Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo

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Me llamo Rojo nos introduce en el esplendor y la decadencia del Imperio Turco, una potencia que llegó hasta las puertas de Viena. Viajamos hasta el siglo XVI, el sultán desea inmortalizar su figura en un lienzo, pero la ley islámica lo prohíbe. La tentación vence y cuatro artistas trabajarán en secreto, elaborando un libro lleno de imágenes nunca antes pintadas. Hasta que uno de ellos desaparece.

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– No quiero otra cosa sino vivir en esta casa con usted.

– Hija mía, ¿no decías hace un momento que querías casarte?

Así es discutir con mi padre: al final acabo por creer que no tengo razón.

– Sí, lo decía -le respondí mirando al suelo. Luego, mientras me contenía para no llorar, me dio valor lo razonable de la idea que se me había ocurrido y continué-. Bien, entonces, ¿no voy a volver a casarme nunca?

– Daría la bienvenida a un yerno que no te llevara lejos de aquí. ¿Quién es tu pretendiente? ¿Estaría dispuesto a vivir con nosotros en esta casa?

Guardé silencio. Por supuesto los dos sabíamos que mi padre no sentiría respeto por un yerno dispuesto a vivir en esta casa con nosotros y que acabaría por aplastarle. Y le menospreciaría de una manera tan retorcida y magistral por ser un calzonazos que ni siquiera yo querría entregarme a un hombre así.

– Sabes que en la situación en que te encuentras es casi imposible que te cases sin el consentimiento de tu padre, ¿no? Pues no quiero que te cases y no te doy permiso.

– No quiero casarme, quiero divorciarme.

– Porque un animal desconsiderado al que no le importara otra cosa que su propio beneficio podría hacerte mucho daño. Sabes cuánto te quiero, ¿no es verdad, hija mía? Y además tenemos que terminar ese libro.

Me callé. Porque si llego a empezar a hablar me habría dejado llevar por los demonios, que estaban perfectamente al tanto de mi irritación, y le habría dicho en la cara a mi padre que sabía que por las noches se llevaba a Hayriye a la cama. Pero ¿no estaría feo que una muchacha como yo le dijera a su anciano padre que sabía que se acostaba con una esclava?

– ¿Quién quiere casarse contigo?

Miré al suelo y guardé silencio, pero no por vergüenza, sino de pura rabia. Y lo que era aún peor, no poder responderle a pesar de estar tan enfadada me enfurecía todavía más. Entonces me imaginé a mi padre y a Hayriye en la cama en aquella postura tan ridícula y repugnante. Estaba a punto de llorar cuando le dije, todavía mirando al suelo:

– Hay calabacines en el fuego. Que no se peguen.

Fui al cuarto que había junto a las escaleras, el que tenía una ventana que nunca se abría que daba al pozo, rápidamente encontré a tientas mi cama en la oscuridad, la abrí y me tumbé en ella. ¡Ah! ¡Qué hermoso es cuando eres niña, te has enfrentado a alguna injusticia, te acuestas y te quedas dormida llorando! Sólo yo me quiero y esta soledad es tan amarga que solamente vosotros, que oís mis lamentos y mis gemidos, venís en mi ayuda cuando lloro por mi soledad.

Poco después miré y vi que Orhan se había acostado conmigo. Metió la cabeza entre mis pechos, le miré y me di cuenta de que él también lloraba suspirando. Lo atraje hacia mí y le apreté con fuerza.

– No llores, madre -me dijo poco después-. Padre volverá de la guerra.

– ¿Y tú cómo lo sabes?

Guardó silencio. Pero en ese momento le quise tanto, le apreté de tal manera contra mi pecho que olvidé todas mis preocupaciones. Ahora, antes de quedarme dormida abrazando el cuerpo delicado de mi flaco Orhan, sólo me queda una inquietud y quiero confesárosla. Ahora estoy arrepentida de lo que poco antes dije furiosa sobre mi padre y Hayriye. No, no es que sea mentira, pero de todas maneras me da tanta vergüenza haberlo dicho que me gustaría que olvidarais que lo he hecho. Vednos como si nunca lo hubiera hecho y como si mi padre no hiciera lo que hace con Hayriye. Por favor.

