Kenzaburo Oé - Una cuestión personal

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Revelación literaria en los años cincuenta, Kenzaburo Oé quedó consagrado como el mejor novelista japonés de la generación posterior a Yukio Mishima desde los años sesenta y se ha afirmado que recuerda a Dante, William Blake y Malcom Lowry. "Una cuestión personal", una de sus mejores y más crueles novelas, animada de una extraña violencia interior, cuenta la terrible odisea de Bird, un joven profesor de inglés abrumado por una cenagosa existencia cotidiana en el Japón contemporáneo. Su anhelo secreto es redimirse a través de un mítico viaje por África, donde, según cree, su vida renacerá plena de sentido. Pero tales proyectos sufren un vuelco de ciento ochenta grados: su esposa da a luz un monstruoso bebé, condenado a una muerte inminente o, en el mejor de los casos, a una vida de vegetal. Este hecho convulsiona el lánguido e indolente existir de Bird y, durante tres días y tres noches, se arrastra por un implacable recorrido hacia lo más profundo de su abismo interior. Descenso a los infiernos en el que le acompañará Himiko, una vieja compañera de estudios. Bird buscará refugio en el alcohol, en los brazos de Himiko y, principalmente, en su propia vergüenza y humillación: ¿debe aceptar la fatalidad, cargar para siempre con un hijo anormal y renunciar a sus planes de una vida mejor o, por el contrario, debe desembarazarse del bebé provocando un desenlace fatal?.

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– Señor Delchef, será mejor que vuelva. Esto puede acabar en un escándalo.

– No volveré. Mi amiga quiere que permanezca aquí -dijo Delchef esbozando una amplia sonrisa.

– ¿No se debe a motivos políticos? ¿Está aquí simplemente por relaciones sentimentales con esa chica?

– Sí, exactamente.

– Señor Delchef, es usted un hombre peculiar.

– ¿Peculiar? ¿Por qué?

– Su amiga no habla inglés, ¿es correcto?

– No, no lo habla. Nos entendemos en silencio, sin palabras.

El tubérculo de una tristeza insoportable comenzó a brotar poco a poco dentro de Bird.

– Pues, lo siento, señor Delchef… Espero que lo entienda, pero debo hacer un informe de esta entrevista y remitirlo a la legación. Luego vendrán por usted…

– No se preocupe, Bird. Lo comprendo. Me llevarán contra mi voluntad, no podré impedirlo. Supongo que mi amiga lo entenderá.

Bird sacudió débilmente la cabeza en señal de derrota. Delchef tenía todo el cuerpo cubierto de sudor.

– Les diré lo que usted piensa -concluyó Bird y se inclinó para recoger sus zapatos.

– Bird, ¿ha nacido su bebé?

– Sí, pero… Ha nacido enfermo; esperamos su muerte de un momento a otro. -Bird no entendía por qué lo había expresado tan derechamente-. Tiene una hernia cerebral, una deformación espantosa…

– ¿Por qué espera su muerte? Lo que necesita es una intervención quirúrgica. -Delchef lo miró con franqueza.

– No hay oportunidad de que crezca normalmente, ni siquiera tras una intervención -dijo Bird consternado.

– Kafka, ya sabe, le escribió a su padre que lo único que puede hacer un padre por su hijo es acogerlo con satisfacción cuando llega. Usted, en cambio, parece rechazarlo. ¿Puede excusarse el egoísmo que rechaza a otro ser, basándose en un derecho de padre?

Bird permaneció en silencio. Delchef había dejado de ser el extranjero excéntrico de bigote rojo, que mantenía el humor pese a lo apurado de su situación. Bird sentía como si un francotirador le hubiese dado de lleno. Reunió ánimo para replicar, pero de pronto se dio cuenta que no tenía nada que alegar. Bajó la cabeza.

Ah, this poor little thing! [«Esa pobre criatura.» (N. de la T.) ] -susurró Delchef.

Bird levantó la mirada estremecido y comprendió que esas palabras iban dirigidas a él. En silencio, esperó a que Delchef decidiera dejarle en libertad.

Cuando por fin pudo despedirse, Delchef le regaló un pequeño diccionario de su lengua natal. Bird le rogó que lo firmara. Delchef escribió una sola palabra en alguna lengua eslava, firmó debajo y explicó:

– En mi país, esto quiere decir «esperanza».

En la parte más estrecha del callejón, Bird se cruzó con una chica japonesa. Olfateó la fragancia del cabello recién peinado y vio la palidez enfermiza de su cuello. Se abstuvo de dirigirle la palabra.

Cuando abandonó el callejón, la luz brillante del sol le dio en plena cara. Corrió como un fugitivo sudando a chorros hacia el coche que estaba en el aparcamiento de una tienda. A la hora más calurosa del día, Bird era el único hombre que corría en toda la ciudad.

