Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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– Veremos, Emanuel -dice Fulbert con voz dulce-. Yo no sé cuánto nos queda de azúcar (y veo que fulmina a Gazel que iba a hablar), pero haremos lo imposible para satisfacerte, por lo menos para satisfacerte bastante. Te habrás dado cuenta ya que vivimos aquí en la más completa pobreza. Nada en común, por cierto, con la abundancia que reina en Malevil. Aquí, (mira a sus parroquianos con aire entendido) tendrás que perdonarnos, Emanuel, ni siquiera los podemos invitar a almorzar.

– De todas maneras -dijo-, pensaba irme en cuanto me hubieran entregado los caballos, los fusiles y los comestibles. En fin, no del todo, pues es necesario que antes de partir me tome el tiempo de hacer distender a las yeguas.

Lo pongo al corriente de mi proyecto sobre la explanada.

– ¡Pero, es una idea excelente! -dice Fulbert, de inmediato seducido con la idea de hacer de príncipe bueno sin que le cueste nada-. No tenemos, ¡ay! muchas distracciones en la parroquia. Tu número será bienvenido, Emanuel, sobre todo si no es muy peligroso para ti. Y bien, vamos -dijo, con un gran gesto generoso de sus dos brazos para atraer hacia sí a sus ovejas.

– No perdamos tiempo, puesto que estás apurado. Pero no veo a Cati -prosiguió, mientras que Gazel y Armand, obedeciendo un gesto, abren de par en par los batientes del portón, y los larroqueses se adelantan por la alameda del castillo algo más animados, pero sin levantar la voz.

– Evelina tiene un ataque de asma y Cati la cuida -dije-, lo acabo de oír hace un momento.

Y para evitar que dé marcha atrás, avanzo por la alameda con paso rápido.

Quiero reservar los caballos para el último bocado y pido a Fulbert que me dé primero los fusiles, los cartuchos y los comestibles. Fulbert me confía al cuidado de su vicario, después de haberle dado su manojo de llaves y decirle algunas palabras en voz baja. Jacquet y Colin me siguen con dos grandes bolsas.

Yo no sé si en la pareja famosa de cómicos americanos, es Laurel el gordo y Hardy el flaco, pero Gazel, en todo caso, me hace pensar en el más flaco. Tiene el mismo cuello largo, la cara delgada, el mentón puntiagudo, los ojos saltones, un aire de tonto. A diferencia de su sosias, sin embargo, sus cabellos entrecanos no son hirsutos sino muy bien peinados, con rulos hechos con tijera como los de mis hermanas. Tiene los hombros estrechos, el talle fino, las caderas anchas y está envuelto en una blanca blusa, inmaculada, de enfermero, que se ciñe, no a la altura del ombligo como lo hubiera hecho un hombre, sino mucho más arriba. Su voz no es ni masculina ni femenina, es neutra.

Camino a su lado por una interminable galería embaldosada de mármol del castillo.

– Gazel -le digo-, tengo entendido que Fulbert tiene la intención de ordenarte sacerdote.

– No, no, no exactamente eso -dice Gazel con su voz indefinida-. El señor cura tiene la intención de presentarme al voto de los fieles de La Roque.

– ¿Y de mandarte a Malevil?

– Si por lo menos ustedes me quieren -dice Gazel con una humildad que, cosa curiosa, no suena nada falsa.

– Nosotros no tenemos nada contra ti, Gazel. Por otra parte, supongo que te daría mucha pena dejar el castillo de La Roque y tu casita del pueblo.

– Sí -dice Gazel, con una franqueza que me sorprende-. Sobre todo mi casa.

– Y bien -le digo- no tendrás que hacerlo, he sido elegido el domingo a la noche abate de Malevil por unanimidad de los fieles.

Oigo a mi espalda una risita y supongo que es Colin, pero no me doy vuelta. En cuanto a Gazel, se detiene y me mira con sus ojos saltones. Tienen una expresión de permanente asombro a causa de esa misma prominencia y también de la distancia anormal que separa las cejas de los párpados. Es esa conformación lo que le da a Gazel ese aire de tonto, aire engañoso, pues no es tonto. También observo una hinchazón a un lado de su largo cuello. Es, me parece, un principio de paperas, y eso me sorprende, porque son casi siempre, entre nosotros, las viejas las que padecen esa enfermedad… Pero de todas maneras, al pobre muchacho, no le deben funcionar normalmente ninguna de sus glándulas.

