Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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Le explico en dos palabras las señales que no hay que darle y como Malabar se ha puesto insostenible, retomo a Melusina de las manos de Colin, la monto y tomo un poco la delantera, seguido al momento por Thomas. En cuanto llegamos a la primera curva, me pongo al paso, temiendo que Malabar no ande demasiado ligero si pierde de vista a las yeguas. Enseguida Thomas se coloca bota a bota conmigo y da vuelta hacia mí, pero sin decir una palabra, una cara que no tiene ya nada de impasible.

– ¿Thomas?

– Sí -dice con un ardor contenido.

– En la próxima curva vas a poner a Morgane al trote y tomarás la delantera. A cinco kilómetros de aquí hay un cruce con una cruz de piedra. Me esperarás allí.

– Más misterios -dice Thomas de mal humor, pero dándole a pesar de todo un golpecito de talón a Morgane. Sale en seguida, con su trote bien acompasado.

Reflexión hecha, lo alcanzo.

– ¿Thomas?

– Sí -siempre de mal humor y sin mirarme.

– Si ves algo que te sorprende, acuérdate que estás sobre Morgane, y no levantes el brazo derecho. Te encontrarías al instante en el suelo.

Me observa con estupor, y luego comprende. En seguida su cara se ilumina y olvidando su miedo a Morgane, se pone a galopar. ¡El loco! ¡Sobre el macadam! ¡Si por lo menos hubiese tomado la banquina!

Yo retengo a Melusina. Malabar, a cincuenta metros atrás de mí, inicia una bajada suave y no es el momento de hacerla trotar demasiado rápido. No estoy descontento de estar solo, para poder repensar en nuestra pequeña visita a La Roque. Quince kilómetros apenas de Malevil. Otro mundo. Otro tipo de organización. Toda la ciudad baja, que el acantilado del norte no protegía, o no bastante, destruida. Las tres cuartas partes de la población aniquilada. Ni sombra de una vida comunitaria, como lo ha observado muy bien Marcel. El hambre, la ociosidad, la tiranía. Y además, la inseguridad. Plaza fuerte mal defendida, a pesar de sus buenas defensas. Armas suficientes, pero que no se animan a distribuir. Las tierras más ricas del cantón, pero cuyos productos cuando los trabajen, se repartirán injustamente. Pequeño pueblo desgraciado, hambriento y desunido, cuyas probabilidades de supervivencia son mediocres.

No les tengo más miedo a los larroqueses. Sé ahora que Fulbert no los hará nunca marchar contra mí. Pero tengo miedo por ellos, los compadezco. Y en ese momento, levantándome al compás del trote de Melusina, tomo la decisión de ayudarlos con todas mis fuerzas en las semanas y meses por venir.

Al caer mi mirada sobre las riendas, me sorprende ver mi mano sin anillo. La escena en el box me vuelve. ¡Qué idiota ese Armand! ¡Lo mismo que darle una piedra! ¡Como si el oro, dos meses después del acontecimiento, tuviera valor! No estamos más en eso, o si se prefiere, aún no estamos en eso.

Hemos retrocedido a un estadio mucho más primitivo que el metal precioso: al trueque. La época de las alhajas y de la moneda está lejos, muy lejos aún delante de nosotros. Nuestros nietos la conocerán quizá. No nosotros.

Melusina para sus orejas, tropieza y en la curva siguiente, una pequeñísima silueta se yergue a algunos metros de nosotros, en el medio del camino, con sus cabellos iluminados de atrás por el sol. Detengo la yegua.

– Estaba segura que te volvería a encontrar -dice Evelina, avanzando sin temor alguno y pareciendo más pequeña y frágil, al lado del corpulento caballo-. ¡Planté a esos dos! ¡Se están besando, hay que ver! ¡Como si yo no existiera!

Me río y desmonto.

– Ven, vamos a alcanzarlos.

La izo adelante de la montura, donde ocupa realmente muy poco espacio.

– Agárrate con las dos manos de la perilla.

Subo de nuevo al caballo y paso las riendas de un lado y otro de su pequeño cuerpo. La punta de su cabeza no sobrepasa mi mentón.

– Apóyate contra mi pecho.

Pongo a Melusina al trote y siento temblar a Evelina.

– ¿Vas bien?

