Bird miró el coche deportivo. Con el techo negro sobre su carrocería escarlata parecía una herida abierta en carne viva y sus costras aledañas. Sintió un asco inexpresable. El cielo continuaba oscuro, y la atmósfera húmeda y agobiante. La lluvia descendía como una neblina hasta que el viento la arremolinaba, y así sucesivamente. Los árboles estaban cargados de agua y el follaje tenía un verde sombrío e intenso. Quizá, pensó, desde su lecho de muerte volvería a ver esa clase de verde. Le pareció que era él, y no el bebé, quien estaba a punto de morir a manos de un abortista inescrupuloso.
Puso la cesta y la ropa del bebé dentro del coche. Ropa interior, calcetines, una chaquetilla de lana, pantalones y hasta una gorra diminuta. Éstas eran las cosas que Himiko había tardado más de una hora en comprar, mientras él aguardaba en el coche, intranquilo por la tardanza. Incluso llegó a pensar que Himiko le había abandonado, tanto se demoraba.
– Bird, la comida está lista -dijo la chica cuando Bird entró.
Himiko estaba comiendo una salchicha de pie en la cocina. A Bird le asqueó el olor a ajo que desprendía la sartén y sacudió la cabeza. Himiko tomó un sorbo de agua y, con el vaso en la mano y expeliendo un fuerte olor a ajo, dijo:
– Si no tienes hambre, dúchate.
– Eso haré -dijo Bird, aliviado.
Generalmente cuando se duchaba sentía deseos sexuales, pero hoy sólo sentía un doloroso martilleo en el corazón. Cerró los ojos bajo la lluvia tibia, inclinó la cabeza hacia atrás e intentó frotarse detrás de las orejas. Poco después, Himiko se metió con él bajo la ducha y comenzó a lavarse rascándose enérgicamente en todo el cuerpo. Bird salió del cuarto de baño. Mientras se secaba oyó un golpe seco, como el golpe de algo pesado contra el suelo, fuera de la casa. Se asomó a la ventana y vio que el MG escoraba peligrosamente, semejante a un barco naufragando: el neumático delantero derecho había desaparecido. Se vistió en un santiamén y salió: las pisadas se alejaban por el callejón pero Bird se entretuvo examinando el coche. Alguien lo había levantado con un gato, había quitado el neumático y desaparecido en un momento. El gato estaba bajo el coche, como un brazo fracturado. Un faro delantero se había roto.
– ¡Han robado un neumático! -gritó a Himiko, que aún seguía en la ducha-. ¿Tienes repuesto?
– Al fondo del trastero.
– Pero ¿a quién se le ocurriría robar sólo un neumático?
– ¿Recuerdas el chico joven que viste por la ventana aquella noche, antes de que llegara el doctor de cabeza de huevo? Pues ha sido él. Es uno de sus numeritos. Seguro que nos está observando desde algún sitio -explicó Himiko a gritos, como si no hubiera sucedido nada-. Si no le damos importancia y nos ve partir, seguro que llorará en su escondite como un niño. Intentémoslo.
– Si, muy bien, pero antes hay que ver si el coche funciona.
Bird puso el neumático de recambio y encendió el motor. Funcionaba, pero él estaba sucio de barro y grasa, y sudaba a mares. Tuvo ganas de darse otra ducha, pero Himiko ya estaba lista. Partieron como estaban y al salir del callejón alguien les arrojó guijarros al techo.
– Ven tú también -instó a Himiko cuando ella no hizo nada por salir del coche.
Avanzaron juntos y de prisa por el corredor que conducía a la sala de cuidados intensivos. Bird sujetaba la cesta e Himiko la ropa del bebé. En el hospital había una atmósfera extraña, ningún paciente les prestaba atención. Tal vez se debía a la lluvia y el viento, y a los truenos que retumbaban a lo lejos. Bird buscaba las palabras para hacer entender a las enfermeras que se llevaría al bebé. Pero en la sala ya se sabía que venían por el bebé, lo que alivió a Bird. Igual se mantuvo inexpresivo, con la mirada fija en el suelo, y respondió lo imprescindible a las preguntas rutinarias. No deseaba que ninguna enfermera se pusiera a hacer preguntas inoportunas.
– Sólo tiene que llevar esta tarjeta a la oficina y pagar -dijo una enfermera-. Mientras llamaré al pediatra.
Bird cogió la tarjeta. Tenía un color rosa lujurioso.
