ¿Pero los demás? ¿Pimont, Lanouaille, Fabrelâtre? ¿Y los cultivadores que no podrán sembrar hasta octubre? Y ni radio, ni tele, ni siquiera un tocadiscos. Al principio, la gente iba a la iglesia nada más que para estar juntos y que alguien les hablara. Fulbert, los primeros días, reemplazó a la tele. Desgraciadamente, el cura, muy pronto te cansas de lo que cuenta, es siempre la misma cosa. No lo podrás creer, pero todos nos presentamos como voluntarios todos los días para ir a limpiar al castillo la bosta de los caballos. ¡Casi se ha convertido en una recompensa limpiar la bosta! En mi opinión, la tiranía de Fulbert sería mucho más tolerable si nos tuviera más ocupados. Yo no sé en qué. Por ejemplo, despejar la ciudad baja, hacer montones con las piedras, recuperar los clavos. Y hacer todo eso juntos, ves, en equipo. Porque aquí el drama es que no hay ninguna vida comunitaria. Nada. Cada uno en su casa. ¡Y que las cosas caigan del cielo! Si seguimos así, muy pronto no seremos ni hombres.

No tengo tiempo de contestar. Precedida de Evelina, que al punto viene a meterse entre mis piernas, la Cati entra corriendo.

– Cati -digo- tengo poco tiempo y no lo voy a perder en discursos. ¿Estarías dispuesta a venir a vivir con Evelina? Tu tío está de acuerdo.

Se pone roja y una expresión ávida invade su rostro. Pero se recupera en seguida.

– Ah, y bueno, eso sí que no sé -dice bajando los ojos, como con aire de pensar en algo.

– No parece que te encantara, Cati. Puedes negarte, si quieres. No fuerzo a nadie.

– Pero no, pero no, más bien es porque no me hace feliz dejar al tío.

– Vamos, vamos -dice Marcel.

– Si te da tanta lástima -digo yo- entonces quizás es mejor que te quedes. No hablemos más de eso.

Se da cuenta al instante que me estoy burlando de ella, se pone a sonreír, y me dice con un descaro campesino que me gusta muchísimo más que esos airecitos que se daba hasta hace un momento:

– ¡No hablas en serio, claro! ¡Estaría muy contenta de irme con ustedes!

Me pongo a reír, en efecto, y Marcel también. Ha debido notar los cortos diálogos y las largas miradas delante del puesto del carnicero.

– ¿Entonces, vas? ¿Sin mucha pena?

– ¿Sin mucha pena de dejar a tu tío? -dice Marcel.

Se ríe a su vez, con franqueza, con ímpetu, y su risa, prolongándose de un extremo al otro de su cuerpo, hace ondular sus espaldas, su pecho, sus caderas. El espectáculo me gusta y mis ojos se entretienen en él. Por supuesto, en seguida se da cuenta de ello y redobla su pequeña danza, mientras me lanza unas miradas…

Prosigo:

– Escucha bien, Cati. Te imaginas que si le pidiéramos autorización a Fulbert, no la conseguiríamos. Tú y Evelina se van a ir a escondidas. Dentro de unos minutos, todos los del burgo probablemente se van a dirigir a la explanada para asistir a un número que voy a hacer con los caballos. No los seguirás. Te quedarás en tu pieza, aparentemente para cuidar a Evelina que habrá sufrido un ataque de asma. Cuando todo el mundo esté en el castillo, harás tu valija y la de Evelina, las llevas a la carreta, las disimulas con cuidado bajo las bolsas vacías que nos han servido para envolver las hogazas. Después de eso, saldrán a pie por la puerta sur, tomarán la ruta a Malejac, y nos esperarán a cinco kilómetros de aquí, en el cruce de la Rigoudie.

– Lo conozco -dice Cati.

– No se hagan ver antes de habernos reconocido. Y tú, Evelina, obedece a Cati en todo.

Evelina hace sí con la cabeza, sin decir nada, mirándome con un mudo fervor. Hay un silencio.

– Te agradezco, Emanuel -dice Cati emocionada-. ¿Puedo decírselo a Thomas?

– No le dices nada. No tienes tiempo. Vuelas con Evelina a tu pieza.

Y vuela, en efecto, no sin darse vuelta para ver si sigo con la mirada su salida.

– Bueno, Marcel, te dejo, no quiero que Fulbert me vea en tu casa. Eso te comprometería.

Me abraza. Apenas en el corredor, vuelvo sobre mis pasos, saco de mi bolsillo un paquete y lo pongo sobre la mesa.

– Dame el gusto de aceptarlo, vamos. Compensará un poco la disminución de las raciones cuando se dé cuenta de la fuga de Cati.

Ya en la calle me aborda una señora alta y maciza vestida con un pulóver azul y un amplio pantalón. Tiene los pelos tupidos, cortos y canosos, una mandíbula fuerte y ojos azules.

– Señor Comte -dice con una voz grave y bien impostada- permítame que me presente: Judith Médard, profesora de matemáticas, soltera. Digo soltera, y no solterona, para prevenir las confusiones.

Encuentro que la presentación es divertida y como no tiene ni sombra del acento de aquí, le pregunto si es larroquesa.

– Normanda -dice, apoderándose de mi brazo y apretándolo con su potente mano-. Y vivo en París. O mejor dicho, vivía en París, en la época en que había un París. Tengo también una casa en La Roque, lo que me ha permitido sobrevivir.

Nueva presión sobre mi bíceps. Hago un discreto movimiento para liberarlo del apretón de esta vikinga, pero sin siquiera darse cuenta, lo juraría, afianza sus falanges sobre mi músculo.

– Lo que me ha permitido sobrevivir -retoma ella- y tomar conocimiento de una muy extraña dictadura teocrática.

Por fin, al menos, que no se deja aterrorizar por los oídos de Fabrelâtre. Sin embargo, por ahí se arrastran esos pesados cernícalos, a menos de cinco metros de nosotros, pero nuestra vikinga no les acuerda ni una mirada.

– Observe -prosigue con voz fuerte e impostada- que soy católica (tercera presión sobre mi brazo). Pero como un eclesiástico de esta índole, a la verdad, no he visto con frecuencia. ¿Y qué decir de la pasividad de nuestros conciudadanos? ¡Lo aceptan todo! ¡Es como para creer que les han retirado sus atributos viriles!

De esos atributos en cambio, ella debe haber recibido su parte, a pesar de su sexo. Porque ahí está, bien plantada dentro de sus pantalones, la mandíbula cuadrada emergiendo de su pulóver de cuello alto, con sus ojos azules relampagueantes. Y desafía el poder en voz alta en plena calle principal de La Roque.

– Menos uno -dice-: Marcel. ¡Ese sí que es un hombre!

¿Le palpará también los bíceps a Marcel? Podría hacerlo. Tendría con qué. Marcel, con más de sesenta años es todo músculos, y hay algunas mujeres (no solamente solteras) a quienes todavía les gusta frotarse a ellos.

– Señor Comte -prosigue con su voz de tribuno- le digo bravo. Bravo por la inmediata distribución de los víveres (presión sobre el brazo), única posibilidad para nosotros de tener nuestra parte. Y bravo también por haberse opuesto al SS local (nueva presión). No estaba levantada, si no fuera por eso lo hubiera apoyado.

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