– Tengo un poco de miedo.

– Apóyate más fuerte. No te pongas dura, déjate ir.

– Se mueve mucho.

– No te puedes caer, mis brazos te sirven de parapeto.

Me las arreglo para apretarla un poco más y hago doscientos o trescientos metros en silencio.

– ¿Vas bien, ahora?

– ¡Oh, sí -dice con voz cambiada y vibrante- ¡Es formidable! Yo soy la novia del señor y me lleva a su castillo.

Ha debido imaginar eso para curarse de su mieditis. Cuando me habla, da vuelta la cabeza hacia mí y siento su aliento en mi cuello. Sigue después de un momento:

– Deberías conquistar La Roque y Courcejac.

– ¿Conquistar cómo?

– Con las armas en la mano.

Esta expresión debe ser un recuerdo de su última clase de historia. La última para siempre.

Y entonces, ¿qué cambiaría eso?

– Pasarías a cuchillo a Armand y al cura y te convertirías en el rey del país.

Me pongo a reír.

– Ese es un programa que me resultaría muy bien, en particular lo de "a cuchillo".

– Entonces, ¿lo hacemos? -dijo Evelina, dándose vuelta y mirándome con expresión solemne.

– Voy a reflexionar.

Melusina se pone a relinchar, Malabar, que trota firme a treinta o cuarenta metros detrás de nosotros, le contesta y ante nosotros revelada de golpe por la curva, Morgane, con el mentón apoyado tranquilamente sobre la cabeza de Thomas en tren de besar apasionadamente a Cati.

– ¡Oh, pero qué graciosos que quedan los tres! -dice Evelina.

– Emanuel -dice Thomas considerándome con ojos un poco vagos- ¿puedo llevar a Cati en la grupa?

– No, no puedes.

– Pero tú has montado a Evelina sobre Melusina.

– No es el mismo peso, no es el mismo volumen y no es…

Iba a agregar: no es el mismo jinete, pero me retuve a causa de Cati.

En eso llega Malabar, muy excitado y Jacquet, no pudiendo hacerlo más desde la carreta, Colin tiene que bajar para sujetarlo mientras Cati sube al lado de la abuela. Los del Estanque demuestran alegría pero no extrañeza, pues Miette, al salir de La Roque, ha descubierto las valijas esparcidas bajo las bolsas y ha reconocido al abrirlas las cosas de su hermana.

– Ven, Thomas, tomemos la delantera. Malabar se va a poner insostenible si nos quedamos cerca.

Cuando me parece que hemos adelantado lo suficiente, me pongo de nuevo al paso.

– Emanuel -me dice Thomas con una voz entrecortada como si hubiese corrido-. Cati quisiera que nos casaras mañana.

Lo miro. Nunca ha estado tan hermoso. La estatua griega en el interior de la cual ha vivido encerrado hasta ahora, acaba de animarse. El fuego de la vida sale por sus ojos, por sus fosas nasales, por sus labios entreabiertos. Yo repito incrédulo:

– ¿Cati quiere que yo los case?

– Sí.

– ¿Y tú?

Me mira con estupor.

– ¡Y yo también, naturalmente!

– No es tan natural como todo eso. Después de todo, eres ateo.

– Si vamos al caso -dice con tono ácidos- tú no eres un verdadero sacerdote.

– Desengáñate -dije en seguida-. Fulbert no es un verdadero sacerdote, porque miente. Yo no. No soy un impostor. Mi sacerdocio está garantido por la fe de los creyentes que me han elegido. Yo soy una emanación de su fe. Es por esto que considero con la mayor seriedad los actos religiosos que ellos esperan de mí.

Thomas me mira, boquiabierto.

– Pero tú mismo -dice al cabo de un momento- no eres creyente.

Digo secamente:

– No hemos discutido nunca sobre mis sentimientos religiosos. De todas maneras, lo que crea o que deje de creer no tiene nada que ver con la autenticidad de mis funciones.

Hay un silencio y dice con voz temblorosa:

– ¿Vas a rehusar casarnos porque yo soy un ateo?

Yo exclamo:

– Pero no, vamos, por supuesto que no. Tu matrimonio es válido, por el mismo hecho de que lo deseas. Es tu voluntad y la de Cati las que crean la unión.

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