– No se parece a ti -susurró Himiko con voz nerviosa.
– No se parece a nadie. Ni siquiera a un ser humano.
– Yo no diría eso… -intervino el pediatra.
Bird echó una mirada súbita al otro lado de la mampara de cristal: todos los bebés se movían frenéticamente. Parecían muy excitados. Imaginó que estaban cotilleando acerca del camarada a punto de ser deportado a un sitio desconocido. ¿Qué habría sido del bebé de ojos pensativos? ¿Y del hombrecillo cuyo hijo no tenía hígado?
– ¿Ha hecho los trámites en la oficina? -preguntó la enfermera.
– Sí.
– Muy bien, ya puede llevárselo.
– ¿Seguro que no cambiará de opinión? -preguntó el pediatra.
– Completamente seguro -dijo Bird, inflexible-. Gracias por todo.
– No tiene nada que agradecerme…
– Pues bien, entonces adiós.
– Adiós, y cuídese -dijo el doctor con voz muy suave.
Cuando salieron de la sala, los pacientes que haraganeaban en el corredor se dieron la vuelta como a una señal, y avanzaron hacia ellos. Bird avanzó mirándoles furiosamente y sujetando con firmeza la cesta. Himiko le seguía a toda prisa. Los enfermos se hicieron a un lado.
– Bird -dijo Himiko volviéndose para mirar atrás-, tal vez ese doctor o alguna enfermera avise a la policía.
– No lo creo -dijo Bird con firmeza-. No olvides que ellos mismos hicieron un intento por acabar con el bebé.
Se acercaban a la puerta principal y a lo que parecía una multitud de pacientes. Esta vez, defender al bebé de su malsana curiosidad le pareció tarea casi imposible. Bird se sintió como un jugador de rugby que corre en solitario hacia la portería defendida por todo el equipo contrario. De pronto se le ocurrió algo:
– El gorro está en el bolsillo de mis pantalones. ¿Puedes cogerlo y taparle la parte posterior de la cabeza?
Himiko lo hizo. Y juntos avanzaron hacia los pacientes que se les acercaban furtivamente y sonriendo como idiotas.
– ¡Qué hermoso bebé! ¡Parece un ángel! -exclamó una mujer de mediana edad, pero ellos prosiguieron sin titubear hasta lograr zafar a la multitud.
Afuera llovía otra vez. Subieron al coche y se acomodaron, Bird con la cesta sobre su regazo.
– ¿Listo?
– Sí, todo listo.
El coche salió disparado como dando inicio a una carrera.
– ¿Qué hora es, Bird?
El reloj indicaba una hora imposible. Estaba estropeado. Bird lo llevaba por hábito, pero desde hacía varios días no lo miraba ni lo ponía en hora. Le pareció que había estado viviendo fuera del tiempo que regía las vidas apacibles de todos aquellos que no se sentían amenazados por un bebé monstruo.
– Mi reloj no funciona.
Himiko encendió la radio del coche. Un locutor comentaba las repercusiones de la reanudación de las pruebas nucleares por parte soviética. La Liga Japonesa contra la Guerra Nuclear aprobaba la decisión soviética. Sin embargo, las luchas internas entre las distintas facciones de la Liga hacían prever que la próxima conferencia mundial para el desarme nuclear se hundiría en un pantano de discordia. Luego pasaron unas declaraciones de algunas víctimas de Hiroshima contrarias a las tesis de la Liga: ¿podía existir un arma nuclear limpia? Aunque las pruebas se efectuasen en las estepas siberianas, ¿podía existir una bomba nuclear que no perjudicase al hombre y su entorno?
Himiko cambió de emisora. Música popular…, un tango. Bird era incapaz de distinguir un tango de otro. El que sonaba era interminable. Al final apagaron la radio sin haber podido enterarse de la hora.
– Parece que la Liga se ha sometido al criterio soviético -dijo Himiko, inexpresiva.
– Así parece.
En un mundo que compartían todos los demás, el tiempo de la humanidad transcurría como un gigantesco destino maligno. Bird sólo era responsable del bebé que llevaba en su regazo, el monstruo que regía su destino personal.