CAPÍTULO XI

El domingo por la mañana, cuando Bird despertó, la habitación rebosaba de luz y aire fresco. La. ventana estaba abierta por completo y corría una brisa agradable. Desde la sala de estar llegaba el zumbido de una aspiradora. Habituado a la penumbra de la casa, Bird se sintió incómodo. A toda prisa, antes de que apareciera Himiko y se burlara de su desnudez, se vistió y fue a la sala de estar.

– Buenos días, Bird -lo saludó Himiko con vivacidad.

Tenía la cabeza envuelta en una toalla a modo de turbante y esgrimía la aspiradora como si fuera un palo con el que quisiera aplastar un ratón escurridizo. Su rostro había recuperado el aire juvenil.

– Ha venido mi suegro. Está dando un paseo mientras termino con la limpieza -dijo alegremente.

– ¿Tu suegro?… Será mejor que me vaya.

– No tienes por qué huir, Bird.

– Últimamente me siento como un convicto. Resulta difícil conocer a alguien cuando se vive en un escondrijo.

– Mi suegro sabe que a menudo hay hombres aquí. No le importa ni le molesta. Pero creo que sí le molestaría que mis amigos escapasen a todo correr cuando le vieran aparecer.

El rostro de Himiko se puso serio de pronto.

– De acuerdo. Entonces me afeitaré.

Regresó al dormitorio. La expresión seria de Himiko le había sorprendido. Desde que vivía en su casa sólo pensaba en si mismo, y a Himiko la consideraba un apéndice de su personalidad y sus problemas. No dudaba de sus prerrogativas, pero ella acababa de recordarle que en esa casa no era monarca absoluto.

Bird terminó de afeitarse y se miró en el espejo: un rostro pálido y marchito, no sólo a causa de que había perdido peso sino también por la desgracia personal que él dimensionaba al infinito.

– Desde que irrumpí en tu vida me he comportado como un egoísta -afirmó Bird cuando regresó a la sala de estar-. Incluso empiezo a sentir como si ésa fuera la única manera de actuar.

– ¿Estás disculpándote? -dijo Himiko burlona. Su rostro había recuperado la dulzura habitual.

– He dormido en tu cama, he comido de tu comida y hasta te he hecho participar de mis problemas. No tengo derecho a todo ello y sin embargo me he sentido como en casa.

– Bird, ¿piensas marcharte? -preguntó ella preocupada.

Bird la miró y experimentó la sensación de algo ineluctable: nunca encontraría a otra persona tan adecuada para él.

– Aunque acabes marchándote, todavía no lo hagas. Por favor, Bird.

Él volvió al dormitorio, se acostó boca arriba y cerró los ojos. Sentía una profunda gratitud hacia Himiko.

Más tarde, los tres se sentaron a la mesa y hablaron sobre los gobernantes de los nuevos estados africanos y sobre la gramática del swahili. Himiko descolgó el mapa de África de la pared de su habitación y lo extendió sobre la mesa para mostrárselo a su suegro.

– ¿Por qué no hacéis un viaje a África? -propuso de pronto el anciano-. Si vendieras esta casa y algo más, tendrías el dinero suficiente.

– Pues… no es mala idea -dijo Himiko, y miró a Bird-. Tú podrías olvidar al bebé y yo a mi esposo.

– Sí, así es. Y eso es lo más importante -afirmó el suegro de Himiko con entusiasmo-. ¡Haced el viaje juntos!

El proyecto sacudió las fibras íntimas de Bird.

– Yo… no podría. Simplemente no podría -dijo inseguro.

– ¿Por qué no? -le desafió Himiko.

– Porque… es un truco. Olvidarlo todo durante un viaje a África… Yo… -balbuceó y se ruborizó-. ¡No podría hacerlo!

– Bird tiene principios muy firmes -bromeó Himiko.

Bird se sonrojó e hizo un gesto de reproche hacia Himiko. En realidad, hubiese aceptado gustoso un viaje con el objetivo de liberar a Himiko del fantasma de su marido ahorcado. Sin embargo, la idea de que el anciano pudiese sugerir el viaje de ese modo le aterrorizó, y al mismo tiempo ansiaba oír esas palabras.

– Más o menos dentro de una semana Bird regresará junto a su esposa -añadió Himiko.

– Comprendo… -dijo el suegro-. Sólo he sugerido la posibilidad del viaje porque es la primera vez que encuentro a Himiko tan vital tras la muerte de mi hijo. Espero no haberle molestado.

Bird miró perplejo al anciano. Tenía una cabeza maciza y calva, y no se sabía con certeza dónde acababa pues el cráneo se prolongaba en una sola pieza hasta el cuello y de allí hasta los hombros. Una cabeza que recordaba a un león marino, y dos ojos tranquilos, ligeramente nublados. Bird buscó algún indicio sobre la naturaleza de aquel hombre, pero no encontró ninguno. De modo que se mantuvo en silencio y sonrió vagamente, ocultando la desilusión que le subía desde el pecho hasta la garganta.

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