Tomó la pluma para comenzar, pero a mitad del gesto, sus ojos encontraron el papel donde anotó las direcciones, le rondaba algo en lo que no había pensado antes, la contingencia, más que probable, de que la mujer desconocida, después de divorciarse, se fuera a vivir con los padres, la contingencia, igualmente posible, de que fuese el marido quien hubiera dejado la casa, manteniéndose el teléfono a su nombre. De ser éste el caso, y considerando que la calle en cuestión se encontraba en las proximidades de la Conservaduría General, quién sabe si la mujer del autobús no sería ella.
El diálogo interior dio muestras de querer recomenzar, Era, No era, Era, No era, pero don José hizo oídos sordos esta vez, e, inclinándose sobre el papel, comenzó a escribir las primeras palabras, así, Entré en el edificio, subí hasta el segundo piso y escuché ante la puerta de la casa donde la mujer desconocida nació, entonces oí el llanto de un niño de pecho, pensé que podía ser el hijo, y al mismo tiempo un arrullo de mujer, Será ella, después supe que no.
Al contrario de lo que casi siempre se piensa, cuando se ven las cosas desde fuera, no suele ser fácil la vida en las entidades oficiales, menos aún en esta Conservaduría General del Registro Civil, donde, desde tiempos que no podremos llamar inmemoriales porque de todo y de todos se halla registro en ella, por obra del esfuerzo persistente de una línea ininterrumpida de grandes conservadores, se concentraron en grado sumo todas las excelencias y pequeñeces del oficio público, aquellas que hacen del funcionario un ser aparte, usufructuario y al mismo tiempo dependiente del espacio físico y mental delimitado por el alcance de su plumín. En términos simples, y con vista a una más exacta comprensión de los hechos generales abstractamente considerados en este preámbulo, lo que don José tiene es un problema por resolver. Sabiendo cuán costoso le resultó arrancar a las reluctancias reglamentarias de la jerarquía aquella media hora de baja en el trabajo, gracias a la cual evitó ser sorprendido en flagrante por el marido de la joven señora del segundo piso izquierda, podemos imaginar las aflicciones que está pasando ahora, noche y día, intentando encontrar una justificación útil que le permita solicitar, no una hora, sino dos, no dos, sino tres, que probablemente serán las que necesite para llevar a cabo, con provecho suficiente, la visita a la escuela y la indispensable investigación en sus archivos. Los efectos de esta inquietud constante, obsesiva, se manifestaron pronto en errores en el trabajo, en faltas de atención, en súbitas somnolencias diurnas debidas a los insomnios nocturnos, en resumen, don José hasta aquí apreciado por sus varios superiores como un funcionario competente, metódico y dedicado, comenzó a ser objeto de avisos severos, de amonestaciones, de llamadas al orden, que sólo sirven para confundirlo aún más, sin contar que, por el camino que va, puede tener como certísima una respuesta negativa si alguna vez llega a requerir la ansiada dispensa. La situación alcanzó tales extremos que, después de haber sido analizada, sin resultado, sucesivamente por oficiales y subdirectores, no quedó otro remedio que elevarla a la consideración del conservador, quien, en los primeros momentos, no conseguía comprender lo que pasaba, de puro absurdo. Que un funcionario hubiese descuidado hasta ese punto sus obligaciones era algo que imposibilitaba cualquier benevolente inclinación que aún pudiese existir para una decisión exculpatoria, era algo que ofendía seriamente las tradiciones operativas de la Conservaduría General, algo que sólo una enfermedad muy grave podría justificar. Conducido el delicuente a su presencia, fue esto mismo lo que el conservador preguntó a don José, Está enfermo, Creo que no, señor, Si no está enfermo, cómo explica entonces el mal trabajo que está realizando en los últimos días, No sé, señor, tal vez sea porque estoy durmiendo mal, En ese caso, está enfermo, Sólo duermo mal, Si duerme mal, es porque está enfermo, una persona saludable duerme siempre bien, a no ser que tenga algún peso en la conciencia, una falta censurable, de aquellas que la conciencia no perdona, la conciencia es muy importante, Sí señor, Si sus errores en el servicio están causados por el insomnio y si el insomnio está causado por acusaciones de la conciencia, entonces es preciso descubrir la falta cometida, No he cometido ninguna falta, señor, Imposible, la única persona que aquí no comete faltas soy yo, y ahora qué pasa, por qué mira la guía de teléfonos, Me he distraído, señor, Mala señal, sabe que siempre debe mirarme cuando le hablo, está en el reglamento disciplinario, yo soy el único que tiene derecho a desviar los ojos, Sí señor, Cuál es su falta, No sé señor, en ese caso todavía es más grave, las faltas olvidadas son las peores, He sido cumplidor de mis deberes, La informaciones de que dispongo a su respecto eran satisfactorias, pero eso, precisamente, sólo sirve para demostrar que su mala conducta profesional de estos días no es consecuencia de una falta olvidada, sino de una falta reciente, de una falta de ahora, La conciencia no me acusa, Las conciencias callan más de lo que debían, por eso crearon las leyes, Sí señor, tengo que tomar una decisión, Sí señor, Y ya la he tomado, Sí señor, Le aplico un día de suspensión, Y la suspensión, señor, es sólo de salario o también de servicio, preguntó don José viendo encenderse un vislumbre de esperanza, De salario, de salario, no se puede perjudicar al servicio más de lo que ya lo ha sido, además, no hace mucho tiempo que le di media hora libre, no me vaya a decir que esperaba que su mal comportamiento fuese premiado con un día entero, No señor, Deseo, por su bien, que le sirva de enmienda, que vuelva rápidamente a ser el funcionario correcto que era antes, por el interés de esta Conservaduría General, Sí señor, Nada más, regrese a su lugar.
