Nadine Gordimer - Un Arma En Casa

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La vida de los Lingord, un matrimonio liberal de Suráfrica, sufre un vuelco cuando su hijo Duncan mata a uno de sus compañeros de piso. El joven ha confesado su autoría, pero no el motivo del crimen. Para afrontar el proceso, los Lingord recurren a un abogado negro recién regresado del exilio, una elección arriesgada en un país donde sólo formalmente se ha puesto fin a la discriminación racial.

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Un estallido de calor invadió a Harald, una confusión similar a la ansiedad o la rabia, pero no era ninguna de las dos cosas. Un tipo de reacción que nunca había tenido ocasión de aparecer hasta ese momento.

Duncan, sí. Los miró, reconociéndose. Claudia le sonrió alzando la cabeza, para que todos lo vieran. Y él contestó con un gesto de asentimiento. Pero no volvió a mirar a sus padres directamente durante los trámites que siguieron, excepto cuando su mirada, controlada, casi pensativa, se deslizó por encima de ellos al recorrer la galería del público situada más allá de los dos jóvenes negros con las piernas extendidas cómodamente ante sí, el anciano blanco sentado e inclinado hacia delante, con la cabeza entre las manos, y el grupo familiar que, probablemente, se había metido ahí, despistado, a la espera de que llegara el caso que le concernía, y hablaba en susurros sobre sus asuntos.

El juez entró en escena, todos se pusieron en pie de un brinco y se dejaron caer de nuevo. Era alto o bajo, calvo o no: qué más daba. Sacudió los hombros bajo la voluminosa toga, encorvado sobre los papeles que le entregaban, hizo unos breves comentarios con tono de interrogación al estrado, donde daban la espalda a la galería quienes, seguramente, serían el fiscal y el abogado defensor.

Bajo las inclinadas escaleras de luz, unos policías entraron y salieron llevando recados y deliberando entre sí con roncos susurros, y terminó la rutina de los trámites. Se dictó auto de procesamiento contra Duncan Peter Lindgard por asesinato. Se rechazó la segunda petición de libertad bajo fianza.

Se acabó. En realidad, empezaba. Los padres se acercaron a la barrera situada entre la galería y el estrado de la sala, y no se les impidió establecer contacto con su hijo. Los dos lo abrazaron mientras él mantenía el rostro vuelto hacia un lado.

¿Necesitas algo?

Esto todavía no ha empezado a juzgarse, estaba diciendo el joven abogado, voy a presentar una protesta por la denegación, ahora mismo, Duncan. No dejaré que el fiscal se salga con la suya. No te preocupes.

Esto último lo dijo dirigiéndose a ella, la doctora, en el mismo tono tranquilizador que ella utilizaba para dirigirse a un paciente cuando no estaba segura de su diagnóstico.

El hijo tenía un aire de impaciencia, la mirada huidiza propia del que desea que se marchen los bienintencionados; una necesidad urgente de atender alguna preocupación, un asunto propio. Podían interpretarlo como señal de confianza; en su inocencia, por supuesto; o podía ser una máscara ante el terror, similar al terror que ellos habían sentido, para ocultar su terror por orgullo, para que no se uniera al suyo. Ahora estaba acusado oficialmente, aparecía registrado como tal. El acusado tiene derecho a sentir terror, ¡quién lo duda!

¿Nada?

Yo me encargaré de todo lo que Duncan necesite; el abogado apretó el hombro de su cliente mientras mecía su maletín y se marchó.

Si no había nada, entonces…

Nada. ¿No podían preguntar nada, qué está pasando aquí, qué hiciste, qué se supone que has hecho?

Su padre se armó de valor: ¿De verdad es buen abogado? Podríamos encontrar otro. Cualquiera que haga falta.

Un buen amigo.

Me pondré en contacto con él más tarde, averiguaré qué ha pasado con el fiscal.

El hijo sabe que su padre se refiere al dinero, estará dispuesto a proporcionar la garantía para la contingencia que -imposible creerlo- ha surgido entre ellos, el dinero para la fianza.