– Bird, ¿crees que pueden existir personas que quieran una guerra nuclear, no porque se beneficien en ningún sentido, sino porque simplemente lo quieran así? La mayor parte de la gente cree, sin ningún motivo en particular, que el mundo se perpetuará y así lo esperan. Pero es probable que una minoría crea y aguarde, sin ningún motivo consciente, que la humanidad sea aniquilada. En el norte de Europa existe un animalillo similar a una rata, el lemming; a veces los lemmings se suicidan en masa. ¿No te parece que pueden existir personas como los lemmings?
– ¿Personas como los lemmings? La ONU tendría que organizar su caza y captura -bromeó Bird, aunque no tenía intenciones de salir en persecución de esas personas.
– Hace calor, ¿no? -dijo Himiko cambiando bruscamente de tema.
– Sí, es verdad.
EL calor del motor se transmitía al interior del coche a través de las delgadas placas metálicas de la carrocería, y como el techo de lona no dejaba que corriera el aire, comenzaron a sentirse como atrapados en un invernadero. Bird pensó en abrir un poco la lona, aunque entonces se mojarían por la lluvia.
– Detengámonos de vez en cuando para abrir las puertas -opinó Bird.
Enseguida vieron un gorrión empapado y muerto delante del coche. Al intentar esquivarlo, Himiko metió un neumático en un bache oculto bajo un charco. Bird se golpeó contra el tablero pero no soltó la cesta. Pensó que cuando llegasen a la clínica del médico abortista estarían llenos de magulladuras. Ninguno de los dos mencionó al gorrión muerto.
Bird volvió a acomodar la cesta sobre su regazo y por primera vez miró al bebé. Su rostro estaba enrojecido, pero no se sabía con certeza si respiraba o no. Asustado, Bird movió la cesta. Y de pronto el bebé, abriendo la boca al máximo, comenzó a berrear a todo pulmón. Lloraba a gritos, pero sus ojos cerrados estaban completamente secos. Bird tragó saliva y se calmó.
– Siempre he creído que el llanto de un bebé está lleno de significado -dijo Himiko, alzando la voz por encima del llanto que no cesaba-. Por lo que se sabe, puede significar lo que las palabras para los adultos.
El bebé continuaba llorando a todo volumen.
– Es una suerte que no comprendamos lo que dice -afirmó Bird con inquietud.
El coche siguió avanzando a toda velocidad, llevando consigo el llanto del bebé. Era como transportar una carga de cinco mil cigarras chillonas, o como si Bird e Himilco se hubiesen metido dentro de una cigarra chillona. Poco después, la atmósfera sofocante y el llanto se volvieron insoportables… Himiko paró y abrieron las puertas. El aire recalentado y húmedo del interior salió hacia, afuera como el eructo de un inválido enfebrecido. Tiritaron de frío ante la ola de aire fresco y lluvia que invadió el coche. El llanto del bebé se fue haciendo intermitente y en su lugar empezó a toser espasmódicamente. Bird se preguntó si no habría cogido alguna enfermedad del aparato respiratorio y protegió la cesta de la lluvia.
– Es peligroso exponerlo así al aire frío. Ha vivido en una incubadora…, podría coger una pulmonía.
– Ya lo sé -dijo Bird, de pronto fatigado.
– ¿Qué podemos hacer?
– ¿Qué se supone que uno debe hacer para que un bebé deje de llorar en estas circunstancias? -Bird nunca se había sentido tan inútil.
– He visto que les dan el pecho para que se calmen… -Himiko se detuvo como horrorizada y luego agregó-. Debimos haber traído un poco de leche.
– ¿Leche con agua? ¿O agua azucarada? -La fatiga le volvía cínico.
– Iré hasta una farmacia. Quizá tengan uno de esos juguetes con forma de pezón.
Himiko se apeó y corrió bajo la lluvia. Bird la vio alejarse y pensó que ninguna mujer de su edad tenía mejor educación que ella, pero hasta ahora esa inmejorable condición se estropeaba sin aplicarse en nada. Además, desconocía las cosas más elementales de la vida cotidiana. Probablemente nunca tuviera hijos. La recordó durante su primer año de universidad: la más activa del grupo. Y sintió pena de que ahora estuviera corriendo entre el barro y la lluvia. ¿Quién hubiera podido vaticinar este futuro para aquella compañera de estudios tan llena de juventud, tan pretenciosa y confiada en sí misma? Algunos camiones pasaron rugiendo como una manada de rinocerontes, y a Bird le pareció que eran como una llamada aguda y apremiante, pero ambigua. Durante un instante permaneció escuchando con atención.
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