– ¿Usted se lo ha dicho al señor cura? -pregunta Gazel con su voz aflautada.

– Todavía no he tenido oportunidad.

– Es que el señor cura va a estar muy contrariado -dice Gazel reemprendiendo su marcha a mi lado por el corredor.

Lo que quiere decir, supongo, que él no lo está en absoluto.

La perspectiva de dejar La Roque y de no poder todas las mañanas frotar una casa ya limpia debe haberle parecido horrible. En el fondo nada antipático, este Gazel. Dulce maniático que adora a su cura, que sueña entrar intacto en el paraíso con sus bellos bucles, su blusa blanca sin mancha, su pequeña alma bien frotada, y una vez allí echarse en regazo de la virgen María. Inofensivo. No, quizá no. No del todo inofensivo, puesto que ha aceptado un maestro como Fulbert y que cierra los ojos ante la injusticia.

La puerta de la bodega está cerrada a doble llave y Gazel la abre. Es ahí donde Fulbert ha almacenado los tesoros arrancados a La Roque por la persuasión. La bodega está dividida en dos. En la que estamos, los bienes no comestibles. En otra bodega, separada de la primera, por una puerta munida de un enorme candado, el almacén, la fiambrería, el vino. En esta, Gazel no me permite entrar. Lo que alcanzo a ver en ella, es por dos ojeadas cuando entra y cuando sale.

En la primera bodega, los fusiles están ordenados en un armero, y sobre un estante que corre a lo largo del armero, las municiones están clasificadas con el mayor cuidado.

– Aquí están -dice Gazel con su voz sin timbre. Elige.

Me quedo estupefacto ante tal generosidad. Me doy cuenta al instante que eso se debe a la ignorancia de Fulbert y de Gazel, pero no dejo traslucir nada de mi sorpresa, y miro a Colin para que no haga comentarios. Cuento once escopetas, y entre esas once, la mayoría escopetas de caza campestre, veo, brillando como un pur sang en medio de humildes rocines, una magnífica Springfield que Lormiaux debe de haber comprado para participar en un safari de lujo. Arma costosa, capaz de voltear un búfalo a ciento cincuenta metros (con dos o tres buenos tiradores escondidos para suplir la torpeza del cliente). No la tomo en seguida, verifico primero las municiones… El calibre correspondiente está ahí, y en cantidad. Las otras dos elecciones son rápidas: Un 22 largo, rifle a mirilla que ha debido pertenecer al hijo de Lormiaux, y en tercer lugar, la mejor de las escopetas de doble tiro. Para esta también abundan las municiones. Ocupan su lugar en el fondo de la bolsa donde coloco las tres armas pidiendo a Jacquet que las ate para que no se golpeen entre ellas durante el transporte. Gazel agarra entonces la segunda bolsa, rogándonos nos quedemos donde estamos, es la regla, dice excusándose; entra solo en el almacén y sale al cabo de un momento tendiéndome la bolsa llena.

Un poco más tarde, en el box de los caballos, sobrevienen con Armand algunas dificultades. Las dos yeguas, de las que explicaré más tarde las particularidades, no han debido comer mucho después del día del acontecimiento. Porque las encuentro bastante flacuchas, sucias por añadidura y no queriendo montar animales tan sucios, paso un buen rato limpiándolas y cepillándolas, bajo la pálida mirada de Armand. No se me separa ni de un dedo, pero no me ayuda. Sólo interviene cuando me ve camino al guarnés, para elegir dos monturas, y colocarlas a caballo una después de otra sobre el tabique.

– ¿Y qué vas a hacer con esas monturas? -me pregunta con tono arrogante.

– Ensillar las yeguas, por supuesto.

– ¡Ah, pero no -me dice-, no estoy de acuerdo! Tengo orden de darte las yeguas, pero no las monturas. O si no, las traes aquí después de tu número.

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