17. Soy vuestro Tío

Es difícil tener una hija, muy difícil. Lloraba en su habitación, podía oír sus sollozos, pero yo era incapaz de hacer nada excepto mirar las páginas del libro que tenía en las manos. En una página del volumen que estaba intentando leer, el Libro de las circunstancias del Juicio Final , estaba escrito que tres días después de la muerte el alma recibe permiso de Dios para visitar el cuerpo en el que antes vivía. El alma, al ver el lastimoso estado de su antiguo cuerpo en la tumba, sanguinolento y entre líquidos putrefactos, siente pena, llora diciendo «pobre cuerpo, pobre y querido antiguo cuerpo mío» y lleva luto por él. Pensé durante un rato en el amargo final de Maese Donoso, en su triste situación en el fondo del pozo y en que su alma lo habría visitado allí en lugar de en su tumba y en que, por supuesto, se habría entristecido enormemente.

Cuando se apagaron los sollozos de Seküre dejé aquel libro sobre la muerte. Me puse una camisa de lana más, me apreté firmemente el grueso fajín de fieltro como para calentarme la cintura, me puse también los zaragüelles forrados de piel de conejo y me disponía a salir cuando miré y vi en la puerta a Sevket.

– ¿Adonde vas, abuelo?

– Tú métete en casa. Voy a un funeral.

Pasé por calles desiertas cubiertas de nieve entre casas pobres, podridas por todas partes, inclinadas, que apenas podían tenerse en pie, y por los solares vacíos que habían dejado los incendios. Caminé largo rato por los suburbios en dirección a las murallas, dando pasos cuidadosos para no resbalarme en el hielo y caerme, entre huertas y campos, pasando ante herrerías, talabarterías y establecimientos de vendedores de sillas, arneses, herraduras, ruedas y guarniciones para carros.

No sabía por qué se celebraba el funeral tan lejos, en la mezquita de Mihrimah en la Puerta de Edirne. Ya en la mezquita abracé a los cabezones y atónitos hermanos del muerto, que parecían furiosos y altivos. Los ilustradores y calígrafos nos abrazamos y lloramos. Mientras rezábamos el responso entre una niebla plomiza que había descendido de repente y lo envolvía todo, mi mirada se quedó clavada en el ataúd sobre el ara funeraria y sentí tal odio por el miserable que había hecho aquello, creedme, que incluso se me confundió en la mente la oración de Gloria a Dios.

Después de la oración, mientras los congregados se llevaban el ataúd a hombros, yo continuaba entre los ilustradores y los calígrafos. Cigüeña y yo olvidamos que algunas de las noches en que nos quedábamos a trabajar hasta el amanecer a la pálida luz de las lámparas en el libro había intentado convencerme de lo chapucero de las decoraciones de Maese Donoso, de lo inexperto de su uso del color -todo lo llenaba de azul marino para que pareciera más rico- y que de hecho yo le había dado la razón respondiéndole «pero no hay nadie más», y nos dimos un abrazo mutuo sollozando de nuevo. La mirada de Aceituna, amistosa, con un cierto respeto, y su abrazo posterior -el hombre que sabe abrazar es un buen hombre- me agradaron tanto que otra vez pensé que de entre todos los ilustradores y calígrafos era él quien más creía en mi libro.

El Gran Ilustrador, el Maestro Osman, y yo nos encontramos lado a lado en las escaleras de la puerta del patio y no supimos qué decirnos. Fue un momento extraño y tenso; uno de los hermanos del difunto comenzó a lloriquear y un tipo amigo de manifestaciones ostentosas gritó: «Dios es grande».

– ¿A qué cementerio vamos? -me preguntó, pero sólo por decir algo.

Responderle que no lo sabía podía ser tomado por una actitud casi hostil y aquello me preocupaba, así que sin pensármelo me volví al hombre que estaba a mi lado en las escaleras y le pregunté yo también:

– ¿A qué cementerio vamos? ¿Al de la Puerta de Edirne?

– Al de Eyüp -me contestó aquel joven cretino, barbudo y airado.

– Al de Eyüp -me volví y le dije a mi maestro, pero de hecho ya había oído la respuesta del joven cretino barbudo y airado. Así pues me miró como diciendo que lo había oído y lo hizo de tal manera que comprendí de inmediato que no quería que nuestro encuentro se prolongara más.

Por supuesto, el hecho de que Nuestro Sultán me favoreciera con el encargo de escribir, decorar e ilustrar aquel libro al que yo calificaba de «secreto» era algo que había provocado el resentimiento del Maestro Osman. Además, estaba el detalle de que por influencia mía Nuestro Sultán sintiera curiosidad por los estilos de pintura de los francos. En cierta ocasión el sultán había obligado al Gran Maestro Osman a que copiara un retrato suyo que le había hecho un italiano. Sé que el Maestro Osman me consideraba responsable de aquella extraña pintura, imitación de la del artista italiano, que había hecho asqueado calificándola de «tortura». Tenía razón.

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