Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo
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Volví a ponerme en marcha. Pasé por callejuelas y crucé pasajes donde el barro se había congelado haciendo casi imposible caminar. Cuando llamaba a la puerta de la casa me dejé llevar por mi espíritu bromista y grité:
– ¡Buhonera, aquí está la buhonera! Traigo tules rizados de lo más púrpura, dignos de un sultán, chales maravillosos llegados de Cachemira, fajines de seda de Bursa, las mejores camisas de paño de Egipto con ribetes de seda, manteles de muselina bordada, sábanas y colchas, pañuelos de todos los colores, ¡buhonera!
Abrieron la puerta y entré. Como siempre, la casa olía a camas, sueño, aceite refrito y humedad. Ese olor terrible a hombres solteros que se van haciendo mayores.
– ¡So bruja! ¿Por qué gritas?
Subí sin decir nada y le entregué la carta. Se acercó a mí como una sombra en aquella habitación en penumbra y me la arrebató de las manos. Pasó a la habitación de al lado, allí había una lámpara siempre encendida. Me detuve en el umbral.
– ¿No está tu señor padre? -le pregunté.
No me contestó. Leía la carta completamente absorto. Le dejé que la leyera. Como estaba detrás de la lámpara no podía verle la cara. Cuando la terminó comenzó a leerla otra vez.
– ¿Y? -le dije-. ¿Qué ha escrito? Hasan me la leyó:
Estimada señora Seküre:
Yo, que también he vivido durante años con el recuerdo de una única persona, comprendo respetuosamente que esperes a tu marido y que no pienses en nadie más. Qué otra cosa se podría aguardar de una mujer como tú sino honestidad y castidad- aquí Hasan lanzó una carcajada -. Pero el hecho de que fuera a ver a tu padre se debía a algo relacionado con la pintura y no a la intención de molestarte. Eso ni se me pasaría por la cabeza. Tampoco se me ocurriría sugerir que he recibido una señal tuya ni que me hayas dado esperanzas. Cuando se me apareció tu rostro en la ventana como un rayo de luz, sólo pensé que era una gracia que Dios me concedía. Porque la felicidad de poder ver tu rostro me basta-« Esto se lo ha plagiado a Nizami», interrumpió airado -. Pero ya que me dices que no me acerque a ti, respóndeme, ¿eres un ángel para que acercarse a ti sea tan terrible? Escúchame, escúchame: cuando a medianoche contemplaba la luz de la luna que se reflejaba en montañas peladas por las ventanas de caravasares solitarios y malditos regidos por posaderos desesperados donde sólo se hospedaban bandoleros que huían del cadalso e intentaba dormir escuchando los aullidos de lobos aún más desdichados y solos que yo, pensaba que un día te vería de repente tal y como te he visto en esa ventana. Escucha: ahora que vuelvo a casa de tu padre a causa de un libro, me devuelves la pintura que te hice de niño. Es una señal de que he vuelto a encontrarte y no de que nuestro amor ha muerto. He visto a uno de tus hijos, a Orhan. Pobre huérfano. ¡Yo seré su padre!
– Dios le bendiga, qué bien lo ha escrito -dije-. Se nos ha hecho todo un poeta.
– «¿Eres un ángel para que acercarse a ti sea tan terrible?» -dijo Hasan-. Esta frase se la ha copiado a Ibni Zerhani. Yo soy capaz de escribir mejor -se sacó su propia carta de un bolsillo-. Toma esto y llévaselo a Seküre.
Por primera vez me disgustó aceptar dinero por llevar una carta. En su enloquecido empeño por un amor que no le era correspondido sentí algo que provocaba una cierta repugnancia. Y Hasan, como si quisiera confirmar mi impresión, dejó a un lado la buena educación que lucía desde hacía tanto tiempo y me dijo con chulería:
– Dile que si queremos podemos traerla a casa a la fuerza con una orden del cadí.
– ¿Se lo digo de veras?
Hubo un silencio. «No se lo digas», me respondió. La luz de la lámpara de la habitación se reflejó en su cara y pude ver que miraba al suelo como un niño que sabe que ha hecho algo malo. Como conozco estos estados de ánimo suyos, siento respeto por su amor y le llevo sus cartas. No por dinero, como todos creen.
