Con todo, hay preguntas tenaces que no desisten y ésta lo atacó de nuevo cuando, cansado de cuerpo, exhausto de ánimo, entro por fin en casa. Se había echado sobre la cama como un trapo, quería dormir, olvidar la cara del jefe, el castigo injusto, pero la pregunta se acostó a su lado, deslizándose susurrante, No la puedes buscar, no te dejan, esta vez era imposible fingir que estaba distraído hablando con el público, todavía intentó hacerse el desentendido, dijo que encontraría una manera, y si no la encontraba, desistiría del todo, sin embargo la pregunta insistía, te dejas vencer con facilidad, para eso no merecía la pena que falsificaras una credencial y obligaras a aquella infeliz y simpática señora del entresuelo derecha a contar su pecaminoso pasado, es una falta de respeto entrar en las casas de esa manera, invadiendo la intimidad de las personas. La alusión a la credencial le hizo sentarse en la cama de repente, asustado. La tenía en la chaqueta, anduvo con ella durante todos estos días, imagínese que por una razón u otra se le cae, o que con el aturullamiento de los nervios, le da un síncope, de esos que dejan a una persona sin conocimiento, y un colega cualquiera, sin mala intención, al desabotonarle para que pudiese respirar, ve el sobre blanco con el timbre de la Conservaduría General y dice, Qué es esto, y después un oficial, y después un subdirector, y después el jefe. Don José no quiso ni pensar en lo que vendría a continuación, se levantó de un salto, tomó la chaqueta que estaba colgada en el respaldo de una silla, sacó la credencial y, ansioso, mirando alrededor, se preguntó dónde diablos podría esconderla. Ningún mueble tenía llave, sus escasas pertenencias se encontraban al alcance de cualquier espíritu fisgón que entrara. Entonces reparó en las colecciones alineadas en el armario, allí debía de estar el remedio para la dificultad. Eligió la carpeta del obispo e introdujo el sobre, un obispo no excita la curiosidad por mucha fama de piadoso que tenga, no es un ciclista ni un corredor de fórmula uno. Volvió a la cama aliviado, pero la pregunta se había quedado esperándolo, No has adelantado nada, el problema no es la credencial, lo mismo da que las escondas o que la muestres, no será eso lo que te lleve a la mujer, Ya te he dicho que encontraré una manera, Lo dudo, el jefe te ató bien atado de pies y manos, no te permite que des un paso, Esperaré a que las cosas se calmen, Y luego, No sé, ya se me ocurrirá una idea, Podrías resolver el asunto ahora mismo, Cómo, Telefoneas a los padres, les dices que hablas en nombre de la Conservaduría, les pides que te den la dirección, Eso no lo hago, Mañana vas a casa de la mujer, no soy capaz de imaginar qué conversación será la vuestra, pero al menos te quedarás en paz, Probablemente no le hablaré cuando la tenga delante, Siendo así, por qué la buscas, por qué andas investigándole la vida, También junto papeles sobre el obispo y no estoy interesado en hablar con él algún día, Me parece absurdo, Es absurdo, pero ya era hora de hacer algo absurdo en la vida, Me quieres decir que si llegas a encontrar a la mujer, ella no se enterará de que la estuviste buscando, Es lo más seguro, por qué, No lo sé explicar, De todos modos, ni a la escuela de la niña conseguirás ir, las escuelas como la Conservaduría General, están cerradas los fines de semana, En la Conservaduría puedo entrar siempre que quiera, No se puede decir que sea una proeza realmente extraordinaria, la puerta de tu casa da allí, Se ve que nunca tuviste que ir por ti misma, Voy donde tú vas, asisto a lo que haces, Puedes continuar, Continuaré, pero tú, a la escuela, no entras, Veremos. Don José se levantó, era hora de cenar, si es que merecen tal nombre las ligerísimas colaciones que acostumbra a tomar de noche. Mientras comía, iba pensando, después lavó el plato, el vaso y el cubierto, recogió las migajas que habían caído al mantel, siempre pensando, y, como si el gesto hubiese sido la inevitable conclusión de lo que había pensado, abrió la puerta que daba a la calle. Enfrente, al otro lado de la calzada, había una cabina telefónica, a tiro de piedra, por decirlo así, en veinte pasos alcanzaría la punta del hilo que se llevaría su voz, el mismo hilo le traería una respuesta, y allí, bien en un sentido, bien en otro, se acabarían las búsquedas, podría volver a casa tranquilo, recuperar la confianza del jefe, después, girando en su propio e invisible rastro, el mundo retomaría la órbita de siempre, la calma profunda de quien simplemente espera la hora en que todas las cosas se cumplan, si es que estas palabras, tantas veces dichas y repetidas, tienen algún significado real. Don José no atravesó la calle, se puso la chaqueta y la gabardina y salió.
Tuvo que cambiar dos veces de autobús antes de llegar a su destino. La escuela era un edificio largo, de dos pisos y buhardillas, separado de la calle por una valla alta. El espacio intermedio, una franja de terreno donde crecían, dispersos, algunos árboles de pequeño porte, debía de utilizarse para el recreo de los alumnos. No había ninguna luz. Don José miró alrededor, la calle estaba desierta a pesar de que no era tarde, es lo bueno de estos barrios periféricos, sobre todo si el tiempo no está para abrir las ventanas, los vecinos se recogen en el interior de sus casas, y además de eso, no hay nada que ver fuera.