– He traído algo de ropa para el bebé…
– Muy bien, será de utilidad. Yo la llevaré.
Mientras hablaba, los ojos de la mujer evidenciaban que desaprobaba la conducta de Bird. Le entregó la ropa y ella examinó prenda por prenda; finalmente le devolvió la gorra. Bird se la metió en el bolsillo y miró malhumorado a Himiko, que no se había percatado de lo que sucedía.
– ¿Qué?
– Nada. Tengo que ir a la oficina.
– Te acompaño -dijo Himiko como si temiese que la abandonara.
En tanto hablaron con las enfermeras de la sala, ambos habían permanecido de pie y dando la espalda a los bebés tras la mampara de cristal.
La muchacha que estaba en la ventanilla cogió la tarjeta, le pidió a Bird su sello [En Japón es habitual el uso de sellos personales, en lugar de firmas manuscritas. (N. de la T.) ] y dijo:
– Veo que el bebé vuelve a casa… Enhorabuena.
Bird asintió con la cabeza, sin afirmar ni negar.
– ¿Qué nombre le ha puesto a su hijo?
– Todavía no lo hemos decidido…
– De momento está registrado como su primer hijo, pero necesitaríamos un nombre para nuestros archivos.
Un nombre, pensó Bird. La idea le turbaba. Si le proporcionaba un nombre al monstruo, desde ese instante parecería más humano y era probable que poco a poco se afirmara como ser humano. Una cosa era que muriese sin nombre pero otra muy distinta que lo hiciera con un nombre.
– Puede dejarnos un nombre provisional, aunque luego se lo cambie por otro -dijo la chica con amabilidad.
– Ponle un nombre, Bird -intervino Himiko impaciente.
– … Kikuhiko -dijo, recordando las palabras de su mujer. Y le enseñó a la chica qué caracteres tenía que emplear.
Una vez saldadas las cuentas, recuperó casi todo el dinero dejado en garantía. El bebé sólo había consumido leche diluida y agua azucarada. Su estancia en el hospital había resultado más barata de lo previsible.
Bird e Himiko retornaron a la sala de cuidados intensivos.
– Este dinero lo cogí de los ahorros para un viaje a África. Y ahora, cuando he decidido librarme del bebé e irme contigo a África, lo tengo de nuevo en mi poder…
Al hablar, Bird fue asaltado por sentimientos confusos y no tuvo claro qué quería decir con esas cosas.
– Entonces ese dinero será realmente para África -afirmó Himiko entusiasmada, y agregó-: Bird, ese nombre, Kikuhiko… Conozco un bar gay con ese nombre, se escribe con los mismos caracteres. La mama-san se llama Kikuhiko.
– ¿Qué edad tiene?
– Mmmm… Es difícil de calcular en maricas como ése; unos cuatro o cinco años menos que tú.
– Apuesto a que es el mismo Kikuhiko que conocí en provincias antes de venir a Tokio. Durante la ocupación tuvo una aventura con un funcionario norteamericano, después huyó a Tokio.
– ¿Lo dices en serio? ¿Qué tal si luego nos dejamos caer por allí para que lo compruebes? Será divertido, ¿no crees?
Luego, pensó Bird, luego de abandonar el bebé en manos de un abortista corrupto.
Recordó cómo había abandonado a su amigo Kikuhiko en una ciudad de provincias desconocida y en plena noche. Y ahora el bebé que estaba a punto de abandonar se llamaría Kikuhiko. Durante un instante Bird consideró la posibilidad de regresar y cambiarle el nombre. Pero en vez de hacerlo, dijo como necesitado de castigarse:
– ¡Despediremos la noche en ese bar gay Kikuhiko! ¡Será un auténtico velatorio!
El bebé Kikuhiko ya estaba de este lado del cristal, en su cesta y con la ropa escogida por Himiko. El pediatra esperaba junto a la cesta. Bird percibió la sorpresa de Himiko cuando vio al bebé. Había crecido un poco y tenía los ojos abiertos como grietas en su piel, y la mirada bizca. La protuberancia craneal también se había hecho mayor, más roja y brillante. Con los ojos abiertos el bebé parecía un anciano ermitaño salido de un Nang. Con todo, no tenía aspecto demasiado humano: la parte frontal del cráneo todavía estaba muy contraída y no equilibraba la monstruosa protuberancia posterior. Agitaba los puños cerrados como si quisiera salirse de la cesta.
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