Desesperado, con los nervios deshechos, a punto de llorar, don José fue donde le mandaron. Durante los pocos minutos que había durado la difícil conversación con el jefe, el trabajo se había acumulado en su mesa, como si los otros escribientes, sus colegas, aprovechándose de la deteriorada situación disciplinaria en que lo veían, quisieran, por propia cuenta castigarlo también. Además, unas cuantas personas esperaban su turno para ser atendidas. Todas estaban frente a él, y no era por casualidad, o porque pensaran, cuando entraron en la Conservaduría General, que el funcionario ausente quizá fuese más simpático y acogedor que los que estaban a la vista a lo largo del mostrador, sino porque esos mismos indicaron que era allí adonde debían dirigirse.
Como el reglamento interno determinaba que la atención a las personas tenía prioridad absoluta sobre el trabajo de mesa, don José se puso en el mostrador, sabiendo que por detrás le seguirían lloviendo papeles. Estaba perdido. Ahora, después de la airada advertencia del conservador y del subsiguiente castigo, aunque inventase el nacimiento imposible de un hijo o la muerte dudosa de un pariente, podía sacarse de la cabeza cualquier esperanza de que lo autorizasen en un periodo de tiempo inmediato a salir antes o entrar una hora después, media hora, un minuto, aunque fuese. La memoria, en esta casa de archivos, es tenaz, lenta en olvidar, tan lenta que nunca llega a borrar nada por completo. Tenga don José, de aquí a diez años una distracción, por muy insignificante que sea, y verá cómo alguien le recordará en seguida todos los pormenores de estos desafortunados días.
Probablemente a esto se refería el conservador cuando dijo que las peores faltas son aquellas que aparentemente están olvidadas. Para don José, el resto del día fue como un penoso calvario, forzado de trabajos, angustiado de pensamientos. Mientras una parte de su consciencia iba dando explicaciones acertadamente al público, rellenando y sellando documentos, archivando fichas, la otra parte, monótonamente, maldecía la suerte y la casualidad que acabaron transformando en curiosidad morbosa algo que no llegaría siquiera a rozar la imaginación de una persona sensata, equilibrada de cabeza. El jefe tiene razón, pensaba don José, Los intereses de la Conservaduría deben estar por encima de todo, si yo fuera juicioso, normal, ciertamente no me habría puesto, a esta edad, a coleccionar actores, bailarinas, obispos y jugadores de fútbol, es estúpido, es inútil, es ridículo, bonita herencia voy a dejar cuando muera, menos mal que no tengo descendientes, lo malo es que todo esto, quizá, me venga de vivir sin compañía, si tuviese una mujer. Llegado a este punto, el pensamiento se interrumpió, después tomó por otra vía, un camino estrecho, confuso, a cuya entrada se puede ver el retrato de una niña pequeña, a cuyo fin está, si estuviera, la persona real de una mujer hecha, adulta, que tiene ahora treinta y seis años, divorciada, Y para qué la quiero yo, para qué, qué haría yo con ella después de haberla encontrado. El pensamiento se cortó otra vez, desanduvo bruscamente los pasos dados, Y cómo crees que la vas a encontrar, si no te dejan ir a buscarla, le preguntó y él no respondió, en ese momento estaba ocupado informando a la última persona de la fila de que el certificado de defunción que había solicitado estaría listo al día siguiente.
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