Don José caminó hasta el final de la calle, cambió de acera, ahora viene andando en dirección a la escuela, despacio, como alguien a quien le gusta salir a tomar el fresco nocturno y no tiene a nadie esperándole. A la altura del portón, se agachó como quien acaba de descubrir que lleva el cordón de un zapato desabrochado, el truco es viejo y gastado, no engaña, pero se usa a falta de otro mejor, cuando la imaginación no da para más.
Con el codo empujó el portón, que se movió un poco, no estaba cerrado con llave. Metódicamente, don José hizo un segundo nudo sobre el primero, se levantó y golpeó con el pie en el suelo para comprobar la solidez de la lazada, y prosiguió su camino, ahora más aprisa, parecía haber recordado de pronto que sí le esperaba alguien.
Los días que faltaban de la semana los vivió don José como si estuviese asistiendo a sus propios sueños. En la Conservaduría no lo vieron cometer ni un error, no se distrajo, no confundió un papel con otro, despachó cantidades ingentes de trabajo que en otro momento le habrían hecho protestar, en silencio, naturalmente, contra el trato deshumano de que los escribientes son víctimas desde siempre, y todo esto fue hecho y soportado sin una palabra, sin un murmullo. El conservador lo miró dos veces desde lejos, sabemos que ésa no es su costumbre, mirar a los subordinados, mucho menos a los de baja categoría, pero la concentración espiritual de don José alcanzaba tal grado de intensidad que era imposible no percibirla en la atmósfera perennemente suspendida de la Conservaduría General. El viernes, en el momento de acabar el trabajo y sin que nada lo hiciese prever, el conservador infringió todos los reglamentos, despreció todas las tradiciones, asombró a los funcionarios todos, cuando, al salir, y pasando al lado de don José, le preguntó, Está mejor.
Respondió don José que sí, que estaba mucho mejor, que no había vuelto a tener insomnio, y el conservador dijo, Le hizo bien la conversación que tuvimos, pareció que iba añadir algo más, alguna idea que súbitamente se le hubiese ocurrido, pero cerró la boca y salió, no faltaba más, anular el castigo impuesto sería una subversión de la disciplina. Los otros escribientes, los oficiales e incluso los subdirectores miraron a don José como si lo vieran por primera vez, las pocas palabras del jefe lo convertían en una persona diferente, es más o menos lo que sucede cuando se lleva a un niño a bautizar, se lleva a uno y se trae a otro. Don José acabó de arreglar la mesa, después esperó su turno de salida, estaba reglamentado que el primero en retirarse sería el subdirector más antiguo, después los oficiales, luego los escribientes, siempre según el orden de antigüedad, al otro subdirector le competía cerrar la puerta. Contra lo acostumbrado, don José no dio la vuelta a la Conservaduría General para ir a casa, se encaminó hacia las calles de alrededor, entró en tres tiendas diferentes y en cada una hizo una compra, medio kilo de manteca de cerdo en una, una toalla de rizo en otra, y también un pequeño objeto, cosa de nada, que cabía en la palma de la mano y que guardó en un bolsillo exterior de la chaqueta, porque no necesitaba ser envuelto. Después se fue para casa. Pasaba mucho de la media noche cuando salió. A esas horas eran pocos los autobuses en circulación, sólo de tarde en tarde aparecía uno, por eso don José, por segunda vez desde que la ficha de la mujer desconocida le apareciera, decidió tomar un taxi. Sentía una especie de vibración en la boca del estómago, como un zumbido, un frenesí, pero la cabeza permanecía calma o, simplemente, era incapaz de pensar. Hubo un momento en que don José, encogido en el asiento del taxi como si tuviera miedo de ser visto, todavía intentó imaginar lo que le podría suceder, las consecuencias que tendría en su vida, si el acto que estaba a punto de cometer se malograse, pero el pensamiento se escondió detrás de una pared, De aquí no salgo, dijo desde allí y él comprendió, porque se conocía bien, que el pensamiento lo quería proteger, no del miedo, sino de la cobardía. Cerca del destino, ordenó parar el taxi, recorrería a pie el poco camino que le faltaba, llevaba las manos en los bolsillos, sosteniendo, debajo de la gabardina abotonada, los paquetes que contenían la manteca y la toalla. En el momento en que iba a doblar una esquina para entrar en la calle donde se encontraba la escuela, le cayeron unas gotas de lluvia sueltas, sustituidas luego, cuando se aproximaba al portón, por un fuerte chaparrón que barrió ruidosamente la calzada. Se dice, desde los tiempos clásicos, que la fortuna protege a los audaces, en este caso el intermediario encargado de la protección fue la lluvia o, con otras palabras, el cielo directamente, si anduviera alguna persona por aquí a estas horas tardías estaría, sin duda, más preocupada en resguardarse del súbito aguacero que en observar los manejos de un sujeto de gabardina que, a juzgar por la edad que aparentaba, se escapó del chaparrón con una rapidez inesperada, ahora mismo estaba aquí y ya no está. Guarecido debajo de uno de los árboles de la cerca, el corazón batiéndose como loco, don José respiraba ansiosamente, maravillado por la agilidad con que se había movido, él, que en materia de ejercicios físicos no iba más allá de trepar hasta el tope de la escalera de la Conservaduría General, y Dios sabe con qué voluntad. Estaba a salvo de las miradas de la calle, y creía que, pasando cautelosamente de árbol en árbol, podría alcanzar la entrada de la escuela sin que nadie de fuera se apercibiese.
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