El se aparta -el preso, eso es lo que ahora es- antes de que los policías se muevan para ordenárselo, no quiere que lo toquen, tiene voluntad propia, y la mano de su madre apenas puede asir el extremo de sus dedos cuando él se aleja…

Ven cómo lo llevan escaleras abajo en dirección a lo que haya bajo el juzgado. Cuando se disponen a salir de la sala B17, se dan cuenta de que el otro amigo, Julián, el mensajero, ha permanecido de pie tras ellos, deseoso de tranquilizar a Duncan con su presencia, pero sin querer intervenir en la conversación con quienes tienen los más íntimos derechos. Lo saludan y salen juntos, pero no hablan. Él se siente culpable por su misión, aquella noche, y se escabulle.

Cuando la pareja emerge al vestíbulo de los juzgados, vasta y elevada catedral en la que resuenan los susurros de los diversos suplicantes congregados, Claudia se aparta repentinamente y desaparece siguiendo la señal que indica la dirección de los aseos. Harald la espera entre esas pacientes personas que pasan por un momento difícil, no pueden hacer otra cosa, él es uno de ellos, las mujeres, mandos, padres, novios, hijos de falsificadores, ladrones y asesinos. Mira su reloj. Todo el proceso ha durado exactamente una hora y siete minutos.

Ella vuelve y se marchan de ese lugar.

Tomemos un café por ahí.

Oh… hay pacientes en la consulta, esperándome.

Que esperen.

No tuvo tiempo de llegar al retrete y vomitó en el lavabo. Sin previo aviso; cuando salía en tropel con todas aquellas personas que pasaban por un momento difícil, formando parte de los inquietos y aturdidos andares, de repente sintió una presión en la barriga y supo lo que iba a suceder. No se lo dijo, cuando volvió junto a él, y debió de dar por hecho que había ido a aquel lugar con el objetivo habitual. Desde un punto de vista médico, había una explicación para un vómito repentino sin náuseas. La tensión extrema podía desencadenar la tensión de los músculos. «Echó los hígados»: era la expresión que utilizaban algunos de sus pacientes cuando describían el síntoma. Siempre lo había escuchado con frialdad, como algo tremendamente inexacto.

Que esperen.

Él le estaba diciendo que se fueran al infierno, los pacientes, ¿cómo pueden compararse sus dolores, molestias y embarazos con esto? Todo se detuvo, aquella noche; todo se ha detenido. En la cafetería, un camarero andrógino con largo cabello rizado atado en una coleta y bíceps de tenista canturreaba su contento acompañando el hilo musical. En el depósito de cadáveres, yacía el cuerpo de un hombre. Pidieron un café filtrado (Harald) y un cappuccino (Claudia). El del hombre que recibió un disparo en la cabeza, que encontraron muerto. ¿Por qué iba a resultar sorprendente que fuera un hombre? ¿No era ya un modo de admitirlo todo, de dar crédito a que pudiera haber sucedido? Asumir que el cadáver fuera el de una mujer -lo más común, un crimen pasional sacado de las páginas de sucesos de los periódicos del domingo- era aceptar la posibilidad de que se hubiera cometido, introducirlo en el contexto de una vida. La de él. La violencia fortuita de las calles nocturnas que habían esperado leer en el rostro desconocido del mensajero formaba parte de los riesgos posibles en aquel lugar, junto con otros más generales, como el de contraer una enfermedad, no realizar una ambición, perder el amor. Aquellos que son responsables de una existencia admiten que la exponen a todo esto. Matar a una mujer en un arrebato de pasión celosa; el mero hecho de que se les ocurriera -con vergüenza, aceptando su banalidad periodística- suponía permitir incluso que la misma naturaleza de esos actos pudiera romper los límites de ese contexto vital.

Seguimos sin saber nada.

Ella no contestó. Sus cejas se alzaron cuando estiró el brazo para coger los sobres de azúcar. La mano le temblaba ligeramente, privadamente, tras la reciente convulsión violenta de su cuerpo. Si él se dio cuenta, no comentó nada.

Ahora entendían lo que habían esperado de él: una sensación de ultraje ante aquello, ante aquella acusación absurda contra él. Ante su presencia allí, entre dos policías, delante de un juez. Esperaban que se abalanzara al verlos -eso era para lo que estaban preparados- para decirles ¿qué cosa? Lo que pudiera, dentro de los límites impuestos por aquella sala con los policías merodeando, los funcionarios reuniendo papeles y los curiosos perdiendo el tiempo. Que era un disparate que estuviera allí, que tenían que sacarlo de ahí inmediatamente, los oficiales inoportunos protestarían, ¿de qué? Díselo, díselo. Alguna explicación. Cómo podía nadie pensar que aquella situación era posible. Un buen amigo.

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