Estaba saliendo de la casa cuando Hasan me detuvo en la puerta.
– ¿Le dices a Seküre cuánto la quiero? -me preguntó muy nervioso y nada sensato.
– ¿No se lo dices tú en tus cartas?
– Dime, ¿cómo puedo convencerlos a ella y a su padre?
– Siendo una buena persona -le respondí, y eché a andar hacia la puerta.
– A mi edad es ya un poco tarde… -dijo con una amargura sincera.
– Has empezado a ganar mucho dinero, Hasan el funcionario. Eso hace buenas a las personas -le contesté, y me fui.
El interior de la casa era tan oscuro y tenebroso que me pareció que fuera había templado. El sol me dio en la cara. Pensé que me gustaría que Seküre fuera feliz. Pero también estimaba a aquel pobrecillo que había visto en esa casa húmeda, fría y oscura. Sin que lo hubiera planeado, simplemente porque me salió de dentro, me metí en el Mercado de las Especias de Lâleli creyendo que el olor de la canela, el azafrán y la pimienta me harían volver en mí, pero me equivocaba.
Tras recibir las cartas, Seküre preguntó primero por Negro. Le dije que el fuego del amor le envolvía cruelmente y aquello le agradó.
– Hasta las mujeres que se pasan el día bordando en casa discuten la razón por la que el pobre Maese Donoso habrá sido asesinado -dije luego cambiando de conversación.
– Hayriye, haz dulce de sémola y llévaselo a la señora Kalbiye, la pobre viuda de Maese Donoso -le ordenó Seküre.
– Parece ser que a su entierro van a ir todos los erzurumíes y una enorme multitud -proseguí-. Su familia dice que su muerte no quedará sin vengar.
Pero Seküre había comenzado a leer la carta de Negro. La miré a la cara con toda mi atención, furiosa. Esta mujer tiene tanta experiencia en la vida que puede controlar la manera en que sus pasiones se reflejan en su rostro. Mientras leía la carta noté que le gustaba que me mantuviera callada y que interpretaba mi silencio como si yo aprobara la importancia especial que le concedía a la carta de Negro. Y así, cuando acabó de leerla y me sonrió, no tuve más remedio que preguntarle lo siguiente, porque sabía que a Seküre le gustaría:
– ¿Qué dice?
– Lo mismo que cuando era niño… Está enamorado de mí.
– ¿Y qué piensas?
– Estoy casada. Espero a mi marido.
Al contrario de lo que podáis pensar, no me enfadé porque me soltara aquella mentira después de pretender que me interesara, debo decir que hasta me tranquilizó. Si muchas de las jovencitas y mujeres para las que llevo cartas y a quienes doy consejos sobre la vida demostraran el cuidado de Seküre, tanto mi trabajo como sus esfuerzos resultarían el doble de fáciles e incluso algunas podrían encontrar mejores maridos.
– ¿Y qué dice el otro? -le pregunté no obstante.
– Ahora no me apetece leer la carta de Hasan -me replicó-. ¿Sabe Hasan que Negro ha vuelto a Estambul?
– No sabe ni que existe.
– ¿Hablas alguna vez con Hasan? -me preguntó mi preciosa abriendo sus ojos negros.
– Sólo porque tú quieres.
– ¿Y?
– Sufre. Te quiere mucho. Aunque tu corazón se incline por otro, te será muy difícil librarte de él. Le ha dado muchas alas el que aceptes sus cartas. Ten cuidado con él. Porque está dispuesto, no sólo a llevarte de vuelta a su casa, sino a obligarte a aceptar que su hermano ha muerto y a casarse contigo -sonreí para compensar un poco el lado amenazador de mi última frase y que no me tomara por el heraldo de ese desgraciado.
– ¿Y qué cuenta el otro, pues? -me preguntó, pero ¿sabía por quién preguntaba?
– ¿El ilustrador?
– Estoy totalmente confusa -dijo de repente, quizá temiendo sus propios pensamientos-. Y me da la impresión de que todo se va a complicar todavía más. Mi padre está viejo ya. ¿Qué será de nosotros? ¿De estos huérfanos? Noto que se está acercando algo malo que nos afectará a todos, que el Diablo está preparando algo. Ester, dime algo que me alegre.
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